Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

jueves, diciembre 19, 2013

"La Dama del Pie de Cabra" Trova Segunda - Alexandre Herculano



La  Dama del Pie de Cabra"
Trova Segunda

I
Era un día al anochecer: Don Iñigo estaba en la mesa; pero no podía cenar, que grandes desmayos le oprimían el corazón. Un paje muy querido y privado, que en pie, delante de él, esperaba sus órdenes, dijo entonces á don Iñigo:
—Señor, ¿por qué no coméis?
—¿ Qué he de comer, Briarte, si mi señor don Diego está cautivo de moros, según dicen estas cartas que ahora de él han venido?
—Mas su rescate no es para vos difícil: diez mil peones y mil caballeros tenéis en la mesnada de Vizcaya; vamos á correr tierras de moros: serán los cautivos rescate de vues­tro padre.
—El perro rey de León hizo paz con los cadís de To­ledo, y ellos son los que tienen apresado á mi padre. Los alcaides y autoridades del rey traidor y vil no dejarán pa­sar á la buena hueste de Vizcaya.
—¿ Queréis, señor, un consejo que no os costará una mo­neda?
—Dile, dile, Briarte.
—¿ Por qué no vais á la sierra á buscar á vuestra madre ? Según oigo contar á los viejos, es hada.
—¿Qué dices tú, Briarte? ¿Sabes quién es mi madre y qué clase de hada es ?
—Grandes historias he oído de lo que pasó cierta no­che en este castillo: érais vos pequeño y yo aun no había nacido. La verdad de esas historias sólo Dios la sabe.'
—Pues yo te la diré ahora; acércate acá, Briarte.
El paje miró en torno suyo, casi sin querer, y acercóse á su amo, era la obediencia, y además cierto poco de mie­do lo que le hacía acercar.
—¿Ves tú, Briarte, aquella ventana tapiada? Por allí fué por donde mi madre huyó. ¿Cómo y por qué? Apuesto á que ya te lo han contado.
—Sí, señor. Llevó consigo á vuestra hermana...
—Responde sólo á lo que te pregunte. Ya sé eso. Ahora cállate.
El paje bajó los ojos al suelo de vergüenza, que era hu­milde y de buena raza.

II

Y el caballero comenzó su narración:
—Desde aquel día maldito, mi padre tornóse meditabun­do; cavilaba y se desvivía preguntando á todos los monteros viejos si por ventura recordaban haber en su tiempo encontrado en los bosques brujerías ó hechizos. Aquí fué el no acabar de historias de brujas y de almas en pena.
Hacía muchos años que mi señor padre no se confesa­ba : algunos hacía también que testaba viudo, sin haber en­viudado.
Cierto domingo por la mañana amaneció alegre el día como si fuera de Pascua, y mi señor don Diego se levantó sañudo y triste como de costumbre.
Las campanas del monasterio, allá abajo en el valle, re­picaban alegremente, que parecía se abría el cielo. Púsose á escucharlas y sintió una tristeza que le hizo llorar.
—Iré á testar conel abad—se dijo á sí mismo,—quiero confesarme; ¿ quién sabe si esta tristeza es también obra de Satanás ?
El abad era viejecito, santo, santo, como no había otro.
A él se confesó mi padre. Después de decir mea culpa, contóle punto por punto la historia de sus amores.
—¡ Ay, hijo!—exclamó el padre;—hiciste matrimonio con un alma en pena.
—Alma en pena no sé—añadió don Diego;—pero era cosa del diablo.
—Era alma en pena, yo te lo digo, hijo—replicó el abad. —Sé la historia de es„ mujer de las sierras. Está escrita hace más de cien años en la última hoja de un santoral godo de nuestro monasterio. Las melancolías que te atormentan el corazón no me extrañan, porque las angustias y melanco­lías suelen acometer á los pobres excomulgados.
—¿Entonces, estoy yo excomulgado?
—De pies á cabeza, por dentro y por fuera, que no hay más qué decir.
mi padre, la primera vez en su vida, lloraba y le corría las barbas abajo.
      El bueno del abad animole como a un niño, le consolo como a un desgraciado. Despues pusose a contra la historia de la Dama de las Peñas, que es mi madre.... ¡Dios me salve!
      Y pusole por penitencia ir a combatir esos perros sarracenos por tantos años cuantos viviera en pecado, matando tantos de ellos cuantos  dias hubiesen pasado en dichos años. En la cuenta no entraban la seis semanas de la pasión de Cristo, en las que sería irreverencia tratar con la vil raza de los agarenos.
La historia de la hermosa dama de las sierras, palabra por palabra como estaba en la hoja blanca del santoral, de­cía así, según recordó el abad.


III


En el tiempo de los reyes godos, buen tiempo era aquél, había en Vizcaya un conde, señor de un castillo situado en montañas fragosas, cercado por los barrancos y cañadas de extenso encinar. En el encinar había todo género de caza, y Argimiro el Negro (así se llamaba el ricohome) gustaba, como todos los nobles barones de España, de tres cosas bue­nas : de la guerra, del vino y de las damas; pero aun más que de todo eso gustaba de cazar.
Tenía dama hermosa que era bella y condesa; vino, no había mejor bodega que la suya; caza, era cosa que en la selva no faltaba.
Su padre, que había sido cazador, cuando estaba para morir le llamó y le dijo:
-—Júrame una cosa que no te costará nada.
Argimiro juró que haría lo que su padre y señor le or­denase.
—Es que nunca mates fiera en cama y con cría, sea oso ó jabalí, ó venado. Si así lo hicieres, Argimiro, nunca en tus selvas y dehesas faltará en qué ejercites el más noble oficio de un hidalgo. Además de eso, si tú supieras lo que un día me aconteció... Escúchame, que es un horrible caso.
El viejo no pudo acabar, porque la muerte le clavó en aquel momento sus garras. Murmuró algunas palabras inin­teligibles, volvió los ojos y falleciós ¡Dios sea con su alma!
Pasaron después años: cierto día llegó al castillo del joven conde un mensajero del rey Wamba. Llamábale el rey á Toledo para que le ayudase con su mesnada contra el rebelde Paulo. Los otros nobles de las cercanías eran llama­dos como él.
Antes de partir juntáronse todos en el castillo de Argi­miro para hacer una gran cacería con más de cien alanos, sabuesos y lebreles, cincuenta monteros, é innumerables mo­zos de ballesta. Era una vistosa cacería.
Salieron con el alba; corrieron valles y montes; batieron bosques y breñas. Era ya mediodía y aun no habían levantado, jabalí, oso, cebra ó venado. Blasfemaban de rabia los caballeros, quejábanse y se mesaban las barbas.
Argimiro, que por larga experiencia conocía los sitios más profundos de la espesura, sintió en sus adentros una tentación del diablo.
—Mis huéspedes—decía—no se irán sin beber algunos canjilones de vino sobre una ó dos piezas de caza. Lo juro por el alma de mi padre.
Y, seguido de algunos monteros, con sus traillas de pe­rros, apartóse de la compañía y comenzó á andar, á andar, hasta que se lanzó por un valle abajo.
El valle era obscuro y triste; corría por medio un ria­chuelo triste y sombrío. Las orillas eran pedregosas y daban muchas vueltas.
Argimiró llegó á la primera vuelta del río: se detuvo, pú­sose á mirar en torno y halló lo que buscaba. Abríase una caverna en la margen fragosa que bajaba hacia la estrecha senda por donde el caballero caminaba. Argimiro entró en la boca de la cueva, y á una señal entraron tras de él mon­teros, ballesteros, alanos, sabuesos y lebreles, haciendo gran alboroto.               
Era la guarida de un onagro: la bestia dió un gemido, y dejando sus crías, extendióse en el suelo y bajó la cabeza como si suplicara.
—¡A ella! — gritó Argimiro; mas gritó volviendo la cara.
La trailla saltó sobre el pobre animal, que lanzó otro ge­mido y cayó todo ensangrentado.
Una voz sonó entonces en los oídos del conde, que de­cía :
—Huérfanos quedarán los cachorros del onagro; pero por el onagro tú quedarás deshonrado.
—¿Ouién se atreve aquí á decir agüeros?—gritó el rico- home, mirando á sus monteros.
Todos guardaron silencio, mas todos estaban pálidos.
Argimiro meditó un momento; después, saliendo de la cueva, murmuró:
—¡Vaya con mil Satanases!
Y entre los alegres toques de bocina y los ladridos de la trailla, hizo conducir al castillo la presa que habían he­cho.
      Y, tomando á su gerifalte en el puño, ordenó á los mon­teros fuesen á decir á los nobles cazadores que dentro de dos horas volviesen, porque hallarían en su palacio comida bien aparejada.
Después, seguido de los halconeros, encaminóse á la mansión señorial lanzando los halcones, y juntando caza de volatería, que en aquellos montes era muy abundante.


IV

Doblaba la campana de la torre del homenaje en el cas­tillo del conde Argimiro: doblaba por la bella condesa que su noble marido había matado.
Andas cubiertas de luto la llevaban á enterrrar al monas­terio vecino; los frailes van tras de las andas cantando las oraciones de los difuntos; después de los frailes va el rico- home, vestido de grosera estameña, ceñido con una cuerda, y rasgándose por entre las zarzas y piedras los pies que lle­vaba descalzos.
¿Por qué mató á su mujer, y por qué iba descalzo?
He aquí lo que sobre el particular refiere la leyenda es­crita sobre la hoja blanca del santoral.



V

    Dos años duraron las guerras del rey Wamba: guerras fueron dignas de contar.
Y  allá estuvo el ricohome con sus vasallos, criados y hom­bres de armas. Hizo ruidosas hazañas caballerescas; pero volvió cubierto de cicatrices, dejando en los campos de ba­talla gastada y consumida su valiente mesnada.
Y  caminando de Toledo hacia Vizcaya, seguíale apenas un viejo escudero. Viejo y lleno de canas y arrugas también él estaba, no de años, sino de penas y trabajos.
    Caminaba con triste y sombrío semblante, porque de su castillo le habían venido noticias de entristecer y enojar.
    Y cabalgando noche y día por montes y llanuras, por bosques y jarales, pensaba cómo descubriria si eran falsas ó verdaderas aquellas noticias de mal pecado.

VI

    En casa del conde Argimiro, un año despues de su partida áun todo daba muestras de la melancolía y pesar de la condesa : las salas estaban forradas de negro; negros eran sus trajes: en los patios interiores del palacio crecía la hierba de manera que se podia segar: las rejas y las celosías de las ventanas no se habian vuelto á abrir : las canciones de los siervos y siervas, los ecos de salterios y arpas habian dejado de sonar.
     Mas al cabo de segundo año todo aparecía mudado: las colgaduras eran de plata y colores; blancos y encarnados los trajes de la bella condesa; por las ventanas del palacio traspasaba el ruido de la música y de los saraos, y la casa de Argimiro estaba por dentro y por fuera adornada.
   Un antiguo colono del noble conde fué quien de estas mudanzas le avisara. Dolíanle tantas fiestas y placeres; do­líale la honra de su señor por lo que él veía y por lo que se murmuraba.
He aquí cómo sucedió el caso:

VII


    Lejos del condado del ilustre barón Argimiro el Negro, hacia el lado de Galicia, vivía un hombre gardingo, como quien dice infanzón, joven y gallardo, llamado Astrigildo ó Alvo.
    Contaba veinticinco años: los sueños de sus noches eran hermosas damas; eran amores y deleites; mas, al romper el alba, todos se deshacían, porque al salir al campo no veía sino pastoras curtidas del sol y las nieves, y siervas grose­ras de su casa.
    De éstas estaba cansado. A más de cinco había seduci­do con palabras; á más de diez comprado con oro; á más de otras diez, como noble y señor que era, brutalmente vio­lado.
    A los veinticinco años, ya en el libro de la justicia divi­na se le habían escrito más de veinticinco grandes maldades.
    Una noche soñó Astrigildo que corría selvas y valles con la rapidez del viento, montado en un onagro silvestre, y que después de correr mucho, llegaba muy de noche á una casa donde pedía hospedaje.
    Y que hermosa dama le recibía, y que en pocos ins­tantes uno de otro se día por debajo: un onagro del bosque estaba allí acostado como si fuese un manso jumento; era enteramente semejan­te á aquél con quien había soñado.
Sueños de tres noches, de fijo no mienten; Astrigildo bajó al valle á prisa: sin mover pie ni mano, el onagro de­jóse enfrenar y ensillar; y á Dios y á la ventura, el caba­llero cabalgó en él y se lanzó por la cuesta abajo.
Cumplíase todo punto por punto: el onagro no corría, volaba.
Mas el cielo comenzó á entoldarse al anochecer; la obs­curidad creció y rompió en viento, truenos, lluvia y rayos. El mancebo perdía de vista los montes, y el onagro doblaba la carrera y bufaba violentamente. Paróse, en fin, á desho­ra. Sin saber cómo, Astrigildo hallóse junto á las barreras de un solar almenado.
Tocó su bocina, que dió un son prolongado y trémulo, porque temblaba de susto y de frío. Apenas cesó de tocar, el puente levadizo bajó; muchos escuderos salieron á recibir­le entre antorchas, y las salas del palacio se iluminaron.
¡Era que también la condesa había soñado tres noches!
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VIII


La clepsidra apunta la hora de sexta nocturna, y aun dura el sarao en el castillo del señor de Vizcaya, porque la noble condesa y el gentil Astrigildo asisten á las danzas y juegos de los libertos y siervos, que para su divertimiento ejecu­tan en la sala de armas. Mas en un aposento bajo del cas­tillo, un hombre está en pie, con un puñal en la mano, mi­rar furibundo y cabello erizado, pareciendo escuchar can­ción lejana.
Otro hombre está delante de él, diciéndole:
—Señor, aun no es tiempo de castigar el pran pecado. Cuando se recojan, aquella luz que veis allí ha de apagar­se, subid entonces y hallaréis expedito el camino secreto á la cámara, que es la misma de vuestras bodas.
Y el que hablaba salió; de allí á poco la luz se apagó, y el hombre de los cabellos erizados y el mirar extraviado su­bió por una estrecha y tenebrosa escalera.
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IX
Cuando por la mañana temprano, el conde Argimiro, desde su balcón principal mandaba que llevasen el cuerpo de la condesa á un monasterio de señoras nobles que fun­dara para tener allí su enterramiento él y los de su casa, y decía á los hombres de armas que arrastrasen el cadáver de Astrigildo y lo despeñasen de un gran barranco abajo, vió un onagro montés acostado en un rincón del patio.
—Un onagro así de manso es cosa que nunca vi—dijo él al colono, que estaba en pie.—¿ Cómo veo aquí á este ona­gro?
El colono iba á responder, cuando se oyó una voz; di­ríase que el aire hablaba.
—Fué en él en quien vino Astrigildo: él es quien lo llevará. Por ti quedaron huérfanos los pequeñuelos del ona­gro, mas por vía del onagro quedaste ¡oh, conde! deshon­rado. Fuiste cruel con las pobres bestias: Dios acaba de vengarlas.
—¡Misericordia!—exclamó Argimiro, porque en aquel momento se acordó de la maldita cacería.
En este momento los hombres del conde salían con el cadáver ensangrentado del mancebo: el onagro, apenas le vió, saltó como un león en medio de la turba, que hizo huir, y cogiendo al muerto con los dientes, le arrastró fuera del castillo, y como si tuviese en sí una legión de demonios, fué á precipitarse con él, el barronco abajo.
Por eso el conde, ceñido de cuerda, y descalzo, iba tras los frailes y el túmulo. Quería hacer penitencia en el mo­nasterio, por haber quebrantado el juramento que había he­cho á su padre.
Las almas de la condesa y del gardingo cayeron de gol­pe en el infierno por haber dejado la vida en adulterio, que es pecado mortal.
Desde aquel tiempo las dos míseras almas se han apa­recido á mucha gente en los despoblados de Vizcaya: ella, vestida de blanco y encarnado, sentada en las peñas cantando dulces tonadas, él,retozando por allí cerca en figura de onagro.
    Tal fué la historia que el viejo abad contó á mi padre, y que él me relató á mí ántes de ir á cumplir su penitencia en esa guerra de moros que le fué tan fatal.
    Así concluyó Iñigo Guerra, Briarte, el paje Briarte, sentia erizársele los cabellos. Por largo tiempo quedó inmóvil en frente de su señor: ambos en silencio. El joven rico- home no podía probar bocado.
Sacó por fin de la escarcela la carta de don Diego para volverla á leer. Las miserias y lástimas que el ricohome allí contaba eran tales, que don Iñigo sintió que el llanto le co­rría abundante por las mejillas.
Entonces levantóse de la mesa para irse á acostar. Ni el barón ni el paje pegaron ojo en toda la noche: éste de medroso, aquél de desconsolado.
Y   en los oídos de Iñigo Guerra sonaban de continuo las palabras de Briarte: «¿ Por qué no vais á la sierra á bus­car á vuestra madre? Sólo por encantamiento sería, de se­guro, posible sacar de entre las garras de los moros al noble señor de Vizcaya».

Al fin rompió la alborada.

Continuara

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