

"Entonces, dicen, tierra no había, agua tampoco había, ni plantas, ni árboles, todo era nada, dicen.
Entonces en los aires vivía un espíritu poderoso, dueño e todos los aires, y con él, dicen, vivían otros espíritus como él y que le obedecían porque él mandaba a todos.
Entonces, dicen, los espíritus que no mandaban, quisieron mandar también, y no le quisieron más obedecer al espíritu grande, y uno dijo, dicen: “nosotros mandaremos ahora porque somos muchos más y él esta solo”.
Entonces el espíritu grande que no estaba solo, quedaban algunos otros espíritus que eran buenos y querían siempre obedecer al jefe, no muchos, un poquito no más eran, dicen.
Entonces el espíritu grande se enojó, dicen, y mandó a los demás espíritus buenos a que juntaran a todos los malos; ellos no querían, pero el espíritu que mandaba pateaba y lanzaba fuego por sus ojos.
Entonces, dicen, todos fueron alcanzados, los apilaron en un gran montón, y cuando estuvieron así, dicen, el jefe mandó a sus mocetones fieles escupirles encima. También le escupió él, y por todas partes, donde caían los escupos, dicen que los cuerpos se endurecieron como piedras; como una manzana grande de piedra toda eran, dicen.
Entonces el espíritu grande les puso el pie encima, dicen, y se abrieron los aires por el mucho peso de todos los espíritus y cayeron, y al caer, dicen, se partió esta gran bola y quedaron los pedazos esparcidos formando montañas.
Entonces, dicen, sucedió que no todos los espíritus eran de piedra, porque a los de adentro del montón no les habían tocado los escupos. Estos espíritus eran de fuego vivo y se encontraron encerrados entre las piedras de los cuerpos de sus hermanos, así dicen que estaban. Entonces, empezaron a trabajar, y cavaban, y hacían hoyos como unos pozos para salir, pero no podían, y rabiaban y peleaban entre ellos porque se echaban la culpa de lo que había sucedido, y era tanto el fuego que tenían en el cuerpo, dicen, y que los quemaba, que de repente reventaron las montañas y salieron grandes chorros de cenizas, y humo muy negro, y las llamas salían, dicen, pero ellos no pudieron salir, porque no lo quería el espíritu que mandaba; sólo, dicen, se volaron con las cenizas y las llamas de unos espíritus que no habían sido tan malos como los otros y se habían encontrado metidos en la pelea. A éstos, el jefe les permitió salir, pero no quería recibirlos más entre sus mocetones y los dejó así no más, colgados en los aires. Ellos son los que se ven de noche y brillan como luces por el fuego que tienen en sus cuerpos y que llamamos estrellas.
Entonces estos espíritus, lloraron, lloraron días y noches enteros y todo el llorar, dicen, caía sobre las montañas y arrastraban las cenizas y la piedras, y se formaron las tierras, y se apozaron las aguas y formaron, dicen, los mares y los ríos, y los espíritus malos se quedaron adentro de las montañas y fueron los pillanes que hacen reventar los volcanes de donde sale humo y fuego, así dicen.
Entonces el espíritu grande de los aires, miró abajo, y vio todo esto y dijo: ¿Para qué sirve esta tierra sin nada? Así dijo, y tomó a un joven espíritu que era hijo suyo y dijo que lo iba a mandar sobre la tierra a ver lo que haría él y lo cambió en hombre de carne y hueso, muy hermoso. De arriba lo lanzó el espíritu, y al caer el joven se quedó aturdido, como muerto. Entonces la madre del joven se lamentaba y pedía que la dejaran bajar a ella también, para así, acompañar a su hijo.
No quiso el jefe, dicen, y mirando vio a una estrellita que estaba muy cerca, casi estaba por entrar. Entonces él la pilló: era una luz muy bonita. Con ella formó una mujer y le sopló encima. Ella voló en los aires, dicen, y él le mandó que se juntara con el hombre. Así le dijo, dicen, y la mujer bajó y llegó a la tierra, algo distante de donde dormía el hombre. Tuvo que caminar, dicen, y como las piedras duras le hacían daño en los pies, el espíritu de los aires mandó salir, por donde pisaba, pasto muy blando y flores muy hermosas y ella, la mujer, dicen, cogía las flores en camino y por jugar las deshojaba, y estas hojas que ella dejaba caer se cambiaron en pájaros, en mariposas que volaban, y detrás de ella la hierba crecía así tan gran grande, dicen, que formaba árboles muy grandes con frutas que ella comía.
Entonces, siempre estaba durmiendo el hombre, ella llegó, dicen, donde estaba y como estaba, se tendió a su lado, dicen, para dormir. Entonces, dicen, despertó el hombre y vio a la mujer tan bonita, y se quedó muy contento de verla; tan bonita era, dicen. Cuando ella despertó se fueron los dos andando en los montes y miraban todo tan bonito, y se querían mucho. Como hermanos se querían, dicen, y ya no pensaban más en volver a los aires, por lo bien que se hallaban.
Entonces para ver lo que hacían, el espíritu que mandaba, abrió un portillo redondo en los aires y por allí miraba, y, cuando miraba, dicen, todo brillaba y venia un gran calor de arriba. La madre del joven también quería mirarlo, escondida del jefe abrió también un portillo, y cuando él no estaba, miraba ella, y para que su hijo pudiera ver bien su cara, dejaba caer una luz blanca muy suave que se podía mirar.
Entonces, dicen, los espíritus pillanes que estaban en los volcanes rabiaban mucho, uno de ellos se enamoró de la bonita mujer y quería salir, pero no podía y rabiaba mucho.
Entonces el espíritu grande quería que el hombre y la mujer fueran hermanos no más, y ellos eran hermanos no más, porque no sabían de otra cosa.
Entonces el Pillán, dicen, habló con una mujer espíritu malo como él, que rabiaba de pura envidia. Ella se sacó un pelo largo, largo y estirando el brazo lo tiró fuera del volcán. Apenitas salió, dicen, tomó resuello, fue vivo, dicen, el pelo de la mujer, y se transformó en serpiente muy delgada, y se fue arrastrando hasta llegar donde dormían los dos hermanos, dicen, y se deslizo entre ellos, dicen."
Entonces en los aires vivía un espíritu poderoso, dueño e todos los aires, y con él, dicen, vivían otros espíritus como él y que le obedecían porque él mandaba a todos.
Entonces, dicen, los espíritus que no mandaban, quisieron mandar también, y no le quisieron más obedecer al espíritu grande, y uno dijo, dicen: “nosotros mandaremos ahora porque somos muchos más y él esta solo”.
Entonces el espíritu grande que no estaba solo, quedaban algunos otros espíritus que eran buenos y querían siempre obedecer al jefe, no muchos, un poquito no más eran, dicen.
Entonces el espíritu grande se enojó, dicen, y mandó a los demás espíritus buenos a que juntaran a todos los malos; ellos no querían, pero el espíritu que mandaba pateaba y lanzaba fuego por sus ojos.
Entonces, dicen, todos fueron alcanzados, los apilaron en un gran montón, y cuando estuvieron así, dicen, el jefe mandó a sus mocetones fieles escupirles encima. También le escupió él, y por todas partes, donde caían los escupos, dicen que los cuerpos se endurecieron como piedras; como una manzana grande de piedra toda eran, dicen.
Entonces el espíritu grande les puso el pie encima, dicen, y se abrieron los aires por el mucho peso de todos los espíritus y cayeron, y al caer, dicen, se partió esta gran bola y quedaron los pedazos esparcidos formando montañas.
Entonces, dicen, sucedió que no todos los espíritus eran de piedra, porque a los de adentro del montón no les habían tocado los escupos. Estos espíritus eran de fuego vivo y se encontraron encerrados entre las piedras de los cuerpos de sus hermanos, así dicen que estaban. Entonces, empezaron a trabajar, y cavaban, y hacían hoyos como unos pozos para salir, pero no podían, y rabiaban y peleaban entre ellos porque se echaban la culpa de lo que había sucedido, y era tanto el fuego que tenían en el cuerpo, dicen, y que los quemaba, que de repente reventaron las montañas y salieron grandes chorros de cenizas, y humo muy negro, y las llamas salían, dicen, pero ellos no pudieron salir, porque no lo quería el espíritu que mandaba; sólo, dicen, se volaron con las cenizas y las llamas de unos espíritus que no habían sido tan malos como los otros y se habían encontrado metidos en la pelea. A éstos, el jefe les permitió salir, pero no quería recibirlos más entre sus mocetones y los dejó así no más, colgados en los aires. Ellos son los que se ven de noche y brillan como luces por el fuego que tienen en sus cuerpos y que llamamos estrellas.
Entonces estos espíritus, lloraron, lloraron días y noches enteros y todo el llorar, dicen, caía sobre las montañas y arrastraban las cenizas y la piedras, y se formaron las tierras, y se apozaron las aguas y formaron, dicen, los mares y los ríos, y los espíritus malos se quedaron adentro de las montañas y fueron los pillanes que hacen reventar los volcanes de donde sale humo y fuego, así dicen.
Entonces el espíritu grande de los aires, miró abajo, y vio todo esto y dijo: ¿Para qué sirve esta tierra sin nada? Así dijo, y tomó a un joven espíritu que era hijo suyo y dijo que lo iba a mandar sobre la tierra a ver lo que haría él y lo cambió en hombre de carne y hueso, muy hermoso. De arriba lo lanzó el espíritu, y al caer el joven se quedó aturdido, como muerto. Entonces la madre del joven se lamentaba y pedía que la dejaran bajar a ella también, para así, acompañar a su hijo.
No quiso el jefe, dicen, y mirando vio a una estrellita que estaba muy cerca, casi estaba por entrar. Entonces él la pilló: era una luz muy bonita. Con ella formó una mujer y le sopló encima. Ella voló en los aires, dicen, y él le mandó que se juntara con el hombre. Así le dijo, dicen, y la mujer bajó y llegó a la tierra, algo distante de donde dormía el hombre. Tuvo que caminar, dicen, y como las piedras duras le hacían daño en los pies, el espíritu de los aires mandó salir, por donde pisaba, pasto muy blando y flores muy hermosas y ella, la mujer, dicen, cogía las flores en camino y por jugar las deshojaba, y estas hojas que ella dejaba caer se cambiaron en pájaros, en mariposas que volaban, y detrás de ella la hierba crecía así tan gran grande, dicen, que formaba árboles muy grandes con frutas que ella comía.
Entonces, siempre estaba durmiendo el hombre, ella llegó, dicen, donde estaba y como estaba, se tendió a su lado, dicen, para dormir. Entonces, dicen, despertó el hombre y vio a la mujer tan bonita, y se quedó muy contento de verla; tan bonita era, dicen. Cuando ella despertó se fueron los dos andando en los montes y miraban todo tan bonito, y se querían mucho. Como hermanos se querían, dicen, y ya no pensaban más en volver a los aires, por lo bien que se hallaban.
Entonces para ver lo que hacían, el espíritu que mandaba, abrió un portillo redondo en los aires y por allí miraba, y, cuando miraba, dicen, todo brillaba y venia un gran calor de arriba. La madre del joven también quería mirarlo, escondida del jefe abrió también un portillo, y cuando él no estaba, miraba ella, y para que su hijo pudiera ver bien su cara, dejaba caer una luz blanca muy suave que se podía mirar.
Entonces, dicen, los espíritus pillanes que estaban en los volcanes rabiaban mucho, uno de ellos se enamoró de la bonita mujer y quería salir, pero no podía y rabiaba mucho.
Entonces el espíritu grande quería que el hombre y la mujer fueran hermanos no más, y ellos eran hermanos no más, porque no sabían de otra cosa.
Entonces el Pillán, dicen, habló con una mujer espíritu malo como él, que rabiaba de pura envidia. Ella se sacó un pelo largo, largo y estirando el brazo lo tiró fuera del volcán. Apenitas salió, dicen, tomó resuello, fue vivo, dicen, el pelo de la mujer, y se transformó en serpiente muy delgada, y se fue arrastrando hasta llegar donde dormían los dos hermanos, dicen, y se deslizo entre ellos, dicen."
1 comentarios:
sincronico...
Relato del sin fin...
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