Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

viernes, agosto 29, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Segunda Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)




LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Segunda Elegía


Todo ángel es terrible. Y sin embargo, ay, los invoco
a ustedes, casi mortíferos pájaros del alma, sé quiénes

son ustedes. Los días de Tobías, ¿dónde quedaron?,

cuando uno de los más radiantes apareció en el umbral
sencillo de la casa un poco disfrazado para el viaje,
ya no tremendo (muchacho para el muchacho,
que se asomó, curioso). Si ahora avanzara el arcángel,
el peligroso, desde atrás de las estrellas, un solo paso,
que bajara y se acercara: el propio corazón, batiendo
alto, nos mataría. ¿Quién es usted?
Tempranos afortunados, ustedes, los mimados
de la creación, cadena de cumbres, cordillera roja
del amanecer de todo lo creado -polen de la divinidad
floreciente, coyunturas de la luz, corredores,
escalones, tronos, espacios del ser, escudos
deliciosos, tumultos del sentimiento tormentosamente
arrebatado, y de pronto, individualizados, espejos,
ustedes, los que recogen nuevamente en sus propios
rostros, la propia belleza que han irradiado.

Porque nosotros, siempre que sentimos, nos evaporamos;
ay, nosotros nos exhalamos a nosotros mismos,
nos disipamos; de ascua en ascua soltamos un olor cada
vez más débil. Probablemente alguien nos diga: Sí,
entras en mi sangre; este cuarto, la primavera se llena
de ti..., ¿de qué sirve? Él no puede retenernos,
nos desvanecemos en él y en torno suyo.
Y aquellos que son hermosos, oh, ¿quién los retiene?
Incesantemente la apariencia llega y se va de sus
rostros. Como rocío de la hierba matinal se esfuma
de nosotros lo que es nuestro, como el calor
de un plato caliente. Oh, sonrisa ¿a dónde? Oh,
mirada a lo alto: nueva, cálida, fugitiva
ola del corazón; sin embargo, ay, somos eso. ¿Entonces
el firmamento, en el que nos disolvemos, sabe
a nosotros? ¿De veras los ángeles recapturan solamente
lo suyo, lo que han irradiado, o a veces, como
por descuido, hay algo nuestro en todo ello? ¿Estamos
tan entremezclados en sus facciones, como la vaga
expresión en los rostros de las mujeres preñadas?
Ellos no lo advierten en el torbellino de su regreso
a sí mismos. (¿Cómo habrían de advertirlo?).

Los amantes podrían, si lo comprendieran,
hablar extrañamente en el aire nocturno. Pues parece
que todo nos oculta. Mira, los árboles son; las casas
que habitamos permanecen todavía. Sólo nosotros pasamos
de largo sobre todas las cosas como un cambio
de vientos. Y todo se une para acallarnos, mitad
por vergüenza quizás, y mitad por esperanza indecible.

Amantes, a ustedes, satisfechos el uno en el otro,
les pregunto por nosotros. Ustedes, los que se aferran
a sí mismos. ¿Tienen pruebas? Miren, me ha ocurrido que
mis manos se reconozcan entre sí, o que mi rostro ajado
se refugie en ellas. Eso me da cierta sensación. ¿Pero
quién, sólo por eso, se atrevió a creer que de veras
es? Sin embargo ustedes, los que crecen el uno
en el arrobo del otro, hasta que él suplica, abrumado:
“Basta”; ustedes, los que crecen, bajo sus recíprocas
manos, más exuberantes, como años de grandes uvas;
los que mueren a veces, sólo porque el otro se ha
expandido demasiado; a ustedes les pregunto por nosotros.
Sé que se tocan tan dichosamente porque la caricia
retiene, porque no desaparece el sitio que ustedes,
los tiernos, ocupan; porque, debajo de todo ello, ustedes
sienten la duración pura. Ustedes, de sus abrazos,
por ello, casi se prometen eternidad. Sin embargo, cuando
ya se han sostenido el sobresalto de la primera mirada,
y ya ocurrieron las ansias junto a la ventana
y del primer paseo juntos, una vez, por el jardín:
Ustedes, amantes, ¿siguen todavía entonces siendo
los mismos? Cuando el uno alza al otro hasta su boca
y se unen —bebida con bebida—: ¡oh, de qué manera
tan extraña el bebedor entonces se escapa de su función!

¿No se asombraron ustedes, en las estelas áticas, [6]
de la prudencia de los gestos humanos? El amor
y la despedida, ¿no fueron puestos demasiado
ligeramente sobre los hombros, como si se tratara
de seres hechos de otra materia que nosotros?
Recuerden las manos, cómo se posan sin presión, aunque
hay vigor en los torsos. Estos dueños de sí mismos
lo sabían: Hasta aquí, nosotros; esto es lo nuestro,
tocarnos así; que los dioses nos aprieten
con mayor fuerza. Pero eso es cosa de los dioses.
Si nosotros encontráramos también una pura, contenida,
estrecha, humana franja de huerto, nuestra, entre
río y roca. Pues nuestro propio corazón nos excede
tanto como a aquéllos. Y ya no podemos mirarlo
a través de imágenes que lo sosieguen, ni a través
de cuerpos divinos, en los que se contenga más.




[6] Una estela funeraria en la que Eurídice se despide de Orfeo: ella apenas le roza el hombro, él apenas le toca la mano con la punta de los dedos; las expresiones de ambos, a pesar de la tragedia, son contenidas y serenas. Rilke la vio en Nápoles.

Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco

martes, agosto 26, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Primera Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)


LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)


(Propiedad de la princesa Marie von
Thurn und Taxis-Hohenlohe)
 [1]


La Primera Elegía
¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel [2]
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Así que me contengo, y me ahogo el clamor de la garganta
tenebrosa. Ay, ¿quién de veras podría ayudarnos? No
los ángeles, no los hombres, y ya saben los astutos
animales que no nos sentimos muy seguros en casa,
dentro del mundo interpretado. Nos queda quizás
algún árbol en la loma, al cual mirar todos los días;
nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad
de una costumbre, a la que le gustamos, y permaneció,
y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara:
¿Para quién no permanecería aquélla, la anhelada,
la tierna desengañadora, ahí, dolorosamente próxima
al corazón solitario? ¿Es más suave con los amantes?
Ay, ellos sólo se ocultan uno a otro su suerte.
¿Todavía no lo sabes? Arroja el espacio que abarquen
tus brazos hacia los espacios que respiramos; quizá
los pájaros sientan el aire ensanchado con un vuelo
más íntimo.


Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias
estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla?
¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como
si todo ello te anunciara a una amada? (¿Dónde intentas
alojarla, si en ti los grandes pensamientos extraños
entran y salen, y con frecuencia se quedan durante la noche?).
Pero si sientes anhelos, canta pues a las amantes; no es,
en absoluto, suficientemente inmortal su famoso
sentimiento. Aquéllas que casi envidias, las abandonadas,
las encuentras mucho más amantes que las saciadas.
Empieza siempre de nuevo la alabanza siempre inalcanzable.
Piensa: el héroe sigue en pie, aun el ocaso fue para él
sólo un pretexto para ser: su último nacimiento.
Pero a las amantes la exhausta naturaleza las recoge
en su seno, como si no hubiera fuerzas para lograr esto
dos veces. ¿Has pensado lo suficiente en Gaspara Stampa, [3]
y lo que puede sentir cualquier chica a quien el amado
abandonó, frente a tan elevado ejemplo de mujer amante:
¿Llegaré a ser como ella? ¿Estos, los más antiguos
dolores, no deberán, por fin, darnos fruto? ¿No es
tiempo ya de que, al amar, nos liberemos del amado y,
temblorosos, resistamos, como la flecha resiste al arco,
para ser, unidos en el salto, algo más que la sola
flecha? Porque el permanecer está en ninguna parte.

Voces, voces. Corazón mío, escucha, como sólo los santos
escuchaban; la enorme llamada los alzaba del suelo;
pero ellos seguían de rodillas, de modo imposible,
sin darse cuenta: de tal manera escuchaban. No
que pudieras soportar la voz de Dios, lejos de eso, pero
escucha el soplo, las noticia incesante que se forma
del silencio. Murmura hasta ti desde aquellos que han
muerto jóvenes. ¿Acaso su destino no se dirigió siempre
tranquilamente a ti, en Roma y Nápoles, cuando entrabas
en alguna iglesia? O una inscripción sublime se grababa
para ti, como hace poco la lápida de Santa María Formosa? [4]
¿Qué quieren de mí? Debo apartar en silencio
la apariencia de injusticia que a veces estorba un poco
el puro movimiento de sus espíritus.

Realmente es extraño ya no habitar la tierra,
ya no ejercitar las costumbres apenas aprendidas;
a las rosas, y a otras cosas particularmente promisorias,
ya no darles el significado del futuro humano; ya no ser
aquél que uno fue en interminables manos angustiadas
y hasta hacer a un lado el propio nombre, como un juguete
roto. Extraño, ya no seguir deseando los deseos. Extraño,
ver todo lo que tenía sus propias relaciones, aletear
tan suelto en el espacio. Y estar muerto es doloroso,
y lleno de recuperación, de modo que uno rastree
lentamente un poco de eternidad. Pero todos los vivos
cometen el mismo error de diferenciar demasiado
tajantemente. Los ángeles (se dice) con frecuencia no
sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas
las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas.

Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron
temprano, uno se desteta dulcemente de lo terrestre, como
uno se emancipa con ternura de los senos de la madre.
Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos,
nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo
progresos dichosos, ¿podríamos existir sin ellos?
¿Es inútil el mito de que, en la antigüedad, durante
las lamentaciones fúnebres por Linos, [5]
una atrevida música primitiva se abrió paso en la árida materia
inerte; y entonces, por primera vez, en el espacio
sobresaltado, en el que un muchacho casi divino de pronto
se perdió para siempre, el vacío produjo esa vibración
que ahora nos entusiasma y nos consuela y ayuda?

Notas:

      [1] Propietaria del castillo de Duino, sobre un acantilado del mar Adriático, cercano a Trieste (en esa época, parte del imperio austriaco), donde el poeta austriaco Rainer María Rilke (n. Praga, 1875, y m. Valmont, Suiza, 1926) empezó sus elegías en 1912.
      Las elegías de Duino tardaron diez años en escribirse, en diversos sitios, y se publicaron en 1923. El castillo de Duino fue destruido en la primera guerra mundial. Cf. Hans Egon Holthusen, Rainer María Rilke, Madrid, Alianza Editorial, 1968.
      Aunque difíciles de conseguir en el mercado, hay varias traducciones castellanas de la poesía de Rilke; entre otras, las de Gerardo Diego, Gabriel Celaya, Carlos Barral, José María Valverde, Luis Felipe Vivanco y Gonzalo Torrente Ballester; aparecieron en México las de Eduardo García Máynez, Juan José Domenchina, Horacio Quiñones y Juan Carvajal. La más asequible, la de Eustaquio Barjau (Madrid, Cátedra, 1990).
      Entre los estudiosos de Rilke en lengua española, están Luis Cernuda, José Bergamín, Antonio Marichalar, Guillermo de Torre y Jaime Ferreiro Alemparte.
      Aprovecho la traducción, la introducción y los comentarios de J. B. Leishmann a la versión inglesa que hizo conjuntamente con Stephen Spender: The Duino Elegies, Londres, The Hogarth Press, 1939 y 1948, y las notas y comentarios de Barjau a su versión castellana (1993).

      [2] “El ‘ángel’ de las Elegías, escribió el propio Rilke en carta a Witold Hulewicz en 1925, no tiene nada que ver con el ángel del cielo cristiano (antes más bien con las representaciones angélicas del Islam)”.
      Tampoco es una figura meramente estética o erótica, a la manera de muchos motivos angélicos-efébicos del arte moderno, como los de Cocteau. Rilke se imagina ángeles viriles y con barba, no púberes ni andróginos; dice en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge: “Si es cierto que los ángeles son machos, se puede decir que tenía un acento macho en la voz: una virilidad resplandeciente”.

      [3] Amante veneciana del Renacimiento, poetisa del amor trágico (1523-1554); una de esas "amantes inauditas", como la Monja Portuguesa, que "crecían y se elevaban en su amor... hasta que su tortura se había cambiado en un esplendor amargo, helado, que ya nadie podía detener", de las que se habla detenidamente en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

      [4] En 1911 Rilke vio en esa iglesia de Venecia un altivo epitafio desengañado de un tal Hermann Wilhelm o Hermanus Gulielmus, de 1593: entre otras cosas dice: “En vida viví para los demás; ahora, después de la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol frío para mí mismo”.

      [5] Mito griego semejante en unos aspectos al de Adonis, y en otros al de Orfeo, pero relativo a la música fúnebre. Linos es el semidiós de la lamentación, la música y la elegía fúnebres. Murió de muerte terrible —asesinado por Apolo o por Hércules, o destrozado por perros, según varias leyendas—; al morir, su terrible lamentación dio nacimiento a la música; o bien, la naturaleza entera, al llorar su muerte, creó la música (Iliada, XVIII, 570).

Rainer María Rilke 
Versión y notas de José Joaquín Blanco

lunes, agosto 18, 2014

EL BARCO EBRIO - Jean Arthur Rimbaud






El Barco ebrio

Al tiempo que bajaba por ríos impasibles, 
Sentí que no me guiaban los hombres a la sirga: 
Aullantes pieles rojas, tomándolos por blanco, 
Los clavaron desnudos en postes de colores. 

Portador de algodón inglés, trigo de Flandes, 
Sin pena me tenían todos los tripulantes. 
Cuando acabó aquel ruido a la par que mis hombres, 
Me dejaron los Ríos marchar adonde quise. 

Entre los chapoteos de la mar encrespada, 
Yo, el invierno pasado, más sordo que el cerebro 
De los niños… ¡bogaba! Penislas a la vela 
Nunca experimentaron barullos más triunfantes. 

La tempestad bendijo mi despertar marino. 
Más ligero que un corcho bailé sobre las olas 
(Eternas trajineras de víctimas las llaman), 
¡Sin añorar, diez noches, a las bobas farolas! 

Más dulce que manzanas agrillas para un niño, 
Impregnó el agua verde mi cascarón de abeto 
Y me lavó las manchas de tintorros y vómitos, 
Dispersando el timón y el áncora de brazos. 

Y desde entonces bogo inmerso en el Poema 
De la mar, infundida de astros, lactescente, 
Tragando verdes cielos por donde a veces baja, 
Cuerpo arrobado y pálido, un muerto pensativo; 

Donde, tiñendo súbitos azules, desvaríos 
Y ritmos lentos bajo el rutilante día, 
Más fuertes que el alcohol y más que nuestras liras, 
¡Fermentan las amargas rojuras del amor! 

Sé de cielos que rompen en rayos, y de trombas, 
Resacas y corrientes; sé también del ocaso, 
Del alba entusiasmada cual tribu de palomas, 
¡He visto varias veces lo que ver cree el hombre! 

¡Vi al sol poniente, sucio de místicos horrores, 
Iluminando vastos coágulos violetas, 
Y lejos, cual actrices de antiquísimos dramas, 
Olas rodando al paso su temblor de postigos! 

¡Soñé la verde noche de nieves deslumbradas, 
Beso que asciende lento hasta los ojos mismos 
Del mar, circulación de savias inauditas, 
Y aviso azul y gualda de los cantantes fósforos! 

¡He seguido por meses, como a piaras histéricas, 
Embates de mareas contra los arrecifes, 
Sin pensar que los pies de luz de las Marías 
Domar pudieran morros asmáticos de Océanos! 

¡Creánme que he tocado increíbles Floridas, 
Donde ojos de pantera con piel de hombre a flores 
Se mezclan! ¡Y arcos iris bajo el confín marino, 
Tensados como bridas para glaucos rebaños! 

¡He visto fermentar vastas marismas, nasas 
En donde un Leviatán entre aulagas se pudre! 
¡Avalanchas de aguas en medio de bonanzas, 
Distancias que se abisman como las cataratas! 

¡Soles de plata, heleros, alas de nácar, cielos 
De brasa! ¡Horribles pecios engolfados en simas 
Donde enormes serpientes, comidas por las chinches, 
Con negro aroma caen desde torcidos árboles! 

Quisiera haber mostrado a los niños doradas 
De agua azul, esos peces de oro que salmodian. 
–La espuma en flor meció mis salidas de rada 
Y vientos inefables me alaron por instantes. 

A veces, mártir harto de polos y de zonas, 
La mar cuyo sollozo mi vaivén suavizaba, 
Me subía, de amarillas ventosas, sus corolas 
Brunas, y, cual mujer, de hinojos me quedaba... 

Penisla que columpia en sus riberas guano 
Y querellas de pájaros chillones de ojos rubios, 
Yo navegaba, mientras por mis frágiles zunchos 
¡Ahogados con sueño andaban para atrás! 

Así, barco perdido entre pelo de ancones, 
Lanzado por la tromba en el éter sin aves, 
Yo, a quien acorazados o veleros del Hansa 
No le hubieran salvado el casco ebrio de agua; 

Libre, humeante, envuelto en brumazón violeta, 
Yo, que horadaba el cielo rojizo como un muro 
Que sostiene, jalea exquisita gustada 
Por el poeta, líquenes de sol, muermos de azur; 

Que corría empañado de lúnulas eléctricas, 
Loca tabla escoltada por negros hipocampos, 
Cuando julio derrumba, a grandes garrotazos, 
Cielos ultramarinos en ardientes embudos; 

Que temblaba al oír, gimiendo en lontananza, 
Los Behemots en celo y los densos Maelstroms, 
Hilandero perpetuo de quietudes azules, 
¡La Europa de los viejos parapetos, yo añoro! 

¡He visto siderales archipiélagos, islas 
Cuyo cielo en delirio se abre al bogavante! 
–¿Son noches abisales en que exiliado duermes, 
Oh tú, Vigor futuro, millón de aves áureas?– 

¡Cierto: mucho he llorado! El alba es dolorosa. 
Toda luna es terrible, y todo sol, amargo. 
El agrio amor me hinchó de embriagantes torpores: 
¡Que mi quilla reviente! ¡Que me hunda en la mar! 

Si algún agua de Europa deseo, ésa es la charca 
Helada y negra donde en tardes perfumadas 
Un niño encuclillado, hondo en tristezas, suelta 
Un barquito muy frágil, mariposa de mayo... 

No puedo, marejada, inmerso en tu apatía, 
Escoltar ya el aguaje del barco algodonero, 
Ni traspasar orgullos de banderas y grímpolas, 
Ni nadar a la vista atroz de los pontones.






Jean Nicolas Arthur Rimbaud 
(Charleville, 20 de octubre de 1854
Marsella, 10 de noviembre de 1891)

miércoles, junio 18, 2014

"El Fornicio" - Gonzalo Rojas



El Fornicio


Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras, te
lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!



Gonzalo Rojas

jueves, abril 24, 2014

"La Serpiente que Danza" - Charles Baudelaire

          


La Serpiente que Danza

       Me encanta, oh mi cara indolente,
          si en tu cuerpo veo,
          de tu piel, tela vacilante,
          el blando espejeo.

          Sobre tu honda cabellera,
          de aroma salvaje,
          mar olorosa y vagabunda
          de azul oleaje,

          como navío al que despierta
          matutino viento,
          mi alma soñadora apareja
          a un lejano intento.

          Tus ojos, en los que no se revela
          nada dulce ni amargo,
          son dos joyas frías en las que se mezcla
          el oro con el hierro.

         Al verte marchar cadenciosa,
         Bella en tu abandono,
         Se diría una sierpe que danza
         En el extremo de un bastón.

         Bajo el fardo de tu pereza
         Tu cabeza de niño
         Se balancea con la molicie
         de un joven elefante.

         Y tu cuerpo se inclina y se estira
         Cual un fino navío
         Que rola bordeando y sumerge
         Sus vergas en el agua.

         Como un oleaje engrosado por la fusión
         De los glaciares rugientes,
         Cuando el agua de tu boca sube
         Al borde de tus dientes,

         Yo creo beber un vino de Bohemia
         Amargo y vencedor,
        ¡Un cielo líquido que esparce
         Estrellas en mi corazón!


Charles Baudelaire

lunes, abril 14, 2014

"Una Carroña" - Charles Baudelaire


"Una Carroña"


Recuerda lo que vimos, alma mía,
esa mañana de verano tan dulce:
a la vuelta de un sendero una carroña infame
en un lecho sembrado de guijarros,

con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
ardiente y sudando los venenos
abría de un modo negligente y cínico
su vientre lleno de exhalaciones.

El sol brillaba sobre esta podredumbre,
como para cocerla en su punto,
y devolver ciento por uno a la gran Naturaleza
todo lo que en su momento había unido;

y el cielo miraba el espléndido esqueleto
como flor que se abre.
Tan fuerte era el hedor que tú, en la hierba
creíste desmayarte.

Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido
del cual salían negros batallones
de larvas que manaban como un líquido espeso
por aquellos vivientes andrajos.

Todo aquello descendía y subía como una ola,
o se lanzaba chispeante
se hubiera dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago,
vivía y se multiplicaba.

Y este mundo producía una música extraña
como el agua que corre y el viento
o el grano que un ahechador con movimiento rítmico
agita y voltea con su criba.

Las formas se borraban y no eran más que un sueño,
un esbozo tardo en aparecer
en la tela olvidada, y que el artista acaba
sólo de memoria.

Detrás de las rocas una perra inquieta
nos miraba con ojos enfadados,
espiando el momento de recuperar en el esqueleto
el trozo que había soltado.

Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura,
que esta horrible infección,
¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión!

¡Sí! tal tú serás, oh reina de las gracias,
después de los últimos sacramentos,
cuando vayas, bajo la hierba y las fértiles florescencias,
a enmohecer entre las osamentas.

Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina
De mis amores descompuestos!



Charles Baudelaire

¡TORRES DE DIOS! ¡POETAS! - Rubén Darío



¡TORRES DE DIOS! ¡POETAS!  


¡Torres de Dios! ¡Poetas!
¡Pararrayos celestes
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!
La mágica esperanza anuncia un día
en que sobre la roca de armonía
expirará la pérfida sirena.
¡Esperad, esperemos todavía!
Esperad todavía.
El bestial elemento se solaza
en el odio a la sacra poesía
y se arroja baldón de raza a raza.
La insurrección de abajo
tiende a los Excelentes.
El caníbal codicia su tasajo
con roja encía y afilados dientes.
Torres, poned al pabellón sonrisa.
Poned, ante ese mal y ese recelo,
una soberbia insinuación de brisa
y una tranquilidad de mar y cielo…


Rubén Darío