Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

jueves, agosto 27, 2015

Leyenda Selknam - Temauquel



TEMAUQUEL


Yo os quiero hablar de nuestro mundo, de nuestras cosas, y os ruego que tengáis un poco de paciencia, pues comenzaré con lo más lejano y remoto. No os quiero ocultar nada: habéis de saber cómo se originaron y formaron todas las cosas y lo que representa cuanto nos rodea. Tened, pues, un poco de paciencia.
En aquellos tiempos lejanísimos, en el principio de los principios, existía sólo ÉL, Temáuquel.
Nadie sabe de dónde proviene, pues siempre fue y será. Sabemos, sin embargo, que El hizo el mundo.
Pero fue un mundo distinto del que vemos hoy día. Había una tierra plana, sin montañas, ni selvas, ni ríos, ni guanacos, ni aves, ni coruros. Sobre esa tierra plana se levantaba un cielo bajo, sin sol, ni luna, ni astros. No había, por lo tanto luz en el día, pero las noches tampoco eran tan profundas e impenetrables como se nos presentan ahora, cuando las tormentas azotan nuestra tierra, pues no había vientos, ni nubes, ni nevazones. Una semioscuridad envolvía todo el mundo.
Y tampoco había en él hombres, y por lo tanto le faltaba la alegría de la sonrisa humana y el llanto de su dolor. Era un mundo sin sentimiento, el principio de nuestro mundo actual, nada más.
Lo único que existía era, pues, Temáuquel, y esa tierra, y ese cielo incoloros: planas como una pampa sin límites, aquélla; inerme y sumido en penumbra, éste.
Eso es cuanto sabemos de los tiempos más remotos; ese era el principio de los principios, el comienzo de nuestro mundo.
Me preguntaréis, ahora, qué era Temáuquel. ¿Era un hombre como nosotros? ¿Cazaba, comía, dormía, tenía hijos como nosotros? Todo eso os lo voy a explicar con todo cuidado y detalle. Escuchadme.
Hablamos muy poco de ÉL, y cuando lo hacemos; sentimos dentro de nosotros mucha seriedad y recogimiento. Por eso os hablaré de ÉL en voz baja. Acercaos un poco.
Os lo diré, desde luego: Temáuquel es caspi, y nada más que caspi.
Pues bien, me preguntaréis qué es caspi.
¿Habéis visto alguna vez el reflejo de vuestro rostro, en uno de esos días de sol claro y brillante de nuestra hermosa primavera, en el espejo de una fuente cristalina? Recuerdo perfectamente cuando observé, por primera vez, mi propio rostro en esa forma. Era joven, un niño de pocos años. Me precipité sobre el agua y quise prender la imagen, pues me parecía digna de hacerla mía (ni sospechaba siquiera que era mi propio rostro). Pero al tocar el agua y agitar su frágil superficie, se desfiguró la imagen, y luego desapareció. Después se me ocurrió que había sido mi propia figura. ¿Pero era realmente yo?
No podía ser. Toqué mi rostro, y se encontraba distante del agua. Además, era de carne y hueso, y lo podía sentir, produciéndome la sensación de algo sólido y cálido. Esa imagen en el agua, en cambio, no la podía tocar. Era como una sombra, aunque colorida, eso sí que impalpable. ¿Qué era, entonces? Digo que era mi caspi.
¿O no habéis Visto alguna vez la imagen de un fallecido? En los tristes años de vejez que llevo, muchas veces se me acerca el rostro querido de mi mujer difunta. Es como si hablara conmigo, especialmente en las largas noches de invierno, cuando brama-la tormenta, y la lluvia inunda nuestra tierra. ¿Pero es ella? No, pues falleció hace muchos años, y yo mismo la sepulté, y vi que sus carnes se podrían y hacían tierra. Pero ella vive todavía de cierta manera, pero no es su cuerpo lo vivo, sino su caspi, su man.
Así también es Temáuquel: caspi y nada más que caspi.
Por eso tampoco bebe, ni, come, ni duerme como nosotros. No necesita de todo eso, pues el caspi no requiere de nuestros alimentos ni bebida, ni se cansa. Sencillamente, porque no tiene cuerpo.
Pero Temáuquel no es tampoco un caspi humano. Nuestro caspi es una imagen de nosotros, pero nadie jamás ha podido afirmar haber Visto una imagen de Temáuquel, porque El nunca tuvo cuerpo. Su caspi no es, por lo tanto, humano, ni comparte los sentimientos que animan a los hombres.
No obstante, Temáuquel es también caspi, aunque distinto del nuestro. Desde luego, tiene poder, un poder inmenso, sobrehumano, tan grande que fue capaz de hacer esta tierra y ese cielo, tal como existían en los tiempos remotísimos de que os he hablado. Y sigue teniendo ese poder, pues es el Amo de los Hombres, y todos nosotros estamos sometidos a ÉL.
Por eso lo tememos, aunque lo tenemos en la mayor estimación y aprecio. Si no cumplimos lealmente los mandamientos que nos impuso Quenós, por orden de ÉL, nos envía las enfermedades y la muerte, castigando así nuestra desobediencia. ¡Tan grande es su poder!
Por eso también las mujeres, cuando la familia se cobija en torno del hogar, protegiéndose debajo de la gran carpa de pieles contra los vendavales y las corrientes de agua que se precipitan del cielo , por eso, digo, las mujeres arrojan un tizón a la fría noche, murmurando entre dientes: "Esto es para TI ALLA ARRIBA".
Me preguntaréis, tal vez, si Temáuquel, junto con castigar a los malos y desobedientes, no recompensa a los buenos y obedientes. Pero ¿qué motivos tendría para hacerlo? ¿No es el hombre bueno por naturaleza? ¿Tiene, entonces, derecho a recompensa por serlo, cuando su naturaleza es buena? No, Temáuquel no se preocupa de los buenos, pues ellos se limitan a cumplir con sus deberes, protegiendo a sus mujeres, sus hijos y sus congéneres, como veréis más tarde. Sólo le corresponde castigar a los malos, y eso lo hace en esta vida.
Ahora me consultaréis dónde reside Temáuquel, y os lo diré. Vive más allá de las estrellas. Mas no sé de su residencia. Sólo os puedo agregar que el país en que vive se llama cielo y que ese cielo está mucho más lejano que el sol, la luna y las estrellas. Desde allá gobierna, en realidad, el mundo.
Pero no debéis creer que se preocupe de todos los asuntos y quehaceres de aquí abajo. No tiene por qué hacerlo, pues —como ya os relaté— se limitó a crear este mundo y ese cielo visibles para nuestros ojos. Todo lo que ocurrió a continuación, de lo que luego os hablaré, no lo hizo él, sino Quenós, los hóhuen y los hombres que vinieron después, a quienes corresponde la responsabilidad por ello, y no a Temáuquel. EL QUE VIVE EN EL CIELO sólo se preocupa, desde entonces, de velar porque los malos reciban su castigo.
El poder de Temáuquel es tan grande, que es capaz de separar nuestro cuerpo de nuestro caspi y de llamar al caspi a residir con él ALLA ARRIBA. Esto ocurre con motivo de lo que los hombres llamamos la muerte, la que no conocían los hóhuen, pues ellos eran inmortales, como luego veréis. Eran tan inmortales como Temáuquel.
EL QUE VIVE EN EL CIELO no ha bajado jamás a este mundo, ni tiene por qué hacerlo, pues ve todo desde su residencia celestial. Ninguno de nosotros es capaz de encontrar un escondite suficientemente profundo para sustraerse a su mirada, ni en lo más oscuro de nuestras selvas, ni en la más negra de las cuevas de nuestras montañas. Temáuquel es capaz de descubrirnos en todas partes. Mira a través de nuestro cuerpo y ve nuestros pensamientos. Ni siquiera el espesor de nuestros ventisqueros es capaz de impedir que pase por ellos su mirada.
AQUEL ALLA ARRIBA es el más solitario de todos los solitarios. Antes que creara esta tierra plana y ese cielo sin astros, había sólo ÉL; y con todo lo que Quenós, los hóhuen y los que vinieron después de ellos han agregado a este mundo, El sigue siendo el Amo y Señor de todo ella, y continúa siendo tan solitario como lo fue en el principio de los principios. No tiene mujer, ni hijos, ni parientes. Ni siquiera Quenós, quien fue enviado por El a este mundo, para darle forma y crear hombres, no es hijo de ÉL, ni pariente, ni amigo. Vive muy distante de nosotros, y nadie se le puede acercar. Jamás se cansa. No conoce el sueño. Es eterno, nadie lo formó, y cuando termine todo lo que hay en este mundo, cuando ya no salga ningún sélknam a cazar guanacos, ni viva sélknam alguno en esta tierra, El siempre existirá, y no tendrá fin, como jamás tuvo principio.




Texto de Carlos Keller, en una reelaboración del material de Gusinde.
Antologia de la Poesia Religiosa Chilena



jueves, julio 30, 2015

Soneto XVIII - William Shakespeare








Sonnet XVIII

Shall I compare thee to a summer's day?
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date:
Sometime too hot the eye of heaven shines,
And often is his gold complexion dimmed,
And every fair from fair sometime declines,
By chance, or nature's changing course untrimmed:
But thy eternal summer shall not fade,
Nor lose possession of that fair thou ow'st,
Nor shall death brag thou wander'st in his shade,
When in eternal lines to time thou grow'st,
So long as men can breathe, or eyes can see,
So long lives this, and this gives life to thee.







Soneto 18

¿Te comparo a un día de verano?
Vos sos más temperado y placentero.
El viento bate el capullito enano
y el verano se pasa muy ligero.
A veces quema el sol con su destello,
otras, sus rayos tórridos se opacan
lo bello cede a veces de lo bello
suerte o naturaleza los atacan.
Pero el verano tuyo no se amengua
ni perderás tampoco lo que es tuyo
ni la Muerte usará su engreída lengua
si con versos eternos te construyo.

Mientras los hombres respiren y ojos lean
vas a vivir en esos que me lean.






William Shakespeare, 1564-1616
Traducción de Miguel Angel Montezanti



viernes, julio 03, 2015

Odas de Publicación Póstuma - (1935-1994) Fernando Pessoa



5


El dios Pan no ha muerto
Cada campo que muestra
a las sonrisas de Apolo
los pechos desnudos de Ceres
--- pronto o tarde veréis
por allí aparecer
al dios Pan, el inmortal.

No ha matado a otros dioses
el triste dios cristiano.
Cristo es un dios más,
quizá uno que faltaba.

Pan continúa dando
los sones de su flauta
a los oídos de Ceres
recostada en los campos.

Los dioses son los mismos
siempre claros y calmos,
llenos de eternidad
y de desprecio por nosotros,
trayendo el día y la noche
y las cosechas doradas,
no para darnos
el día y la noche y el trigo
sino por otro y divino
propósito casual.



Fernando Pessoa
Odas de Publicación Póstuma - (1935-1994)

martes, junio 30, 2015

Oda XX - Fernando Pessoa





 XX



Cuidas, intransitable, que cumples, apretando
tus infecundos, trabajosos días
      en haces de yerta leña,
      sin ilusión la vida.
Tu leña es tan sólo el peso que llevas
A donde no hay fuego que te caliente.
      Ni sufren peso a hombros
      las sombras que seremos.
Para holgarte no huelgas; y, si legas,
mejor lega el ejemplo que riquezas,
      de cómo la vida basta
      corta, tampoco dura.
Poco usamos lo poco que tenemos.
La obra cansa, el oro no es nuestro.
      De nosotros la misma fama
      Se ríe, que no la veremos
cuando, acabados por las Parcas, seamos
bultos solemnes, de repente antiguos,
      y cada vez más sombras,
      al encuentro fatal –
el barco oscuro en el soturno río,
y los nueve abrazos de la frialdad estigia
      y el regazo insaciable
     de la patria de Plutón.




Libro I de las Odas - 1924
Revista Athena

jueves, mayo 28, 2015

"El Ala Del Cuervo" - Rubén Darío





EL ALA DEL CUERVO



A Pedro Ortiz



                  I

—Ea, apretad esas cinchas
y apercibid los overos;
y que ya tasquen los potros
el bocado de los frenos.
Preparad las jabalinas,
poned trailla a los perros;
sonad las trompas de caza
y azores llevad dispuestos.
¿Ya estáis listos? Pues aprisa,
vamos al bosque siniestro—.


                  II

Quien tal dice es un altivo,
noble y alto caballero
que, con sus alrededores,
tiene la comarca en feudo.
Es don Pedro de Almendares,
el infanzón altanero
a quien, por lo valeroso,
ninguno venció en el duelo.
El que ha astillado sus lanzas
en las justas y torneos,
siempre sereno y triunfante
sin temores ni recelos.


                  III

Es Violante una doncella,
con unos ojos muy negros,
con unos oscuros rizos
que cuando le caen sueltos
por la garganta blanquísima,
por la espalda y por el seno,
fingen en fondo de mármol
mallas finísimas de ébano.
Don Pedro adora a Violante
y Violante ama a don Pedro;
y ambos gozan en deliquios
de ardorosos embelesos.


                  IV

Pero Violante la hermosa
se enciende en llamas de celos
sin que nada de sus ansias
pueda aminorar el fuego.
La linda Violante busca
para sus males remedio,
y a nigromante interroga
contándole sus secretos.
El nigromante medita;
y luego, fruncido el ceño,
busca en yerbas misteriosas
filtros; y ve los luceros;
y en cabalísticos signos
quiere hallar el verdadero
modo de que sus retortas
puedan curar aquel pecho.
Por fin, después de lograr
descifrar aquel misterio,
y ya encontrada la clave
del enigma, dijo luego
a Violante: —Que el que os ama
os traiga el ala de un cuervo;
y con el oscuro copo
del suave plumaje negro,
podréis curar la dolencia
llevándole junto al pecho—.


                  V

Por eso va en su corcel
el valeroso don Pedro,
y con sus gentes al bosque
con jaurías y pertrechos.
Ése es el bosque maldito,
ése es el bosque siniestro,
del que mil supersticiones
andan en boca del pueblo.
Con temor van caminando
ojeadores y monteros,
que a ese bosque nunca llegan
porque les ataja el miedo.
—Don Pedro, el bosque es terrible—.
Don Pedro se ríe de eso;
que no teme ese hijodalgo
ni a los vivos ni a los muertos.
—Ese bosque está maldito—.
—No importa —dice don Pedro.
Y siguen andando, andando,
y ya están del bosque dentro;
y ya los toques de caza
repiten sonoros cuernos
y van los genios del aire
desparramando los ecos.
Don Pedro no busca fieras
ni sigue la pista a ciervos,
ni a cerdosos jabalíes:
él busca un nido de cuervos.


                  VI

Iba la noche empezando;
el día iba oscureciendo;
cuando en un árbol robusto
medio destroncado y seco,
graznó un cuervo enorme echado
en unos grietosos huecos;
sus ojos fosforecentes,
su corvo pico entreabierto.


                  VII

Don Pedro fuese hacia él
afanoso ya y contento;
puso en comba un arco entonces,
y disparó. . . cuando el cuervo
como una flecha veloz
voló donde el caballero;
hincó en los hombros robustos
sus largas uñas de acero,
y con picotazos rápidos
le sacó los ojos negros. ..
Don Pedro dio un hondo grito,
mas mató el pájaro; y luego
le sacaron aterrados
servidores y pecheros
de aquel lugar tenebroso,
de en medio el bosque siniestro.
Fue al castillo de Violante
con un ala entre sus dedos,
del pájaro, y a la hermosa
le dijo: —Mira, estoy ciego;
por ti he perdido mis ojos
ángel de mis dulces sueños. ..
yo llegué al bosque maldito
y me castigó el infierno—.


                  VIII

La niña miróle entonces
y le dijo: —Buen mancebo,
yo ya no puedo quererte:
primero, porque eres ciego;
y después porque el de Alcántara,
noble señor extranjero,
pidió a mi padre mi mano
y nos casamos hoy mesmo—.
Dio un grito de horror terrible
y tornado loco, el ciego,
en carrera desatada
fue tropezando y cayendo
por los bosques; y apretando
contra el dolorido pecho,
entre los puños crispados
la espantosa ala del cuervo.







 Rubén Darío
2 de junio de 1885

miércoles, mayo 06, 2015

"Yo persigo una forma..." - Rubén Darío



Yo persigo una forma...


Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.

Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.

Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.



Rubén Darío

domingo, abril 12, 2015

Soneto C - William Shakespeare


C


Oh musa, ¿dónde estás que has olvidado
Celebrar la fuente de tus fuerzas?
¿Dilapidas tu ingenio en vil asunto,
Alumbrando bajezas te oscureces?
Redime presurosa, en versos nobles,
Esas horas, oh musa, que perdiste;
Canta a quien estima tus canciones
Y a tu pluma inspira arte y argumento.
Observa, musa, el rostro del amado,
Y si el Tiempo de arrugas lo surcara
Al Tiempo satiriza, y sus estragos
Haz blanco de tus burlas desdeñosas.

Más alada que el Tiempo sea la fama,
Rescatando a mi amor del corvo acero.


William Shakespeare