Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

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martes, enero 09, 2018

Epístolas y Poemas - Introducción - Rubén Darío



Introducción

¡Salve, dulce Primavera,
que en la aurora de mi vida
me diste la bienvenida!
Tú ríes en la ribera
mientras yo en mi embarcación
camino del remo al son
por el piélago azulado...
¡ay, qué llevaré guardado
dentro de mi corazón!


Tendida la blanca vela
casi vuela mi barquilla,
y va dejando su quilla
sobre las ondas la estela;
y mientras mi barca vuela
y espumas hace saltar,
soy al viento mi cantar
viendo bellos espejismos
que decoran los abismos
de los vielos y del mar.


En el alba de la vida
todo es luz esplendorosa.
¡Qué esperanza tan hermosa
es la esperanza nacida!
¡Oh, primavera florida!
¡cuántas aves! ¡cúanta flor!
¡cuánto divino rumor!
turba la apacible calma,
cuando se despierta el alma
al primer beso de amor!


Los que traemos por dón
de suprema excelsitud,
de la cuna al ataúd
el ser de la inspiración,
brindamos al corazón
el celestial elixir
que hacer querer y sentir,
y en un inmenso anhelar,
luchamos por penetrar
el velo del porvenir.


Celajes de nieve y grana
que tras las cándidas nubes
fingen radiantes querubes
con la luz de la mañana:
pórticos de filigrana
bordados de rosicler,
por do se puede entrever
el trono deslumbrador
de donde lanza el Creador
el rayo de su poder:


esplendente claridad
de brillo santo y fecundo
que derrama sobre el mundo
fe, esperanza y caridad;
celeste felicidad,
creación gigante que asombra;
Dios, que el diablo no le nombra
sin una oraión bendita;
la luz, la gloria infinita;
y... de repente, la sombra.


La sombra dentro uno mismo;
duda que infunde temor;
en el pecho el torcedor
y en la cabeza el abismo.
Cáncer del escepticismo,
ya no despedaces más
las conciencias en que estás.
El hombre en el mundo errante,
lleva la tumba adelante
y la negra noche atrás.


¿Qué es esa siniestra esfinge
que no nos deja avanzar?
¿por qué venir a borrar
las dichas que uno se finge?
¿por qué nuestra fe restringe
y aumenta nuestra ansiedad?
¿y por qué en tan corta edad
lucha enorme, duda fiera?...
Primavera, Primavera,
tú no dices la verdad.


En tus promesas divinas
no me hablaste de dolores,
ni de tus pintadas flores
me enseñaste las espinas;
bajo las ondas marinas
hay escollos que temer;
ya tierra no alcanzo a ver
y mi costa no la encuentro,
porque ya estoy mar adentro
y no me puedo volver.


Mi fe de niño ¿do está?
me hace falta, la deseo:
batió las alas y creo
que ya nunca volverá;
porque la fe que se va
del fondo del corazón
tiene origen y mansión
en lo profundo del cielo,
y cuando levanta el vuelo
jamás torna a su prisión.


La edad presente es de lucha:
es preciso, pues, luchar;
no se puede descansar
entre el ruido que se escucha;
la vacilación es mucha,
ya está muy crecido el mal;
se consume el ideal;
se va Dios: ¡esto es horrible!
contener es imposible
esa gangrena moral.


¿Y el poeta? El que eso es
puede salvarse; que aliente;
que haga la luz en su mente
y la dé al mundo después;
que de la sombra al través
sople como el huracán;
y que diga a los que están
ya sin vida:"¡levantaos!";
y que redima del caos
la descendencia de Adán.


Que truene la profecía
en su palabra de fuego;
que cual sacrosanto riego
esparza la poesía;
que en la miel de la armonía
dé el filtro de la verdad
que muestre a la humanidad
lo luminoso y lo santo;
y que se escuche su canto
por toda la eternidad.


Aquí en este libro tengo
dichas que me satisfacen,
dolores que me deshacen,
ilusiones que mantengo.
Ignoro de dónde vengo
ni a dónde voy a parar;
he empezado a navegar
ignota playa buscando,
y voy bogando, bogando
sobre las aguas del mar.


No sólo hay dicha ideal
en este largo camino,
no sólo frescor marino
y caricias del terral;
turban la onda de cristal
vagos soplos de perfidia:
tras el escollo la insidia,
e hipócrita el odio oculto,
hace saltar del tumulto
las espumas de la envidia.


La burla se ceba
en los de buen corazón;
hay para la inspiración
rudos momentos de prueba;
hay quien hiel amarga beba
sin dejarlo conocer.
¿Ponzoñas? hay por doquier:
la lengua de un cortesano,
la falsía de un villano
y el amor de una mujer.


¡Lloriqueos en el cántico,
salmodias y triste queja!
Esto conocer os deja
que es algún vate romántico,
de mucha imaginación,
el que os hará gracia con
las coplas de su talento...
Señores, ¿sabéis el cuento
del gaitero de Gijón?


Muy bien. Es el caso, digo,
que ya es preciso variar,
y es preciso se mostrar
al enemigo, enemigo;
darle con rostro de amigo
muchas flores, mucha miel;
y dentro de eso, la hiel
ponzoñosa; y ya embriagado,
traer el cuchillo afilado
para arrancarle la piel.


Al par que ser sacerdote
es urgente ser verdugo;
imponer un férreo yugo
y con el yugo el azote;
hacer que del arpa brote
la sátira en la canción,
y demostrar con razón
al enjambre mundanal
que si hacemos el panal
tenemos el aguijón.


Niña de los ojos negros,
niña, no te desconsueles;
mis más deleitosas miles
son para tus labios rojos;
soy siervo de tus antojos,
y para ti ha de cantar
con acento singular
tu poeta enamorado...
Pero, niña, ten cuidado,
no me vayas a engañar.


Si en algunos de mis versos
hay versos envenenados,
seguid, lectores honrados,
que son para los perversos.
Yo tengo tonos diversos
en las cuerdas de mi lira;
hay en mis canciones ira
y son mis frases puñales
para ruines y desleales,
para el dolo y la mentira.


Mas también tengo un laúd
de suave y tierna dulzura
para cantar la hermosura,
la nobleza y la virtud;
me da alas mi juventud,
tengo fe en el porvenir,
y contemplo relucir
mis brillantes ilusiones
cual bellas constelaciones
en un cielo de zafir.


Ya habéis visto la portada
de mi mansión, entrad pues
.............................

De blanco tul a través
me ríe la madrugada:
pienso en Dios, pienso en mi amada;
miro la inmensa extensión
del cielo; dulce impresión
embarga mi pensamiento.
¡Y después de todo, siento
que algo hay en mi corazón!



Epístolas y Poemas
(primeras notas)
Managua 1885

jueves, septiembre 28, 2017

El niño y su caballo blanco - Hernan Casr


El niño y su caballo blanco

Una ciudad tras otra, construidas en la arena
Con puertas y salidas vedadas
Caminos sin recuerdos o sonidos
Un viaje interminable
A la estación constante y desierta
Destruida por el olvido.

Soy otro que se busca
Otro irreconocible
Contando el tiempo perdido en la arena
En el golpe oceánico y roca demolida
En el silencio de la flor matutina, del cactus alado
Recolector de niebla potable.

El corazón cambia
Desnudo sobre el mar se enfría la rabia permanente.
Emigramos por fin, con la cara  desfigurada y el dolor del cuerpo
Por fin en el camino como una bandera roja, quemando la morada.
Dejamos a la madre para buscar el padre.
Suspira una pereza oscura en una cajita de coral.
La intuición abierta en el pecho florece los girasoles del ovario seco
En la fundación silente entre penumbras
De un sol que  marcha en un caballo blanco
Sobre un niño lleno de hormigas.



Hernan Casr

jueves, mayo 04, 2017

Hans Arp - El Hombre La Mujer



EL HOMBRE LA MUJER


el huevo de fuego. el huevo de agua. el huevo de vien-
      to en el saco de seda. el huevo de aire.
el hombre de pie y la mujer de pie. el hombre sentado
       y la mujer sentada. el hombre acostado y la mu-
       jer acostada.
la escala de hueso apoyada contra el tronco de carne.
el hombre tiene un bastón de hueso. la mujer tiene un
       bastón de carne.
el huevo de pie. el huevo sentado. el huevo acostado.



el hombre tiene un sombrero de hueso. la mujer tiene
       un sombrero de carne.
el paisaje de fuego. el paisaje de agua. el paisaje de
       tierra. el paisaje de aire.
las piedras faltan a su deber y se precipitan con sus
       picos y garras sobre la carne.
los pliegues del fuego desbordan lágrimas. los pliegues
       del agua desbordan lágrimas. los pliegues de la
       tierra desbordan lágrimas. los pliegues del aire
       desbordan huevos.
el corazón del fuego. el corazón del agua. el corazón
       de la tierra. el corazón del aire.
yo duermo como un huevo sin corazón.



las flores castradas suben la escala de hueso.
el aire se quiebra.
los caracteres se quiebran.
la a mayúscula se quiebra. la a minúscula se quiebra.
la b mayúscula se quiebra. la b minúscula se quie-
       bra.
los caracteres de carne suben por el tronco de carne.
los caracteres de pie. los caracteres sentados. los carac-
       teres acostados.
los caracteres de hueso detrás de las flores castradas
       suben por la escala de hueso.
los caracteres de fuego, los caracteres de agua, los ca-
       racteres de aire.
cada cien años las piedras dan un paso adelante. las
       piedras llevan mesas de cuatro patas como enor-
       mes zapatos.
los caracteres de hueso suben por la escala de carne.
el hombre de hueso. la mujer de carne.


el huevo. el fuego. la tierra. el aire. el hombre. la mujer;
el huevo lleva un sombrero y un delantal de fuego.
el agua lleva una camisa con botones de aire.
el hombre lleva una corbata de fuego.
la mujer lleva un delantal de agua lo que excita a las
       flores masculinas.



cuando una piedra cae de su tallo la mujer con delan-
       tal de agua llega y apoya la escala de hueso con-
       tra el huevo de fuego.
el sombrero de carne de la mujer saluda al bastón de
       hueso del hombre.
el paisaje de aire se llena de hombres y de mujeres
       que se arrancan las hojas se hunden los sombre-
       ros y arrojan todos los caracteres contra el huevo
       volante.
el tallo del fuego. el tallo del aire.
las hojas del hombre. las hojas de la mujer.





Hans Arp
(1887-1966)

jueves, diciembre 22, 2016

Las Letanías de Satán - Charles Baudelaire





Las Letanías de Satán



Oh tú, Ángel sabio y bello, de alabanzas privado,
Dios que fue por la suerte adversa traicionado,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Príncipe del Destierro, con quien se fuera injusto,
y que, vencido, siempre te yergues más robusto,

¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que das al proscrito el mirar altanero
que en torno del cadalso condena a un pueblo entero,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que el rincón conoces de tierras envidiosas
donde ocultó el celoso Dios las piedras preciosas,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, cuyos claros ojos saben en qué arsenales
amortajado el pueblo duerme de los metales,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, cuya mano real ciega los precipicios
al sonámbulo errante sobre los edificios,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, cuya magia los viejos huesos aligera
del ebrio al que de noche un caballo embistiera,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, cuya mano real ciega los precipicios
al sonámbulo errante sobre los edificios,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, cuya magia los viejos huesos aligera
del ebrio al que de noche un caballo embistiera,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que por consolar al débil cuando sufre,
a mezclar nos enseñas salitre con azufre,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que posas tu sello, oh cómplice sutil,
sobre la frente del Creso implacable y vil,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Tú, que de las rameras el corazón halagas
con el culto al harapo y el amor de las llagas,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Bastón de desterrados, lámpara de inventores,
de ahorcados confesor y de conspiradores,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!

Padre adoptivo de los que, en su ciego enfado,
Dios Padre del terrestre paraíso ha arrojado,

¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!





Charles Baudelaire
Traducción de Nidya Lamarque

miércoles, noviembre 23, 2016

El Confiter del Artista - Charles Baudelaire




El Confiter del Artista

    ¡Qué penetrante es el final de los días de otoño! ¡Ah, penetrante hasta el dolor! Pues hay ciertas sensaciones deliciosas, cuya vaguedad no excluye la intensidad; y no hay punta más acerada que la del Infinito.

    ¡Gran delicia la de ahogar la mirada en la inmensidad del cielo y del mar! La soledad, el silencio, la incomparable castidad del azul, la pequeña vela que se estremece en el horizonte, y que por su pequeñez y su aislamiento imita mi irremediable existencia, la melodía monótona del oleaje; todas esas cosas piensan por mí, o yo pienso por ellas (¡pues en la grandeza de la meditación, el yo se pierde rápido!); esas cosas piensan, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones.

    No obstante, esas ideas, ya salgan de mí o broten de las cosas, se toman bien pronto demasiado intensas. La energía dentro dé la voluptuosidad crea un malestar y un sufrimiento positivos. Mis nervios demasiado tensos sólo producen ya vibraciones dolorosas y chillonas.

    Y ahora, la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. Me sublevan la insensibilidad del mar, la inmutabilidad del espectáculo ...

    ¿Habrá que sufrir eternamente, o eternamente huir de lo bello? ¡Déjame, Naturaleza, hechicera sin piedad; rival siempre victoriosa! ¡Cesa de tentarme, en mis deseos y en mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en el que el artista grita de espanto antes de ser vencido.



CHARLES BAUDELAIRE
Traducción de Nydia Lamarque

jueves, noviembre 03, 2016

El perro y el frasco - Charles Baudelaire




El perro y el frasco

-Perrito mono, perrito bueno, perrito mio, ven aquí y aspira este excelente perfume que he comprado en la mejor perfumería de la ciudad.

Y el perro, meneando el rabo, lo que según tengo entendido, en esos pobres seres equivale a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone, curioso, su humedo hocico en el frasco destapado; luego retrocediendo de pronto asustado, me ladra, empieza a ladrarme a modo de reproche.

-¡Ah miserable perro! Si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos los habrías olfateado con deleite, y quizas devorado. En eso, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basuras cuidadosamente escogidas.


Charles Baudelaire

miércoles, agosto 24, 2016

La Habitación Desdoblada - Charles Baudelaire




LA HABITACIÓN DESDOBLADA


     Una habitación que parece un ensueño, una habitación realmente espiritual, en la que la atmósfera estancada está ligeramente teñida de rosa y de azul.  
    Allí, el alma toma un baño de pereza, aromatizado por el arrepentimiento y el deseo. Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse.  
    Los muebles tienen formas alargadas, postradas, lánguidas. Los muebles parecen estar soñando; se los diría dotados de una vida sonambulesca, como lo vegetal y lo mineral. Las telas hablan un idioma mudo, como las flores, como los cielos, como los atardeceres.
    En las paredes ninguna aberración artística. En comparación con el sueño puro, con la impresión sin analizar, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Aquí, todo tiene la suficiente claridad y la deliciosa oscuridad de la armonía. 
    Un aroma infinitesimal exquisitamente elegido, al que se mezcla una levísima humedad, nada en esta atmósfera, en la que al espíritu adormecido lo mecen sensaciones de invernadero cálido. 
   La muselina llueve abundantemente delante de las ventanas y delante del lecho; se esparce en cascadas nevosas. En este lecho está acostada la Idola, la soberana de los sueños. ¿Pero cómo llegó aquí? ¿Quién la trajo? ¿Qué poder mágico la instaló en este trono de ensueño y de voluptuosidad? ¿Qué importa? ¡Está acá! La reconozco. 
    He aquí sus ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esos sutiles y terribles luceros, que reconozco por su ¡aterradora malicia! Ellos atraen, ellos subyugan, ellos devoran la mirada del imprudente que los contempla. A menudo los estudié, estrellas negras que imponen la curiosidad y la admiración. 
    ¿A qué demonio condescendiente le debo por estar así rodeado de misterio, de silencio, de paz y de perfumes? ¡Oh beatitud! ¡Lo que solemos llamar vida, incluso en su más dichosa expansión, nada tiene de común con esta vida suprema que ahora conozco y que saboreo minuto a minuto, segundo a segundo!
    ¡No! ¡Ya no hay minutos, ya no hay segundos! El tiempo desapareció; ¡la Eternidad es quién reina, una eternidad de delicias! 
   Pero un golpe terrible, pesado, resonó en la puerta, y, como en los sueños infernales, tuve la sensación de que me golpeaban con un pico en el estómago. 
   Y luego entró un Espectro. Es un ujier que viene a torturarme en nombre de la ley; una infame concubina que viene a dar gritos de miseria y a agregarle las trivialidades de su vida a los dolores de la mía; o el mensajero del director de un diario que reclama la continuación del manuscrito. 
    La habitación paradisíaca, la Idola, la soberana de los sueños, la Sílfide, como decía el gran René (1), toda aquella magia desapareció tras el golpe brutal del Espectro. 
    ¡Qué horror! ¡Me acuerdo! ¡Me acuerdo! ¡Sí! Ese tugurio, esa morada del eterno tedio es claramente mi lugar. En él, los muebles necios, polvorientos, deteriorados: la hoguera sin llamas y sin brazas, mancillada por escupitajos; las tristes ventanas donde la lluvia trazó surcos en el polvo; los manuscritos tachados o incompletos; el calendario en el que el lápiz inscribió ¡las fechas siniestras!
    Y a aquel perfume de otro mundo, en el que me embriagaba con una sensibilidad perfeccionada, ¡ay! lo remplaza un fétido olor a tabaco mezclado con una especie de moho nauseabundo. Aquí ahora se respira lo rancio de la desolación. 
    En este mundo estrecho, pero tan repleto de hastío, solo un objeto conocido me sonríe: el frasco de láudano (2), viejo y terrible amigo; como todos los amigos, ¡ay! fecundo en caricias y alevosías. 
    ¡Oh! ¡Sí! El Tiempo reapareció, el Tiempo reina en soberano ahora, y junto al viejo repugnante, todo su demoníaco cortejo de Recuerdos, Arrepentimientos, Espasmos, Miedos, Angustias, Pesadillas, Enojos y Neurosis. 
   Les puedo asegurar que ahora los segundos están intensamente y solemnemente acentuados, y cada uno, al brotar del péndulo, dice: “¡Soy la Vida, la insoportable, la implacable Vida!”
   No hay más que un Segundo en la vida humana que tenga por misión anunciar una buena noticia, la buena noticia que causa en todos un miedo inexplicable. 
   ¡Sí! El Tiempo reina; ha retomado su dictadura brutal. Y me empuja, como si fuera un buey, con su doble aguijón. “Y ¡Arre borrico! ¡Suda pues, esclavo! ¡Vive pues, condenado!”.


(1) Se refierne a Rene de Chateubriand, que dio el nombre de Silfide a una mujer ideal forjada para su imaginación en alguna de sus obras

(2) Preparación compuesta de vino blanco, opio, azafran y otras sustancias, o simplemente extracto de opio, usado como medicina o simplemente como estupefaciente.




Charles Baudelaire

miércoles, agosto 03, 2016

Correspondencias - Charles Baudelaire



CORRESPONDENCIAS

La natura es un templo donde vivos pilares
dejan salir a veces sus confusas palabras;
por allí pasa el hombre entre bosques de símbolos
que lo observan atentos con familiar mirada.

Como muy largos ecos de lejos confundidos
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche, como la claridad,
perfumes y colores y sones se responden.

Hay perfumes tan frescos como carnes de niños,
dulces como el oboe, verdes como praderas,
y hay otros corrompidos, ricos y triunfantes,

que la expansión poseen de cosas infinitas,
como el almizcle, el ámbar, el benjuí y el incienso,
que cantan los transportes del alma y los sentidos.


       Charles Baudelaire

miércoles, abril 06, 2016

El Albatros - Charles Baudelaire




El Albatros


Por distraerse, a veces, suelen los marineros

Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
Al navío surcando los amargos abismos.

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
Dejan penosamente arrastrando las alas,
Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

El Poeta es igual a este señor del nublo,
Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.




Charles Baudelaire

miércoles, enero 13, 2016

Jabberwocky - Lewis Carroll




Jabberwocky



Era cenora y los flexosos tovos
en los relonces giroscopiaban, perfibraban.
Mísvolos vagaban los vorogovos
y los verdiranos extrarrantes bruchisflaban.

Ocúltate, hijo mío, de Jabberwock brutal,
de sus dientes de presa y de su zarpa altiva;
huye al ave Jubjub y por último esquiva
a Bandersnatch feroz, humérico animal.

El muchacho empuñó la espada vorpalina,
buscó con mucho ahínco al monstruo manxiqués;
llegado a un árbol Tántum, se apoya y se reclina,
pensativo, un buen rato, sin moverse, a sus pies.

Y en tanto cavilaba el joven foscolérico,
se acercó Jabberwock con mirada de roca:
resoplaba en su avance por el bosque quimérico,
de tanta rabia espuma arrojaba su boca.

¡Uno y dos! ¡Uno y dos! Y de uno a otro lado
la vorpalina espada corta y taja, tris-tras:
lo atravesó de muerte. Trofeo cercenado,
su cabeza exhibía galofante, al compás.

¿Lograste -dijo el padre- matar a Jabberwock?
¡Déjame que te abrace, solfulgente hijo mío!
¡Oh día frabuloso! Clamó: ¡Calú…! ¡Caloc!
Y el viejo runquirriaba con placentero brío.

Era cenora y los flexosos tovos
en los relonces giroscopiahan, perfibraban.
Mísvolos vagaban los borogovos
y los verdirranos extrarrantes gruchisflaban.



(Traducción de Luis Maristany)




2

Brillaba, brumeando negro, el sol;
agiliscosos giroscaban los limazones
banerrando por las váparas lejanas;
mimosos se fruncían los borogobios
mientras el momio rantas murgiflaba.

¡Cuídate del Galimatazo, hijo mío!
¡Guárdate de los dientes que trituran
y de las zarpas que desgarran!
¡Cuídate del pájaro Jubo-Jubo y
que no te agarre el frumioso Zamarrajo!

Valiente empuñó el gladio vorpal;
a la hueste mansona acometió sin descanso;
luego, reposóse bajo el árbol del Tántamo
y quedóse sesudo contemplando…

Y así, mientras cavilaba firsuto.
¡¡Héte al Galimatazo, fuego en los ojos,
que surge hedoroso del bosque turgal
y se acerca raudo y borguejeando!!

¡Zis, zas y zas! Una y otra vez
zarandeó tijereteando el gladio vorpal.
Bien muerto dejó al monstruo, y con su testa
¡volvióse triunfante galompando!

¡¿Y haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?!
¡Ven a mis brazos, mancebo sonrisor!
¡Qué fragarante día! ¡Jujurujuú! ¡Jay, jay!
Carcajeó, anegado de alegría.

Pero brumeaba ya negro el sol;
agiliscosos giroscaban los limazones
banerrando por las váparas lejanas;
mimosos se fruncían los borogobios
mientras el momio rantas necrofaba…



(Traducción de Jaime de Ojeda)





3

‘Twas brillig, and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe;
All mimsy were the borogoves,
And the mome raths outgrabe.

“Beware the Jabberwock, my son!
The jaws that bite, the claws that catch!
Beware the Jubjub bird, and shun
The frumious Bandersnatch!”

He took his vorpal sword in hand:
Long time the manxome foe he sought-
So rested he by the Tumtum tree,
And stood awhile in thought.

And as in uffish thought he stood,
The Jabberwock, with eyes of flame,
Came whiffling through the tulgey wood,
And burbled as it came!

One, two! One, two! and through and through
The vorpal blade went snicker-snack!
He left it dead, and with its head
He went galumphing back.

“And hast thou slain the Jabberwock?
Come to my arms, my beamish boy!
O frabjous day! Callooh! Callay!”
He chortled in his joy.

‘Twas brillig, and the slithy toves
Did gyre and gimble in the wabe;
All mimsy were the borogoves,
And the mome raths outgrabe.



(Original de Lewis Carroll en Through the Looking Glass)

martes, noviembre 17, 2015

"El Cuervo" Edgar Allan Poe***Dibujos, Gustav Dore




El Cuervo



Una vez al filo de una lúgubre media noche
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”





¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.






Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”






Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.







Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.








Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!





De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.





Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”





Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”






Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”






Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”






Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”





En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!






Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”







“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”






“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”






“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”






Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!







Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)