Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

jueves, octubre 01, 2015

Faeton - Publio Ovidio Nason – Metamorfosis






     Faetón (i)



                                 Tuvo éste en ánimos un igual, y en años,
del Sol engendrado, Faetón; al cual, un día, que grandes cosas decía
y que ante él no cedía, de que fuera Febo su padre soberbio,
no lo soportó el Ináquida y “A tu madre”, dice, “todo como demente
crees y estás henchido de la imagen de un genitor falso.”
Enrojeció Faetón y su ira por el pudor reprimió,
y llevó a su madre Clímene los insultos de Épafo,
y “Para que más te duelas, mi genetriz”, dice, “yo, ese libre,
ese fiero me callé. Me avergüenza que estos oprobios a nos
sí decirse han podido, y no se han podido desmentir.
Mas tú, si es que he sido de celeste estirpe creado,
dame una señal de tan gran linaje y reclámame al cielo.”
    Dijo y enredó sus brazos en el materno cuello,
y por la suya y la cabeza de Mérope y las teas de sus hermanas,
que le trasmitiera a él, le rogó, signos de su verdadero padre.
Ambiguo si Clímene por las súplicas de Faetón o por la ira
movida más del crimen dicho contra ella, ambos brazos al cielo
extendió y mirando hacia las luces del Sol:
“Por el resplandor este”, dice, “de sus rayos coruscos insigne,
hijo, a ti te juro, que nos oye y que nos ve,
que de éste tú, al que tú miras, de éste tú, que templa el orbe,
del Sol, has sido engendrado. Si mentiras digo, niéguese él a ser visto
de mí y sea para los ojos nuestros la luz esta la postrera.
Y no larga labor es para ti conocer los patrios penates.
De donde él se levanta la casa es confín a la tierra nuestra:
si es que te lleva tu ánimo, camina y averígualo de él mismo.”
     Brinca al instante, contento después de tales
palabras de la madre suya, Faetón, y concibe éter en su mente,
y por los etíopes suyos y, puestos bajo los fuegos estelares,
por los indos atraviesa, y de su padre acude diligente a los ortos.


Libro segundo
   Faetón (ii)

     El real del Sol era, por sus sublimes columnas, alto, 
claro por su rielante oro y, que a las llamas imita, por su piropo, 
cuyo marfil nítido las cúspides supremas cubría; 
de plata sus bivalvas puertas radiaban de su luz. 
A la materia superaba su obra; pues Múlciber allí 
las superficies había cincelado, que ciñen sus intermedias tierras, 
y de esas tierras el orbe, y el cielo, que domina el orbe. 
Azules tiene la onda sus dioses: a Tritón el canoro, 
a Proteo el ambiguo, y de las ballenas apretando, 
a Egeón, las inabarcables espaldas con sus brazos, 
a Doris y a sus nacidas, de las cuales, parte nadar parece, 
parte, en una mole sentada, sus verdes cabellos secar; 
de un pez remolcarse algunas; su faz no es de todas una misma, 
no distante, aun así, cual decoroso es entre hermanas. 
La tierra hombres y ciudades lleva, y espesuras y fieras 
y corrientes y ninfas y los restantes númenes del campo. 
De ello encima, impuesta fue del fulgente cielo la imagen, 
y signos seis en las puertas diestras y otros tantos en las siniestras. 
     Adonde, en cuanto por su ascendente senda de Clímene la prole 
llegó y entró de su dudado padre en los techos, 
en seguida hacia los patrios rostros lleva sus plantas, 
y se apostó lejos, pues no más cercanas soportaba 
sus luces: de una purpúrea vestidura velado, sentábase
en el solio Febo, luciente de sus claras esmeraldas. 
A diestra e izquierda el Día y el Mes y el Año, 
y los Siglos, y puestas en espacios iguales las Horas, 
y la Primavera nueva estaba, ceñida de floreciente corona, 
estaba desnudo el Verano y coronas de espigas llevaba; 
estaba también el Otoño, de las pisadas uvas sucio, 
y glacial el Invierno, arrecidos sus canos cabellos. 
Desde ahí, central según su lugar, por la novedad de las cosas atemorizado
al joven el Sol con sus ojos, con los que divisa todo, ve,
y “¿Cuál de tu ruta es la causa? ¿A qué en este recinto”, dice, “acudías, 
progenie, Faetón, que tu padre no ha de negar?” 
Él responde: “Oh luz pública del inmenso mundo, 
Febo padre, si me das el uso del nombre este 
y Clímene una culpa bajo esa falsa imagen no esconde: 
prendas dame, genitor, por las que verdadera rama tuya 
se me crea y el error arranca del corazón nuestro.” 
Había dicho, mas su genitor, alrededor de su cabeza toda rielantes 
se quitó los rayos, y más cerca avanzar le ordenó 
y un abrazo dándole: “Tú de que se niegue que eres mío
digno no eres, y Clímene tus verdaderos” dice “orígenes te ha revelado, 
y para que menos lo dudes, cualquier regalo pide, que, 
pues te lo otorgaré, lo tendrás. De mis promesas testigo sea, 
por la que los dioses han de jurar, la laguna desconocida para los ojos nuestros.” 
No bien había cesado, los carros le ruega él paternos, 
y, para un día, el mando y gobierno de los alípedes caballos.
     Le pesó el haberlo jurado al padre, el cual, tres y cuatro veces 
sacudiendo su ilustre cabeza: “Temeraria”, dijo, 
“la voz mía por la tuya se ha hecho. Ojalá mis promesas pudiera 
no conceder. Confieso que sólo esto a ti, mi nacido, te negaría; 
pero disuadirte me es dado: no es tu voluntad segura. 
Grandes pides, Faetón, regalos, y que ni a las fuerzas 
esas convienen ni a tan pueriles años. 
La suerte tuya mortal: no es mortal lo que deseas. 
A más incluso de lo que los altísimos alcanzar pueden, 
ignorante, aspiras; aunque pueda a sí mismo cada uno complacerse, 
ninguno, aun así, es capaz de asentarse en el eje 
60portador del fuego, yo exceptuado. También el regidor del vasto Olimpo, 
que fieros rayos lanza con su terrible diestra, 
no llevará estos carros, y qué que Júpiter mayor tenemos. 
     Ardua la primera vía es y con la que apenas de mañana, frescos, 
pugnan los caballos; en medio está la más alta del cielo, 
desde donde el mar y las tierras a mí mismo muchas veces ver 
me dé temor, y de pávido espanto tiemble mi pecho; 
la última, inclinada vía es, y precisa de manejo cierto: 
entonces, incluso la que me recibe en sus sometidas olas, 
que yo no caiga de cabeza, Tetis misma, suele temer. 
Añade que de una continua rotación se arrebata el cielo 
y sus estrellas altas arrastra y en una rápida órbita las vira. 
Pugno yo en contra, y no el ímpetu que a lo demás a mí me 
vence, y contrario circulo a ese rápido orbe. 
Figúrate que se te han dado los carros. ¿Qué harás? ¿Podrías 
en contra ir de los rotantes polos para que no te arrebate el veloz eje? 
Acaso, también, las florestas allí y las ciudades de los dioses 
concibas en tu ánimo que están, y sus santuarios ricos 
en dones. A través de insidias el camino es, y de formas de fieras, 
y aunque tu ruta mantengas y ningún error te arrastre, 
a través, aun así, de los cuernos pasarás del adverso Toro, 
y de los hemonios arcos, y la boca del violento León, 
y del que sus salvajes brazos curva en un circuito largo, 
el Escorpión, y del que de otro modo curva sus brazos, el Cangrejo. 
Tampoco mis cuadrípedes, ardidos por los fuegos esos 
que en su pecho tienen, que por su boca y narinas exhalan, 
a tu alcance gobernar está: apenas a mí me sufren cuando sus agrios 
ánimos se enardecen, y su cerviz rechaza las riendas. 
Mas tú, de que no sea yo para ti el autor de este funesto regalo, 
mi nacido, cuida y, mientras la cosa lo permite, tus votos corrige. 
Claro es que para que de nuestra sangre tú engendrado te creas 
unas prendas ciertas pides: te doy unas prendas ciertas temiendo, 
y con el paterno miedo que tu padre soy pruebo. Mira los rostros 
aquí míos, y ojalá tus ojos en mi pecho pudieras 
inserir y dentro desprender los paternos cuidados. 
Y, por último, cuanto tiene el rico cosmos mira en derredor, 
y de tantos y tan grandes bienes del cielo y la tierra 
y el mar demanda algo: ninguna negativa sufrirás. 
Te disuado de esto solo, que por verdadero nombre un castigo, 
no un honor es: un castigo, Faetón, en vez de un regalo demandas. 
¿Por qué mi cuello sostienes, ignorante, con tus blandos brazos? 
No lo dudes, se te concederá –las estigias ondas hemos jurado– 
aquello que pidas. Pero tú con más sabiduría pide.
     Había acabado sus advertencias. Sus palabras, aun así, él rechaza 
y su propósito apremia y flagra en el deseo del carro. 
Así pues, lo que podía, su genitor, irresoluto, a los altos 
conduce al joven, de Vulcano regalos, carros. 
Áureo el eje era, el timón áureo, áurea la curvatura 
de la extrema rueda, de los radios argénteo el orden. 
Por los yugos unos crisólitos y, puestas en orden, unas gemas, 
claras devolvían sus luces, reverberante, a Febo. 
Y mientras de ello, henchido, Faetón se admira y su obra 
escruta, he aquí que vigilante abrió desde el nítido orto 
la Aurora sus purpúreas puertas, y plenos de rosas 
sus atrios. Se dispersan las estrellas, cuyas columnas conduce 
el Lucero, y de su posta del cielo el postrero sale: 
al cual cuando buscar las tierras, y que el cosmos enrojecía, vio, 
y los cuernos como desvanecerse de la extrema luna, 
uncir los caballos el Titán impera a las veloces Horas. 
Sus órdenes las diosas rápidas cumplen y, fuego vomitando 
y de jugo de ambrosia saciados, de sus pesebres altos 
a los cuadrípedes sacan, y les añaden sus sonantes frenos. 
Entonces el padre la cara de su nacido con una sagrada droga 
tocó y la hizo paciente de la arrebatadora llama 
e impuso a su pelo los rayos, y, présagos del luto, 
de su pecho angustiado reiterando suspiros, dijo: 
     “Si puedes a estas advertencias al menos obedecer de tu padre, 
sé parco, chico, con las aguijadas, y más fuerte usa las bridas. 
Por sí mismos se apresuran: la labor es inhibirles tal deseo. 
Y no a ti te plazca la ruta, derechos, a través de los cinco arcos. 
Cortada en oblicuo hay, de ancha curvatura, una senda, 
y, con la frontera de tres zonas contentándose, del polo 
rehúye austral y, vecina a los aquilones, de la Osa. 
Por aquí sea tu camino: manifiestas de mi rueda las huellas divisarás; 
y para que soporten los justos el cielo y la tierra calores, 
ni hundas ni yergas por los extremos del éter el carro. 
Más alto pasando los celestes techos quemarás, 
más bajo, las tierras: por el medio segurísimo irás. 
Tampoco a ti la más diestra te decline hacia la torcida Serpiente, 
ni tu más siniestra rueda te lleve, hundido, al Ara. 
Entre ambos manténte. A la Fortuna lo demás encomiendo, 
la cual te ayude, y que mejor que tú por ti vele, deseo. 
Mientras hablo, puestas en el vespertino litoral, sus metas 
la húmeda noche ha tocado; no es la demora libre para nos. 
Se nos reclama, y fulge, las tinieblas ahuyentadas, la Aurora. 
Coge en la mano las riendas, o, si un mudable pecho 
es el tuyo, los consejos, no los carros usa nuestros. 
Mientras puedes y en unas sólidas sedes todavía estás, 
y mientras, mal deseados, todavía no pisas, ignorándolos, mis ejes, 
las que tú seguro contemples, déjame dar, las luces a las tierras.” 
     Ocupa él con su juvenil cuerpo el leve carro 
y se aposta encima, y de que a sus manos las leves riendas hayan tocado 
se goza, y las gracias da de ello a su contrariado padre. 
Entre tanto, voladores, Pirois, y Eoo y Eton, 
del Sol los caballos, y el cuarto, Flegonte, con sus relinchos llameantes 
las auras llenan y con sus pies las barreras baten. 
Las cuales, después de que Tetis, de los hados ignorante de su nieto, 
retiró, y hecha les fue provisión del inmenso cielo, 
cogen la ruta y sus pies por el aire moviendo 
a ellos opuestas hienden las nubes, y con sus plumas levitando 
atrás dejan, nacidos de esas mismas partes, a los Euros. 
Pero leve el peso era y no el que conocer pudieran 
del Sol los caballos, y de su acostumbrado peso el yugo carecía, 
y como se escoran, curvas, sin su justo peso las naves, 
y por el mar, inestables por su excesiva ligereza, vanse, 
así, de su carga acostumbrada vacío, da en el aire saltos 
y es sacudido hondamente, y semejante es el carro a uno inane. 
     Lo cual en cuanto sintieron, se lanzan, y el trillado espacio 
abandonan los cuadríyugos, y no en el que antes orden corren. 
Él se asusta, y no por dónde dobla las riendas a él encomendadas, 
ni sabe por dónde sea el camino, ni si lo supiera se lo imperaría a ellos. 
Entonces por primera vez con rayos se calentaron los helados Triones 
y, vedada, en vano intentaron en la superficie bañarse, 
y la que puesta está al polo glacial próxima, la Serpiente, 
del frío yerta antes y no espantable para nadie, 
se calentó y tomó nuevas con esos hervores unas iras. 
Tú también que turbado huiste cuentan, Boyero, 
aunque tardo eras y tus carretas a ti te retenían.
Pero cuando desde el supremo éter contempló las tierras 
el infeliz Faetón, que a lo hondo, y a lo hondo, yacían, 
palideció y sus rodillas se estremecieron del súbito temor, 
y le fueron a sus ojos tinieblas en medio de tanta luz brotadas, 
y ya quisiera los caballos nunca haber tocado paternos, 
ya de haber conocido su linaje le pesa, y de haber prevalecido en su ruego. 
Ya, de Mérope decirse deseando, igual es arrastrado que un pino 
llevado por el vertiginoso bóreas, al que vencidos sus frenos 
ha soltado su propio regidor, y al que a los dioses y a los rezos ha abandonado. 
¿Qué haría? Mucho cielo a sus espaldas ha dejado; 
ante sus ojos más hay. Con el ánimo mide los dos; 
y, ya, los que su hado alcanzar no es, 
delante mira los ocasos; a las veces detrás mira los ortos, 
y, de qué hacer ignorante, suspendido está, y ni los frenos suelta 
ni de retenerlos es capaz, ni los nombres conoce de los caballos. 
Esparcidas también en el variado cielo por todos lados maravillas, 
y ve, tembloroso, los simulacros de las vastas fieras. 
     Hay un lugar, donde en gemelos arcos sus brazos concava 
el Escorpión, y con su cola, y dobladas a ambos lados sus pinzas, 
alarga en espacio los miembros de sus dos signos: 
a éste el muchacho, cuando, húmedo del sudor de su negro veneno, 
y heridas amenazando con su curvada cúspide, ve, 
de la razón privado por el helado espanto las bridas soltó. 
Las cuales, después de que tocaron postradas lo alto de sus espaldas, 
se desorbitan los caballos y, nadie reteniéndolos, por las auras 
de una ignota región van, y por donde su ímpetu les lleva, 
por allá sin ley se lanzan, y bajo el alto éter se precipitan 
contra las fijas estrellas y arrebatan por lo inaccesible el carro, 
y ya lo más alto buscan, ya en pendiente y por rutas 
vertiginosas a un espacio a la tierra más cercano vanse, 
y de que más bajo que los suyos corran los fraternos caballos 
la Luna se admira, y abrasadas las nubes humean.
     Se prende en llamas, según lo que está más alto, la tierra, 
y hendida produce grietas, y de sus jugos privada se deseca. 
Los pastos canecen, con sus frondas se quema el árbol, 
y materia presta para su propia perdición el sembrado árido. 
     De poco me quejo: grandes perecen, con sus murallas, ciudades, 
y con sus pueblos los incendios a enteras naciones 
en ceniza tornan; las espesuras con sus montes arden, 
arde el Atos y el Tauro cílice y el Tmolo y el Oete 
y, entonces seco, antes abundantísimo de fontanas, el Ide, 
y el virgíneo Helicón y todavía no de Eagro el Hemo. 
    Arde a lo inmenso con geminados fuegos el Etna 
y el Parnaso bicéfalo y el Érix y el Cinto y el Otris 
y, que por fin de nieves carecería, el Ródope, y el Mimas 
y el Díndima y el Mícale y nacido para lo sagrado el Citerón, 
y no le aprovechan a Escitia sus fríos: el Cáucaso arde 
y el Osa con el Pindo y mayor que ambos el Olimpo, 
y los aéreos Alpes y el nubífero Apenino. 










     Entonces en verdad Faetón por todas partes el orbe 
mira incendiado, y no soporta tan grandes calores, 
e hirvientes auras, como de una fragua profunda, 
con la boca atrae, y los carros suyos encandecerse siente; 
y no ya las cenizas, y de ellas arrojada la brasa, 
soportar puede, y envuelto está por todos lados de caliente humo, 
y a dónde vaya o dónde esté, por una calina como de pez cubierto, 
no sabe, y al arbitrio de los voladores caballos es arrebatado. 
     De su sangre, entonces, creen, al exterior de sus cuerpos llamada, 
que los pueblos de los etíopes trajeron su negro color. 
Entonces se hizo Libia, arrebatados sus humores con ese bullir, 
árida, entonces las ninfas, con sueltos cabellos, a sus fontanas 
y lagos lloraron: busca Beocia a su Dirce, 
     Argos a Amímone, Éfire a las pirénidas ondas. 
Y tampoco las corrientes, las agraciadas con riberas distantes de lugar, 
seguras permanecen: en mitad el Tanais humeaba de sus ondas, 
y también Peneo el viejo y el teutranteo Caíco 
y el veloz Ismeno con el fegíaco Erimanto 
y el que habría de arder de nuevo, el Janto, y el flavo Licormas 
y el que juega, el Meandro, entre sus recurvadas ondas, 
y el migdonio Melas y el tenario Eurotas. 
Ardió también el Eufrates babilonio, ardió el Orontes 
y el Termodonte raudo y el Ganges y el Fasis y el Histro. 
     Bulle el Alfeo, las riberas del Esperquío arden, 
y el que en su caudal el Tajo lleva, fluye, por los fuegos, el oro, 
y las que frecuentaban con su canción las meonias riberas, 
sus fluviales aves, se caldean en mitad del Caístro. 
El Nilo al extremo huye, aterrorizado, del orbe, 
y se tapó la cabeza, que todavía está escondida; sus siete embocaduras, 
polvorientas, están vacías, siete, sin su corriente, valles. 
El azar mismo los ismarios Hebro y Estrimón seca, 
y los Vespertinos caudales del Rin, el Ródano y el Po, 
y al que fue de todas las cosas prometido el poder, al Tíber. 
     Saltó en pedazos todo el suelo y penetra en los Tártaros por las grietas 
la luz, y aterra, con su esposa, al infernal rey; 
y el mar se contrae, y es un llano de seca arena 
lo que poco antes ponto era, y, los que alta cubría la superficie, 
sobresalen esos montes y las esparcidas Cícladas ellos acrecen. 
     Lo profundo buscan los peces y no sobre las superficies, curvos, 
a elevarse se atreven los delfines hacia sus acostumbradas auras; 
los cuerpos de las focas, de espaldas sobre lo extremo del profundo, 
exánimes, nadan; el mismo incluso Nereo, fama es, 
y Doris y sus nacidas, que se ocultaron bajo tibias cavernas. 
     Tres veces Neptuno, de las aguas, sus brazos con torvo semblante 
a extraer se atrevió, tres veces no soportó del aire los fuegos. 
La nutricia Tierra, aun así, como estaba circundada de ponto, 
entre las aguas del piélago y, contraídas por todos lados, sus fontanas, 
que se habían escondido en las vísceras de su opaca madre, 
sostuvo hasta el cuello, árida, su devastado rostro 
y opuso su mano a su frente, y con un gran temblor 
todo sacudiendo, un poco se asentó y más abajo 
de lo que suele estar quedó, y así con seca voz habló: 
“Si te place esto y lo he merecido, ¿a qué, oh, tus rayos cesan, 
supremo de los dioses? Pueda la que ha de perecer por las fuerzas del fuego, 
por el fuego perecer tuyo, y su calamidad por su autor aliviar. 
Apenas yo, ciertamente, mis fauces para estas mismas palabras libero” 
–le oprimía la boca el vapor– “quemados, ay, mira mis cabellos, 
y en mis ojos tanta, tanta sobre mi cara brasa. 
     ¿Estos frutos a mí, este premio de mi fertilidad 
y de mi servicio me devuelves, porque las heridas del combado arado 
y de los rastrillos soporto, y todo se me hostiga el año, 
porque al ganado frondas, y alimentos tiernos, los granos, 
al humano género, a vosotros también inciensos, suministro? 
     Pero aun así, este final pon que yo he merecido ¿Qué las ondas, 
qué ha merecido tu hermano? ¿Por qué, a él entregadas en suerte, 
las superficies decrecen y del éter más lejos se marchan? 
Y si ni la de tu hermano, ni a ti mi gracia te conmueve, 
mas del cielo compadécete tuyo. Mira a ambos lados: 
humea uno y otro polo, los cuales si viciara el fuego, 
los atrios vuestros se desplomarán. Atlante, ay, mismo padece, 
y apenas en sus hombros candente sostiene el eje. 
Si los estrechos, si las tierras perecen, si el real del cielo: 
en el caos antiguo nos confundimos. Arrebata a las llamas 
cuanto todavía quede y vela por la suma de las cosas.” 
     Había dicho esto la Tierra, puesto que ni tolerar el vapor 
más allá pudo ni decir más, y la boca 
suya se devolvió a sí misma, y a sus cavernas a los manes más cercanas. 
     Mas el padre omnipotente, los altísimos poniendo por testigos y a aquél mismo 
que había dado sus carros, de que, si ayuda él no prestara, todas las cosas de un hado 
desaparecerían grave, acude, arduo, al supremo recinto 
desde donde suele las nubes congregar sobre las anchas tierras, 
desde donde mueve los truenos, y sus blandidos rayos lanza. 
Pero ni las que pudiera sobre las tierras congregar, nubes 
entonces tuvo, ni las que del cielo mandara, lluvias: 
truena, y balanceando un rayo desde su diestra oreja 
lo mandó al auriga y, al par, de su aliento y de sus ruedas 
lo expelió, y apacentó con salvajes fuegos los fuegos. 
Constérnanse los caballos, y un salto dando en contrario 
sus cuellos del yugo arrebatan, y sus rotas correas abandonan: 
por allí los frenos yacen, por allí, del timón arrancado, 
el eje, en esta parte los radios de las quebradas ruedas, 
y esparcidos quedan anchamente los vestigios del lacerado carro.
     Mas Faetón, con llama devastándole sus rútilos cabellos, 
rodando cae en picado, y en un largo trecho por los aires 
va, como a las veces desde el cielo una estrella, sereno, 
aunque no ha caído, puede que ha caído parecer. 
Al cual, lejos de su patria, en el opuesto orbe, el máximo 
Erídano lo recibió, y le lavó, humeante, la cara. 
     Las náyades Vespertinas, por la trífida llama humeante, 
su cuerpo dan a un túmulo, e inscriben también con esta canción la roca: 

Aquí · sito · queda · Faetón · del · carro · auriga · paterno
que · si · no · lo · dominó · aun · así · sucumbió · a · unas · grandes · osadías

     Pues su padre, cubiertos por su luto afligido, digno de compasión, 
había escondido sus semblantes, y si es que lo creemos, que un único 
día pasó sin sol refieren; los incendios luz 
prestaban, y algún uso hubo en el mal aquel. 


     Clímene

     Mas Clímene, después de que dijo cuanto hubo 
en tan grandes males de ser dicho, lúgubre y amente, 
y rasgándose los senos, todo registró el orbe, 
y sus exánimes miembros primero, luego sus huesos buscando, 
los halló, aunque huesos, en una peregrina ribera escondidos. 
Y se postró en ese lugar, y su nombre, en el mármol leído, 
regó de lágrimas, y con su abierto pecho lo calentó. 






Publio Ovidio Nason
Metamorfosis

sábado, septiembre 19, 2015

El Rapto de Prosérpina - Publio Ovidio Nason – Metamorfosis




El Rapto de Prosérpina


Hasta aquí al son de la cítara había movido su habladora boca:
se nos demanda a las Aónides... Pero quizás ocios no tengas,
ni para prestar a nuestros cantos oídos estés desocupada.”
“No lo duda, y vuestra canción a mí refiere por su orden”,
Palas dice, y del bosque se sienta en la leve sombra.
La Musa relata: “Dimos la suma del certamen a una sola;
se levanta y, con hiedra recogidos sus sueltos cabellos,
Calíope antes templa, quejumbrosas, con el pulgar las cuerdas
y estas canciones somete a los percutidos nervios:
“La primera Ceres el terrón dividió con el corvo arado,
la primera dio granos y alimentos suaves a las tierras,
la primera dio sus leyes; de Ceres son todas las cosas regalo,
a ella de cantar yo he; ojalá tan sólo decir pudiera
canciones dignas de la diosa. Ciertamente la diosa de canción digna es.
Vasta, sobre unos miembros de Gigantes echada fue una isla,
la Trinácride, y, sometido a sus grandes moles, empuja
a quien osó las etéreas sedes esperar, a Tifeo.
Se afana él ciertamente, y pugna por volver a levantarse muchas veces,
pero su diestra mano está sujeta al ausonio Peloro,
la izquierda, Paquino, a ti, y del Lilibeo sus piernas son presa,
su cabeza hunde el Etna, bajo el cual, de espaldas, arenas
escupe, y llama, feroz, vomita de su boca Tifeo.
Muchas veces por rechazar lucha los pesos de la tierra
y las ciudades y los grandes montes rodar de su cuerpo:
entonces tiembla la tierra y el rey teme mismo de los silentes
que se abra el suelo y que por una ancha hendidura se destape,
y que entrometido el día, a las temblorosas sombras aterre.
Este desastre temiendo, de su tenebrosa sede el tirano
había salido, y en su carro de negros caballos llevado
rodeaba cauto de la sícula tierra los cimientos.
Después que explorado bastante hubo que lugar ninguno vacilaba,
y dejado su miedo, lo ve a él la Ericina en su vagar,
en el monte suyo sentada, y a su nacido abrazando volador:
“Armas y manos mías, mi nacido, mi poder”, dijo,
“ésos con los que superas a todos, coge tus dardos, Cupido,
y al pecho del dios rápidas tensa tus saetas
al que cedió la fortuna lo postrero del triple reino.
Tú a los altísimos y al mismo Júpiter domas, tú a los númenes del ponto,
por ti vencidos, y al mismo que rige los númenes del ponto.
¿Los Tártaros a qué esperan? ¿Por qué no el de tu madre y tu imperio
extiendes? Se trata de la parte tercera del mundo,
y, aun así, en el cielo –cuál ya el sufrimiento nuestro es–
se nos desprecia y conmigo las fuerzas se disminuyen del Amor.
¿A Palas no ves y a la lanceadora Diana
apartarse de mí? De Ceres también la hija, virgen,
si lo toleramos, será, pues las esperanzas persigue mismas.
Mas tú, por nuestro socio reino, si alguna estima es ésta,
une a esa diosa con su tío”, dijo Venus; él su aljaba
desata y según el arbitrio su madre de mil saetas
una separó, pero que la cual, ni más aguda ninguna,
ni menos fallida es, ni que más oiga al arco,
y oponiéndole la rodilla curvó el flexible cuerno
y hasta el corazón con su arponada caña atravesó a Dis.
“No lejos de las heneas murallas un lago hay, de alta
–por nombre Pergo– agua: no que él más numerosas el Caístro
las canciones de los cisnes en el deslizarse escucha de sus olas.
Una espesura corona sus aguas ciñéndole todo costado y con sus
frondas, como por un velo, de Febo rechaza las heridas;
fríos dan sus ramas, flores de Tiro su humus húmedo:
perpetua primavera es. En la cual floresta, mientras Prosérpina
juega y violas o cándidos lirios corta,
y mientras con afán de niña canastos y su seno
llena y a sus iguales lucha por superar recogiendo,
casi a la vez que vista fue, amada y raptada por Dis,
hasta tal punto fue presuroso el amor. La diosa, aterrada, con afligida
boca a su madre y a sus acompañantes, pero a su madre más veces,
clama, y como desde su superior orilla el vestido había desgarrado,
las colectadas flores de su túnica aflojada cayeron,
y –tanta simplicidad a sus pueriles años acompañaba–
esta pérdida también movió su virginal dolor.
Su raptor lleva los carros y por su nombre a cada uno llamando
exhorta a sus caballos, de los cuales, por su cuello y crines
sacude de oscura herrumbre teñidas las riendas,
y por los lagos altos, y por los pantanos que huelen a azufre
vase de los Palicos, hirvientes en la rota tierra,
y por donde los baquíadas, la raza nacida en Corinto, la de dos mares,
entre desiguales puertos pusieron sus murallas.
Hay, intermedio de Cíane y de Aretusa de Pisa,
que une entre sus estrechos cuernos el incluido en él, un mar:
aquí estuvo, de cuyo nombre también el pantano se denomina,
entre las sicélidas ninfas celebradísima, Cíane;
la cual, de su abismo en medio hasta la mitad se alzó del vientre,
y reconoció a la diosa, y: “No iréis más lejos”, dice;
“no puedes de la involuntaria Ceres yerno ser: pedida,
no raptada debió ser, y si comparar con las grandes
las pequeñas cosas para mí lícito es, también a mí me eligió Anapis;
implorada, aun así, y no como ésta, aterrada, me puse yo el velo.”
Dijo, y hacia partes opuestas sus brazos tendiendo,
se les opone. No más allá contuvo el Saturnio su ira,
y a sus terribles caballos incitando en lo profundo del abismo,
blandido con su vigoroso brazo el cetro real
ocultó; la herida tierra camino hacia los Tártaros hizo
y los inclinados carros en mitad de la cratera recibió.





“Mas Cíane, por la raptada diosa y las despreciadas leyes
del manantial suyo afligida, una inconsolable herida
en su mente callada lleva y en lágrimas se consume toda
y de las que había sido su gran numen poco antes, en esas
aguas se extenúa: ablandarse sus miembros hubieras visto,
sus huesos poder doblarse, sus uñas deponer su rigidez;
y lo primero de ella toda, cuanto era tenue, se licuece:
sus azules cabellos y sus dedos y sus piernas y pies,
pues breve el tránsito es hacia las heladas ondas
de los reducidos miembros; después de esto los hombros y piel y costado
y los pechos se vuelven, desvanecidos, en tenues riachos;
finalmente en vez de viva sangre por sus viciadas venas
linfa pasa, y resta nada que aprehender puedas.







Mientras tanto asustada en vano su madre a su hija
por todas las tierras, todo busca el profundo:
a ella la Aurora al llegar, con sus húmedos cabellos,
descansando no la vio, no el Héspero; ella para sus dos
manos unos llameantes pinos ha encendido del Etna,
y por las escarchadas tinieblas los lleva incesante;
de nuevo, cuando el nutricio día había embotado las estrellas, a su nacida
desde el ocaso del sol buscaba hasta sus nacimientos.
Agotada de su labor sed había concebido, y su boca ningunos
manantiales habían lavado, cuando cubierta de paja vio
por azar una cabaña y sus pequeñas puertas pulsó; mas entonces
sale una anciana y a la divina ve, y a quien linfa pedía,
algo dulce le dio que había cubierto antes con tostada polenta.
Mientras bebe ella lo dado, un chico de boca dura y atrevido
se detuvo ante la diosa y se rió y ávida la llamó.
Se ofendió ella, y con la todavía no bebida parte, al que hablaba,
con la polenta mezclada con su líquido regó la divina.
Absorbió su cara las manchas y los brazos que ahora poco llevara
los lleva de piernas, una cola se añadió a sus mutados miembros
y en una breve forma, para que no sea su capacidad grande de dañar,
se contrae, y que una pequeña lagartija menor su medida es.
De la asombrada y llorosa y a tocar aquellos prodigios dispuesta
anciana huye, y del escondite gusta, y adecuado a su color
el nombre tiene, constelado su cuerpo de variegadas gotas.
A través de qué tierras la diosa, y qué ondas errara,
de decir larga la demora es: en su búsqueda le faltó orbe.
A Sicania vuelve, y mientras todo lustra en su caminar
llegó también hasta Cíane. Ella, de no mutada haber sido,
todo se lo habría narrado, pero boca y lengua al querer
decir no ayudaban, ni con que hablara tenía.
Señales, aun así, manifiestas dio, y, conocido para su madre,
en ese lugar en que por azar se le había desprendido, en el abismo sagrado,
de Perséfone el ceñidor encima mostró de las ondas.
El cual una vez reconoció, como si entonces al fin raptada
la hubiera sabido, sus no ornados cabellos se desgarró la divina,
y una y otra vez golpeó con sus palmas sus pechos.
No sabe todavía dónde está; a las tierras, aun así, increpa todas
e ingratas las llama y no del regalo de sus frutos dignas,
a Trinacria ante las otras, en la que las huellas de su pérdida
ha hallado. Así pues allí con salvaje mano los arados que vuelven
los terrones quebró, y a una semejante muerte, llena de ira,
a los colonos y a los agrícolas bueyes entregó, y a los campos ordenó
que defraudaran su depósito y fallidas las simientes hizo.
La fertilidad de esta tierra, divulgada por el ancho orbe,
falsa yace: mueren los sembrados en sus primeras hierbas
y ya el sol excesivo, excesiva ya la lluvia los arrebata,
y las estrellas y vientos las dañan y ávidas aves
las simientes arrasadas recogen; la cizaña y los tríbulos fatigan
las cosechas de trigo, y la inexpugnable grama.
Entonces su cabeza la Alfeia sacó de las eleas ondas
y su rorante pelo de su frente apartó a sus orejas,
y dice: “Oh de la virgen buscada por todo el orbe
y de los granos genetriz, tus inmensos trabajos detén,
y no tengas ira, violenta, contra una tierra a ti fiel.
La tierra nada ha merecido y se abrió involuntaria a esa rapiña.
Y no soy por mi patria suplicante: aquí como huéspeda he venido.
Pisa mi patria es y de la Élide traemos los orígenes,
la Sicania como extranjera honro, pero más grata que cualquier
suelo esta para mí tierra es: estos penates ahora, Aretusa,
esta sede tengo; la cual tú, suavísima, salva.
Mudado de lugar por qué me he, y por las ondas de tanta superficie
sea transportada a Ortigia, llegará para esas narraciones mías
una hora tempestiva, cuando tú de tu inquietud aliviado te hayas
y semblante mejor tengas. A mí la transitable tierra
me ofrece camino, y por debajo de profundas cavernas arrastrada,
aquí la cabeza saco y unas desacostumbradas estrellas diviso.
Así es que, mientras por el estigio abismo bajo las tierras me deslizo,
vista fue con los ojos nuestros allí tu Prosérpina:
ella ciertamente triste, y no todavía sin terror su rostro,
pero reina, aun así, pero la más grande del opaco mundo,
pero aun así la poderosa matrona del tirano infernal.”
La madre a las oídas voces quedó suspendida y cual de piedra
y como atónita largo tiempo pareció, y, cuando por el dolor
grave su grave ausencia sacudida fue, con sus carros sale
hacia las auras etéreas. Allí, nublado todo su rostro,
ante Júpiter con los cabellos sueltos se detuvo enojada,
y: “Por mi sangre he venido suplicante a ti, Júpiter”, dice,
“y por la tuya: si ninguna es la estima de una madre,
su nacida a un padre mueva, y no sea tu inquietud, suplicamos,
más vil por ella porque de nuestro parto fue dada a luz.
He aquí que buscada largo tiempo al fin yo a mi nacida he encontrado,
si encontrar llamas a perder más ciertamente, o si
a saber dónde está encontrar llamas. Que raptada fue, lo llevaremos,
en tanto la devuelva a ella, puesto que no de un saqueador marido
la hija digna tuya es, si ya mi hija no es.”
Júpiter tomó la palabra: “Común es prenda y carga
esta hija para mí contigo; pero si sólo sus nombres verdaderos
a las cosas de dar gustamos, no este hecho una injuria,
pero es amor; y no será para nosotros el yerno ese una vergüenza,
si tú sólo, divina, quisieras. Aunque faltara lo demás, cuánto es
ser de Júpiter el hermano. Qué decir de que no lo demás falta
y no cede sino en su suerte a mí. Pero si tan grande tu deseo
de su separación es, volverá a subir Prosérpina al cielo,
con una ley, aun así, cierta: si ningunos alimentos ha tocado allí
con su boca, pues así de las Parcas en el pacto precavido se ha.”
Había dicho, mas para Ceres lo cierto es sacar a su nacida.
No así los hados lo permiten, porque de sus ayunos la virgen
se había liberado y mientras ingenua vaga entre los cultivados huertos,
carmesí una fruta arrancó de un árbol curvado de ellos,
y cogiendo siete granos de su pálida corteza
los apretó en su boca; y solo de todos aquello
Ascálafo vio, a quien un día se dice que Orfne,
540entre las Avernales ninfas no la más desconocida,
del Aqueronte suyo parió en sus espesuras negras;
lo vio y, con su delación, del regreso, cruel, la privó.
Gimió hondo la reina del Erebo, y al testigo una profana
ave hizo, y asperjada su cabeza con linfa del Flegetonte
en pico y plumas y grandes ojos la convirtió.
Él, de sí privado, de fulvas alas se viste
y en cabeza crece y se encorva a largas uñas,
y apenas mueve esas plumas nacidas por sus inertes brazos
y un feo pájaro se vuelve, nuncio del venidero luto,
el indolente búho, siniestro presagio para los mortales.
“Éste, aun así, por su delación un castigo, y por su lengua, parecer
que mereció puede: a vosotras, Aqueloides, ¿de dónde que
pluma y pies de aves, cuando de virgen cara lleváis?
¿Acaso porque cuando recogía Prosérpina primaverales flores,
de sus acompañantes en el número, doctas Sirenas, estabais?
A la cual, después que en vano la buscasteis en todo el orbe,
a continuación, para que sintieran las superficies vuestra inquietud,
poder sobre los oleajes con los remos de vuestras alas sentaros
deseasteis, y propicios dioses tuvisteis, y las extremidades
visteis vuestras dorarse con súbitas plumas.
Aun así, para que aquel cantar, para serenar oídos nacido,
y tan grande dote de vuestra boca no perdiera del todo su uso de la lengua,
los virgíneos rostros y la voz humana permaneció.
Mas, en medio del hermano suyo y de su afligida hermana,
Júpiter por igual divide el rodar del año:
ahora la diosa, numen común de los dos reinos,
con su madre está los mismos, los mismos meses con su esposo;
se torna al instante la faz, tanto de su mente como de su cara,
pues la que hace poco podía a un Dis incluso afligida parecer,
alegre de la diosa la frente es, como un sol que cubierto de acuosas
nubes antes estuvo, de esas vencidas nubes sale.



Aretusa

Demanda la nutricia Ceres, tranquila por su nacida recuperada,
cuál la causa de tu huida, por qué seas, Aretusa, un sagrado manantial.
Callaron las ondas, de cuyo alto manantial la diosa levantó
su cabeza y sus verdes cabellos con la mano secando
del caudal Eleo narró los viejos amores.
“Parte yo de las ninfas que hay en la Acaide”, dijo,
“una fui: y no que yo con más celo otra los sotos
repasaba ni ponía con más celo otra las mallas.
Pero aunque de mi hermosura nunca yo fama busqué,
aunque fuerte era, de hermosa nombre tenía,
y no mi faz a mí, demasiado alabada, me agradaba,
y de la que otras gozar suelen, yo, rústica, de la dote
de mi cuerpo me sonrojaba y un delito el gustar consideraba.
Cansada regresaba, recuerdo, de la estinfálide espesura.
Hacía calor y la fatiga duplicaba el gran calor.
Encuentro sin un remolino unas aguas, sin un murmullo pasando,
perspicuas hasta su suelo, a través de las que computable, a lo hondo,
cada guijarro era: cuales tú apenas que pasaban creerías.
Canos sauces daban, y nutrido el álamo por su onda,
espontáneamente nacidas sombras a sus riberas inclinadas.
Me acerqué y primero del pie las plantas mojé,
hasta la corva luego, y no con ello contenta, me desciño
y mis suaves vestiduras impongo a un sauce curvo
y desnuda me sumerjo en las aguas. Las cuales, mientras las hiero y traigo,
de mil modos deslizándome y mis extendidos brazos lanzo,
no sé qué murmullo sentí en mitad del abismo
y aterrada me puse de pie en la más cercana margen del manantial.
“¿A dónde te apresuras, Aretusa?”, el Alfeo desde sus ondas,
“¿A dónde te apresuras?”, de nuevo con su ronca boca me había dicho.
Tal como estaba huyo sin mis vestidos: la otra ribera
los vestidos míos tenía. Tanto más me acosa y arde,
y porque desnuda estaba le parecí más dispuesta para él.
Así yo corría, así a mí el fiero aquel me apremiaba
como huir al azor, su pluma temblorosa, las palomas,
como suele el azor urgir a las trémulas palomas.
Hasta cerca de Orcómeno y de Psófide y del Cilene
y los menalios senos y el helado Erimanto y la Élide
correr aguanté, y no que yo más veloz él.
Pero tolerar más tiempo las carreras yo, en fuerzas desigual,
no podía; capaz de soportar era él un largo esfuerzo.
Aun así, también por llanos, por montes cubiertos de árbol,
por rocas incluso y peñas, y por donde camino alguno había, corrí.
El sol estaba a la espalda. Vi preceder, larga,
ante mis pies su sombra si no es que mi temor aquello veía,
pero con seguridad el sonido de sus pies me aterraba y el ingente
anhélito de su boca soplaba mis cintas del pelo.
Fatigada por el esfuerzo de la huida: “Ayúdame: préndese”, digo,
“a la armera, Diana, tuya, a la que muchas veces diste
a llevar tus arcos y metidas en tu aljaba las flechas.”
Conmovida la diosa fue, y de entre las espesas nubes cogiendo una,
de mí encima la echó: lustra a la que por tal calina estaba cubierta
el caudal y en su ignorancia alrededor de la hueca nube busca,
dos veces el lugar en donde la diosa me había tapado sin él saberlo rodea
y dos veces: “Io Aretusa, io Aretusa.”, me llamó.
¿Cuánto ánimo entonces el mío, triste de mí, fue? ¿No el que una cordera puede tener
que a los lobos oye alrededor de los establos altos bramando,
o el de la liebre que en la zarza escondida las hostiles bocas
divisa de los perros y no se atreve a dar a su cuerpo ningún movimiento?
No, aun así, se marchó, y puesto que huellas no divisa
más lejos ningunas de pie, vigila la nube y su lugar.
Se apodera de los asediados miembros míos un sudor frío
y azules caen gotas de todo mi cuerpo,
y por donde quiera que el pie movía mana un lago, y de mis cabellos
rocío cae y más rápido que ahora los hechos a ti recuento
en licores me muto. Pero entonces reconoce sus amadas
aguas el caudal, y depuesto el rostro que había tomado de hombre
se torna en sus propias ondas para unirse a mí.
La Delia quebró la tierra, y en ciegas cavernas yo sumergida,
soy transportada a Ortigia, la cual a mí, por el cognomen de la divina
mía grata, hacia las superiores auras la primera me sacó.”



Triptólemo

Hasta aquí Aretusa; dos gemelas sierpes la diosa fértil
a sus carros acercó y con los frenos sujetó sus bocas,
y por medio del cielo y de la tierra, por los aires se hizo llevar,
y su ligero carro hacia la ciudad tritónida envió
y a Triptólemo en parte a la ruda tierra unas semillas por ella dadas
le ordenó esparcir, en parte en la tierra tras tiempos largos de nuevo cultivada.
Ya sobre Europa sublime el joven y de Asia
la tierra se había hecho llevar: a las escíticas costas regresa.
El rey allí Linco era; del rey alcanza él los penates.
De dónde venía y la causa de su camino y su nombre preguntado,
y su patria: “Patria es para mí la clara”, dijo, “Atenas,
Triptólemo mi nombre; he venido, ni en una popa a través de las ondas,
ni a pie por las tierras: se abrió para mí, transitable, el éter.
Dones llevo de Ceres que esparcidos por los anchos campos
fructíferos sembrados y alimentos suaves devuelvan.”
El bárbaro se enojó, y para que el autor de tan gran regalo
él mismo pudiera ser, en hospitalidad lo recibió y del sueño presa
lo atacó a hierro: cuando intentaba atravesarle el pecho
un lince Ceres lo hizo, y de nuevo por los aires ordenó
al mopsopio joven que condujera su sagrada yunta.”



Las Piérides (II)

Había finalizado sus doctos cantos de nosotras la mayor;
mas las ninfas, que habían vencido las diosas que el Helicón honran
con concorde voz dijeron: como insultos las vencidas
lanzaran: “Puesto que”, dijo, “por el certamen a vosotras
una humillación haber merecido poco es, y maldiciones a vuestra culpa
añadís, y no es la paciencia libre para nosotras,
pasaremos a los castigos y adonde la ira nos llama iremos.”
Ríen las Emátides y desprecian las amenazadoras palabras,
y al intentar a nuestros ojos con gran clamor tender
sus contumaces manos, plumas salir por las uñas
contemplaron suyas, cubrirse sus brazos de plumón,
y la una con un rígido pico endurecerse la cara
de la otra ve, y unos pájaros nuevos acceder a las espesuras
y mientras quieren darse golpes de pecho, por sus movidos brazos suspendidas
en el aire quedaron, de los bosques insultos, la picazas.
Ahora también en estos alados su locuacidad primitiva ha permanecido
y su ronca garrulidad y el afán desmedido de hablar.





Publio Ovidio Nason
Metamorfosis

jueves, agosto 27, 2015

Leyenda Selknam - Temauquel



TEMAUQUEL


Yo os quiero hablar de nuestro mundo, de nuestras cosas, y os ruego que tengáis un poco de paciencia, pues comenzaré con lo más lejano y remoto. No os quiero ocultar nada: habéis de saber cómo se originaron y formaron todas las cosas y lo que representa cuanto nos rodea. Tened, pues, un poco de paciencia.
En aquellos tiempos lejanísimos, en el principio de los principios, existía sólo ÉL, Temáuquel.
Nadie sabe de dónde proviene, pues siempre fue y será. Sabemos, sin embargo, que El hizo el mundo.
Pero fue un mundo distinto del que vemos hoy día. Había una tierra plana, sin montañas, ni selvas, ni ríos, ni guanacos, ni aves, ni coruros. Sobre esa tierra plana se levantaba un cielo bajo, sin sol, ni luna, ni astros. No había, por lo tanto luz en el día, pero las noches tampoco eran tan profundas e impenetrables como se nos presentan ahora, cuando las tormentas azotan nuestra tierra, pues no había vientos, ni nubes, ni nevazones. Una semioscuridad envolvía todo el mundo.
Y tampoco había en él hombres, y por lo tanto le faltaba la alegría de la sonrisa humana y el llanto de su dolor. Era un mundo sin sentimiento, el principio de nuestro mundo actual, nada más.
Lo único que existía era, pues, Temáuquel, y esa tierra, y ese cielo incoloros: planas como una pampa sin límites, aquélla; inerme y sumido en penumbra, éste.
Eso es cuanto sabemos de los tiempos más remotos; ese era el principio de los principios, el comienzo de nuestro mundo.
Me preguntaréis, ahora, qué era Temáuquel. ¿Era un hombre como nosotros? ¿Cazaba, comía, dormía, tenía hijos como nosotros? Todo eso os lo voy a explicar con todo cuidado y detalle. Escuchadme.
Hablamos muy poco de ÉL, y cuando lo hacemos; sentimos dentro de nosotros mucha seriedad y recogimiento. Por eso os hablaré de ÉL en voz baja. Acercaos un poco.
Os lo diré, desde luego: Temáuquel es caspi, y nada más que caspi.
Pues bien, me preguntaréis qué es caspi.
¿Habéis visto alguna vez el reflejo de vuestro rostro, en uno de esos días de sol claro y brillante de nuestra hermosa primavera, en el espejo de una fuente cristalina? Recuerdo perfectamente cuando observé, por primera vez, mi propio rostro en esa forma. Era joven, un niño de pocos años. Me precipité sobre el agua y quise prender la imagen, pues me parecía digna de hacerla mía (ni sospechaba siquiera que era mi propio rostro). Pero al tocar el agua y agitar su frágil superficie, se desfiguró la imagen, y luego desapareció. Después se me ocurrió que había sido mi propia figura. ¿Pero era realmente yo?
No podía ser. Toqué mi rostro, y se encontraba distante del agua. Además, era de carne y hueso, y lo podía sentir, produciéndome la sensación de algo sólido y cálido. Esa imagen en el agua, en cambio, no la podía tocar. Era como una sombra, aunque colorida, eso sí que impalpable. ¿Qué era, entonces? Digo que era mi caspi.
¿O no habéis Visto alguna vez la imagen de un fallecido? En los tristes años de vejez que llevo, muchas veces se me acerca el rostro querido de mi mujer difunta. Es como si hablara conmigo, especialmente en las largas noches de invierno, cuando brama-la tormenta, y la lluvia inunda nuestra tierra. ¿Pero es ella? No, pues falleció hace muchos años, y yo mismo la sepulté, y vi que sus carnes se podrían y hacían tierra. Pero ella vive todavía de cierta manera, pero no es su cuerpo lo vivo, sino su caspi, su man.
Así también es Temáuquel: caspi y nada más que caspi.
Por eso tampoco bebe, ni, come, ni duerme como nosotros. No necesita de todo eso, pues el caspi no requiere de nuestros alimentos ni bebida, ni se cansa. Sencillamente, porque no tiene cuerpo.
Pero Temáuquel no es tampoco un caspi humano. Nuestro caspi es una imagen de nosotros, pero nadie jamás ha podido afirmar haber Visto una imagen de Temáuquel, porque El nunca tuvo cuerpo. Su caspi no es, por lo tanto, humano, ni comparte los sentimientos que animan a los hombres.
No obstante, Temáuquel es también caspi, aunque distinto del nuestro. Desde luego, tiene poder, un poder inmenso, sobrehumano, tan grande que fue capaz de hacer esta tierra y ese cielo, tal como existían en los tiempos remotísimos de que os he hablado. Y sigue teniendo ese poder, pues es el Amo de los Hombres, y todos nosotros estamos sometidos a ÉL.
Por eso lo tememos, aunque lo tenemos en la mayor estimación y aprecio. Si no cumplimos lealmente los mandamientos que nos impuso Quenós, por orden de ÉL, nos envía las enfermedades y la muerte, castigando así nuestra desobediencia. ¡Tan grande es su poder!
Por eso también las mujeres, cuando la familia se cobija en torno del hogar, protegiéndose debajo de la gran carpa de pieles contra los vendavales y las corrientes de agua que se precipitan del cielo , por eso, digo, las mujeres arrojan un tizón a la fría noche, murmurando entre dientes: "Esto es para TI ALLA ARRIBA".
Me preguntaréis, tal vez, si Temáuquel, junto con castigar a los malos y desobedientes, no recompensa a los buenos y obedientes. Pero ¿qué motivos tendría para hacerlo? ¿No es el hombre bueno por naturaleza? ¿Tiene, entonces, derecho a recompensa por serlo, cuando su naturaleza es buena? No, Temáuquel no se preocupa de los buenos, pues ellos se limitan a cumplir con sus deberes, protegiendo a sus mujeres, sus hijos y sus congéneres, como veréis más tarde. Sólo le corresponde castigar a los malos, y eso lo hace en esta vida.
Ahora me consultaréis dónde reside Temáuquel, y os lo diré. Vive más allá de las estrellas. Mas no sé de su residencia. Sólo os puedo agregar que el país en que vive se llama cielo y que ese cielo está mucho más lejano que el sol, la luna y las estrellas. Desde allá gobierna, en realidad, el mundo.
Pero no debéis creer que se preocupe de todos los asuntos y quehaceres de aquí abajo. No tiene por qué hacerlo, pues —como ya os relaté— se limitó a crear este mundo y ese cielo visibles para nuestros ojos. Todo lo que ocurrió a continuación, de lo que luego os hablaré, no lo hizo él, sino Quenós, los hóhuen y los hombres que vinieron después, a quienes corresponde la responsabilidad por ello, y no a Temáuquel. EL QUE VIVE EN EL CIELO sólo se preocupa, desde entonces, de velar porque los malos reciban su castigo.
El poder de Temáuquel es tan grande, que es capaz de separar nuestro cuerpo de nuestro caspi y de llamar al caspi a residir con él ALLA ARRIBA. Esto ocurre con motivo de lo que los hombres llamamos la muerte, la que no conocían los hóhuen, pues ellos eran inmortales, como luego veréis. Eran tan inmortales como Temáuquel.
EL QUE VIVE EN EL CIELO no ha bajado jamás a este mundo, ni tiene por qué hacerlo, pues ve todo desde su residencia celestial. Ninguno de nosotros es capaz de encontrar un escondite suficientemente profundo para sustraerse a su mirada, ni en lo más oscuro de nuestras selvas, ni en la más negra de las cuevas de nuestras montañas. Temáuquel es capaz de descubrirnos en todas partes. Mira a través de nuestro cuerpo y ve nuestros pensamientos. Ni siquiera el espesor de nuestros ventisqueros es capaz de impedir que pase por ellos su mirada.
AQUEL ALLA ARRIBA es el más solitario de todos los solitarios. Antes que creara esta tierra plana y ese cielo sin astros, había sólo ÉL; y con todo lo que Quenós, los hóhuen y los que vinieron después de ellos han agregado a este mundo, El sigue siendo el Amo y Señor de todo ella, y continúa siendo tan solitario como lo fue en el principio de los principios. No tiene mujer, ni hijos, ni parientes. Ni siquiera Quenós, quien fue enviado por El a este mundo, para darle forma y crear hombres, no es hijo de ÉL, ni pariente, ni amigo. Vive muy distante de nosotros, y nadie se le puede acercar. Jamás se cansa. No conoce el sueño. Es eterno, nadie lo formó, y cuando termine todo lo que hay en este mundo, cuando ya no salga ningún sélknam a cazar guanacos, ni viva sélknam alguno en esta tierra, El siempre existirá, y no tendrá fin, como jamás tuvo principio.




Texto de Carlos Keller, en una reelaboración del material de Gusinde.
Antologia de la Poesia Religiosa Chilena



jueves, julio 30, 2015

Soneto XVIII - William Shakespeare








Sonnet XVIII

Shall I compare thee to a summer's day?
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date:
Sometime too hot the eye of heaven shines,
And often is his gold complexion dimmed,
And every fair from fair sometime declines,
By chance, or nature's changing course untrimmed:
But thy eternal summer shall not fade,
Nor lose possession of that fair thou ow'st,
Nor shall death brag thou wander'st in his shade,
When in eternal lines to time thou grow'st,
So long as men can breathe, or eyes can see,
So long lives this, and this gives life to thee.







Soneto 18

¿Te comparo a un día de verano?
Vos sos más temperado y placentero.
El viento bate el capullito enano
y el verano se pasa muy ligero.
A veces quema el sol con su destello,
otras, sus rayos tórridos se opacan
lo bello cede a veces de lo bello
suerte o naturaleza los atacan.
Pero el verano tuyo no se amengua
ni perderás tampoco lo que es tuyo
ni la Muerte usará su engreída lengua
si con versos eternos te construyo.

Mientras los hombres respiren y ojos lean
vas a vivir en esos que me lean.






William Shakespeare, 1564-1616
Traducción de Miguel Angel Montezanti



viernes, julio 03, 2015

Odas de Publicación Póstuma - (1935-1994) Fernando Pessoa



5


El dios Pan no ha muerto
Cada campo que muestra
a las sonrisas de Apolo
los pechos desnudos de Ceres
--- pronto o tarde veréis
por allí aparecer
al dios Pan, el inmortal.

No ha matado a otros dioses
el triste dios cristiano.
Cristo es un dios más,
quizá uno que faltaba.

Pan continúa dando
los sones de su flauta
a los oídos de Ceres
recostada en los campos.

Los dioses son los mismos
siempre claros y calmos,
llenos de eternidad
y de desprecio por nosotros,
trayendo el día y la noche
y las cosechas doradas,
no para darnos
el día y la noche y el trigo
sino por otro y divino
propósito casual.



Fernando Pessoa
Odas de Publicación Póstuma - (1935-1994)