Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

viernes, septiembre 08, 2023

Los Doce Trabajos de Hércules

Capturar a la Cierva de Cerinea


La Cierva de Cerinea era una criatura fantástica de la mitología griega.

El tercer de trabajo de Hércules fue cazar viva a la cierva de Cerinea y llevarla al rey Euristeo sin ningún rasguño.

La cierva de Cerinea era un gamo de pezuñas de bronce y cornamenta de oro que se le había escapado a la diosa Artemisa cuando la estaba intentando enganchar a su carro. Desde entonces Artemisa le permitía vagar por las tierras que ella protegía. La cierva era de un gran tamaño, con unas patas esbeltas que le daban gran agilidad.

La cierva de Cerinea era un animal muy audaz, ligero y de una gran velocidad y no había nadie capaz de cazar la cierva dada su velocidad. Hércules le tiro algunas flechas durante su persecución para intentar que cambiara de dirección, pero era incluso más rápida que las saetas arrojadas por Hércules.

 

Hércules no podía dañarla pues sino de otro modo ofendería a la Diosa Artemisa, así que tenía que acercarse a la cierva, lo cual no era permitido por el magnífico animal.

 

Así pasaron los días, luego las semanas y meses, Hércules estuvo la primavera, el verano, el otoño y el invierno tras la cierva de Cerinea. Esta cierva huía con un simple crujir de hojas bajo los pasos de Hércules y tenía muy buen oído, por lo que era muy escurridiza.

 

Esta persecución sin tregua origino que tanto Hércules como la cierva estuvieran exhaustos, por la multitud de kilómetros recorridos sin apenas dormir durante meses.

 

La cierva necesitaba aplacar su sed y aprovecho un estanque de agua clara que encontró para hacerlo, lo cual produjo un momento de descuido que fue aprovechado por Hércules para lanzar una red que había ido construyendo en sus momentos de descanso y que a la postre fue definitiva porque la lanzo desde muy lejos para que la cierva no lo advirtiera.

Una vez que la alcanza, la cierva intento zafarse, pero cuanto más se movía más quedaba atrapada en lo hilos de red y así tras un gran esfuerzo agotada se rindió y se dejó caer.

Hércules jubiloso, se acercó, le ato las patas y se la subió a los hombros para iniciar el camino de vuelta a Micenas a ver al rey Euristeo.

 

En ese mismo instante se le apareció la diosa Artemisa junto a su hermano Apolo, que con tono enfadado le pidió explicaciones de por qué maltrataba a su cierva. Hércules arrodillado le conto su historia y la diosa piadosa entendió sus motivos, y tras revisar que la cierva no tuviera daño le permitió continuar con la condición de que luego de mostrarla al rey Euristeo la pusiera de nuevo en libertad.

 

Y así hizo Hércules tras presentarla a rey, que esta vez fue muy ‘valiente’ y estuvo cerca de Hércules cuando le mostro prueba de su tercer trabajo. Euristeo de mala gana le indico a Hércules que volviera de nueva al día siguiente que le revelaría cual sería el cuarto trabajo de Hércules.





martes, septiembre 05, 2023

Los Doce Trabajos de Hércules

Matar a la Hidra de Lerna

La hidra era un monstro de varias cabezas que había sido creado por la diosa Hera en el lago de Lerna y que cuidaba de una de las entradas al inframundo. Se decía que la hidra era hermana del león de Nemea, por lo que odiaba a Hércules y clamaba venganza.

Tenía la particularidad que su aliento era nauseabundo y venenoso para los mortales, así como su sangre. La hidra no solo atacaba a los humanos que se le acercaban también destruía los rebaños y los cultivos provocando que las habitantes de la zona siempre tuvieran problemas de hambruna.


La Hidra de Lerna poseía la cualidad de que era capaz de regenerarse, es decir, cuando alguien cortaba una de sus feroces cabezas llena de colmillos y dientes afilados en lugar de morir desangrada, salía otra nueva temible cabeza e incluso cabezas a pares. Luchar contra la hidra era una batalla sin final.

Nadie era capaz de responder cuantas cabezas tiene la hidra, porque la hidra tenía muchas, algunos dicen 5, otros 7, muchos 10, la realidad es que eran muy numerosas tras esos largos cuellos que les proporcionaban movilidad y rapidez para morder.

En esta ocasión, su sobrino yolao quiso ayudar a Hércules y el héroe le permitió que lo acompañara.

Cuando llegaron a la ciénaga conocida como lago de Lerna, Hércules y Yolao taparon su bocas y narices con un denso trozo de tela. Hércules comenzó a lazando flechas ardiendo a la cueva de la hidra para hacerla salir y la hidra furiosa pronto salió a dar la batalla.

En este momento comenzó una guerra sin cuartel donde las habilidades de Hércules se dejaron ver al ser capaz el héroe una y otra vez de contar las cabezas de la hidra, pero estas se regeneraban continuamente con lo que Hércules comprendió que no podría matar a la hidra con esta estrategia. Por tanto, ordenó a su sobrino que prendiera fuego a un bosque cercano y que le fuera acercando trozos de madera ardiendo.

Yolao así lo hizo, y mientras Hércules seguía cortando las cabezas, Yolao le pasaba ramas al rojo vivo con las que quemar el cuello de las cabezas cortadas a la hidra además iba Yolao iba retirando las cabezas y enterrándolas porque estas seguían vivas y podía morder al héroe en un despiste.

 

Con esta estrategia las cabezas de la hidra dejaron de brotar, con lo que con el paso del tiempo y repitiendo la operación consiguieron matar a la hidra.

 

Hércules también quiso aprovechar los restos de la bestia en esta ocasión y cuando Hércules consiguió matar a la hidra, tomo sus flechas y hundió sus puntas en la sangre de la hidra, porque sabía que el poderoso veneno que poseía le sería de provecho en el futuro y podría utilizarlo al impregnarse las flechas de Hércules con la sangre de la hidra. Cuando Hércules conto la historia y presento pruebas al rey Euristeo de que había vencido a la hidra, Euristeo envidioso, enojado y enfadado exclamo que esta prueba no había sido valida porque había sido ayudado por su sobrino Yolao, así que tendría que realizar otro trabajo a cambio.

Euristeo ordeno a Hércules presentarse el siguiente día y le indicaría cual sería el tercer trabajo de Hércules.




domingo, septiembre 03, 2023

 

Los Doce Trabajos de Hércules

Matar al León de Nemea

Según la leyenda Hércules fue un hijo bastardo de Zeus, lo que provocó que su mujer Hera enloqueciera, induciendo a Hércules a acabar con la vida de sus propios hijos y dos de sus sobrinos. Al recuperar la consciencia, y tomar razón de lo que había hecho, al no poder soportar la pena se marchó a vivir en soledad a una tierra inhóspita. Tiempo después, su hermano, Ificles, le convenció para que fuese a consultar al su destino al Oráculo de Delfos. En él, la sibila le informó que, como penitencia por su terrible acción, debería de llevar a cabo doce trabajos (en un principio sólo se le había ordenado realizar 10, pero como contó con la ayuda de su sobrino Yolao, se le añadieron dos más); estos, serían dispuestos por Euristeo, que resultaba ser la persona más odiada por Hércules, ya que le había usurpado el derecho al trono que le pertenecía.

 

El León de Nemea

Hace mucho tiempo, en la región de Nemea, en Grecia, vivía un terrible león que parecía invencible y que tenía atemorizados a todos los habitantes. Unos decían que tal monstruo era hijo de Tifón, el dios de los huracanes, y de la ninfa Equidna; otros, que había caído de la luna.


Lo cierto es que, fuera cual fuera su procedencia, este temible león era prácticamente indestructible. Su piel era tan dura que ningún arma podía atravesarla. Su rugido helaba la sangre del más valiente.

Pero por entonces un hombre, mitad dios, mitad humano, Hércules, poseía una enorme fuerza y gran inteligencia. Decidió liberar a todos los habitantes de esta pesadilla y destruir al león. Para ello, se hizo con tres armas: un arco y sus flechas, un garrote que él mismo talló con la madera de un olivo que arrancó de la tierra y una espada de bronce.

Pero ninguna de estas armas consiguió matar al monstruo. Las flechas no podían atravesar su piel. Y el garrote, apenas le hacía nada. La espada tampoco era capaz de atravesar el cuerpo del león.

Desesperado, y después de una larga lucha, a Hércules se le ocurrió una idea: golpeó al león para que retrocediera y entrara en su guarida. Hércules se había dado cuenta de que tenía dos entradas, así que se dio prisa en taponar una de ellas. Corrió al otro lado y así pudo acorralar al animal.

Sin armas, solo con sus fuertes manos, consiguió estrangularlo. Y como el león tenía esa piel tan fuerte e impenetrable, Hércules pensó que podía usarla como armadura, pero por más que lo intentaba, no conseguía cortarla.

Entonces llegó junto a él la diosa Atenea, disfrazada de bruja, y le dijo:

– La única manera de cortar la piel del león de Nemea es usando sus propias garras.

Hércules le cortó una pata al león y usó sus garras para hacerse con la piel. Con ella se hizo la armadura que le protegió en todas sus batallas. Y sobre la cabeza, llevaba a modo de yelmo, la cabeza del león.





miércoles, agosto 19, 2020

Carta a una Señorita en París - Julio Cortázar

         Carta a una señorita en París                                 
                        

          Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones. Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve. Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.) Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio. Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión. Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris. Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad. De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.) Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza. Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol. Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López. No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así. Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad. Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas). A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas. Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso. Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan. Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos. He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


Julio Cortázar



martes, enero 09, 2018

Epístolas y Poemas - Introducción - Rubén Darío



Introducción

¡Salve, dulce Primavera,
que en la aurora de mi vida
me diste la bienvenida!
Tú ríes en la ribera
mientras yo en mi embarcación
camino del remo al son
por el piélago azulado...
¡ay, qué llevaré guardado
dentro de mi corazón!


Tendida la blanca vela
casi vuela mi barquilla,
y va dejando su quilla
sobre las ondas la estela;
y mientras mi barca vuela
y espumas hace saltar,
soy al viento mi cantar
viendo bellos espejismos
que decoran los abismos
de los vielos y del mar.


En el alba de la vida
todo es luz esplendorosa.
¡Qué esperanza tan hermosa
es la esperanza nacida!
¡Oh, primavera florida!
¡cuántas aves! ¡cúanta flor!
¡cuánto divino rumor!
turba la apacible calma,
cuando se despierta el alma
al primer beso de amor!


Los que traemos por dón
de suprema excelsitud,
de la cuna al ataúd
el ser de la inspiración,
brindamos al corazón
el celestial elixir
que hacer querer y sentir,
y en un inmenso anhelar,
luchamos por penetrar
el velo del porvenir.


Celajes de nieve y grana
que tras las cándidas nubes
fingen radiantes querubes
con la luz de la mañana:
pórticos de filigrana
bordados de rosicler,
por do se puede entrever
el trono deslumbrador
de donde lanza el Creador
el rayo de su poder:


esplendente claridad
de brillo santo y fecundo
que derrama sobre el mundo
fe, esperanza y caridad;
celeste felicidad,
creación gigante que asombra;
Dios, que el diablo no le nombra
sin una oraión bendita;
la luz, la gloria infinita;
y... de repente, la sombra.


La sombra dentro uno mismo;
duda que infunde temor;
en el pecho el torcedor
y en la cabeza el abismo.
Cáncer del escepticismo,
ya no despedaces más
las conciencias en que estás.
El hombre en el mundo errante,
lleva la tumba adelante
y la negra noche atrás.


¿Qué es esa siniestra esfinge
que no nos deja avanzar?
¿por qué venir a borrar
las dichas que uno se finge?
¿por qué nuestra fe restringe
y aumenta nuestra ansiedad?
¿y por qué en tan corta edad
lucha enorme, duda fiera?...
Primavera, Primavera,
tú no dices la verdad.


En tus promesas divinas
no me hablaste de dolores,
ni de tus pintadas flores
me enseñaste las espinas;
bajo las ondas marinas
hay escollos que temer;
ya tierra no alcanzo a ver
y mi costa no la encuentro,
porque ya estoy mar adentro
y no me puedo volver.


Mi fe de niño ¿do está?
me hace falta, la deseo:
batió las alas y creo
que ya nunca volverá;
porque la fe que se va
del fondo del corazón
tiene origen y mansión
en lo profundo del cielo,
y cuando levanta el vuelo
jamás torna a su prisión.


La edad presente es de lucha:
es preciso, pues, luchar;
no se puede descansar
entre el ruido que se escucha;
la vacilación es mucha,
ya está muy crecido el mal;
se consume el ideal;
se va Dios: ¡esto es horrible!
contener es imposible
esa gangrena moral.


¿Y el poeta? El que eso es
puede salvarse; que aliente;
que haga la luz en su mente
y la dé al mundo después;
que de la sombra al través
sople como el huracán;
y que diga a los que están
ya sin vida:"¡levantaos!";
y que redima del caos
la descendencia de Adán.


Que truene la profecía
en su palabra de fuego;
que cual sacrosanto riego
esparza la poesía;
que en la miel de la armonía
dé el filtro de la verdad
que muestre a la humanidad
lo luminoso y lo santo;
y que se escuche su canto
por toda la eternidad.


Aquí en este libro tengo
dichas que me satisfacen,
dolores que me deshacen,
ilusiones que mantengo.
Ignoro de dónde vengo
ni a dónde voy a parar;
he empezado a navegar
ignota playa buscando,
y voy bogando, bogando
sobre las aguas del mar.


No sólo hay dicha ideal
en este largo camino,
no sólo frescor marino
y caricias del terral;
turban la onda de cristal
vagos soplos de perfidia:
tras el escollo la insidia,
e hipócrita el odio oculto,
hace saltar del tumulto
las espumas de la envidia.


La burla se ceba
en los de buen corazón;
hay para la inspiración
rudos momentos de prueba;
hay quien hiel amarga beba
sin dejarlo conocer.
¿Ponzoñas? hay por doquier:
la lengua de un cortesano,
la falsía de un villano
y el amor de una mujer.


¡Lloriqueos en el cántico,
salmodias y triste queja!
Esto conocer os deja
que es algún vate romántico,
de mucha imaginación,
el que os hará gracia con
las coplas de su talento...
Señores, ¿sabéis el cuento
del gaitero de Gijón?


Muy bien. Es el caso, digo,
que ya es preciso variar,
y es preciso se mostrar
al enemigo, enemigo;
darle con rostro de amigo
muchas flores, mucha miel;
y dentro de eso, la hiel
ponzoñosa; y ya embriagado,
traer el cuchillo afilado
para arrancarle la piel.


Al par que ser sacerdote
es urgente ser verdugo;
imponer un férreo yugo
y con el yugo el azote;
hacer que del arpa brote
la sátira en la canción,
y demostrar con razón
al enjambre mundanal
que si hacemos el panal
tenemos el aguijón.


Niña de los ojos negros,
niña, no te desconsueles;
mis más deleitosas miles
son para tus labios rojos;
soy siervo de tus antojos,
y para ti ha de cantar
con acento singular
tu poeta enamorado...
Pero, niña, ten cuidado,
no me vayas a engañar.


Si en algunos de mis versos
hay versos envenenados,
seguid, lectores honrados,
que son para los perversos.
Yo tengo tonos diversos
en las cuerdas de mi lira;
hay en mis canciones ira
y son mis frases puñales
para ruines y desleales,
para el dolo y la mentira.


Mas también tengo un laúd
de suave y tierna dulzura
para cantar la hermosura,
la nobleza y la virtud;
me da alas mi juventud,
tengo fe en el porvenir,
y contemplo relucir
mis brillantes ilusiones
cual bellas constelaciones
en un cielo de zafir.


Ya habéis visto la portada
de mi mansión, entrad pues
.............................

De blanco tul a través
me ríe la madrugada:
pienso en Dios, pienso en mi amada;
miro la inmensa extensión
del cielo; dulce impresión
embarga mi pensamiento.
¡Y después de todo, siento
que algo hay en mi corazón!



Epístolas y Poemas
(primeras notas)
Managua 1885

jueves, septiembre 28, 2017

El niño y su caballo blanco - Hernan Casr


El niño y su caballo blanco

Una ciudad tras otra, construidas en la arena
Con puertas y salidas vedadas
Caminos sin recuerdos o sonidos
Un viaje interminable
A la estación constante y desierta
Destruida por el olvido.

Soy otro que se busca
Otro irreconocible
Contando el tiempo perdido en la arena
En el golpe oceánico y roca demolida
En el silencio de la flor matutina, del cactus alado
Recolector de niebla potable.

El corazón cambia
Desnudo sobre el mar se enfría la rabia permanente.
Emigramos por fin, con la cara  desfigurada y el dolor del cuerpo
Por fin en el camino como una bandera roja, quemando la morada.
Dejamos a la madre para buscar el padre.
Suspira una pereza oscura en una cajita de coral.
La intuición abierta en el pecho florece los girasoles del ovario seco
En la fundación silente entre penumbras
De un sol que  marcha en un caballo blanco
Sobre un niño lleno de hormigas.



Hernan Casr

jueves, mayo 04, 2017

Hans Arp - El Hombre La Mujer



EL HOMBRE LA MUJER


el huevo de fuego. el huevo de agua. el huevo de vien-
      to en el saco de seda. el huevo de aire.
el hombre de pie y la mujer de pie. el hombre sentado
       y la mujer sentada. el hombre acostado y la mu-
       jer acostada.
la escala de hueso apoyada contra el tronco de carne.
el hombre tiene un bastón de hueso. la mujer tiene un
       bastón de carne.
el huevo de pie. el huevo sentado. el huevo acostado.



el hombre tiene un sombrero de hueso. la mujer tiene
       un sombrero de carne.
el paisaje de fuego. el paisaje de agua. el paisaje de
       tierra. el paisaje de aire.
las piedras faltan a su deber y se precipitan con sus
       picos y garras sobre la carne.
los pliegues del fuego desbordan lágrimas. los pliegues
       del agua desbordan lágrimas. los pliegues de la
       tierra desbordan lágrimas. los pliegues del aire
       desbordan huevos.
el corazón del fuego. el corazón del agua. el corazón
       de la tierra. el corazón del aire.
yo duermo como un huevo sin corazón.



las flores castradas suben la escala de hueso.
el aire se quiebra.
los caracteres se quiebran.
la a mayúscula se quiebra. la a minúscula se quiebra.
la b mayúscula se quiebra. la b minúscula se quie-
       bra.
los caracteres de carne suben por el tronco de carne.
los caracteres de pie. los caracteres sentados. los carac-
       teres acostados.
los caracteres de hueso detrás de las flores castradas
       suben por la escala de hueso.
los caracteres de fuego, los caracteres de agua, los ca-
       racteres de aire.
cada cien años las piedras dan un paso adelante. las
       piedras llevan mesas de cuatro patas como enor-
       mes zapatos.
los caracteres de hueso suben por la escala de carne.
el hombre de hueso. la mujer de carne.


el huevo. el fuego. la tierra. el aire. el hombre. la mujer;
el huevo lleva un sombrero y un delantal de fuego.
el agua lleva una camisa con botones de aire.
el hombre lleva una corbata de fuego.
la mujer lleva un delantal de agua lo que excita a las
       flores masculinas.



cuando una piedra cae de su tallo la mujer con delan-
       tal de agua llega y apoya la escala de hueso con-
       tra el huevo de fuego.
el sombrero de carne de la mujer saluda al bastón de
       hueso del hombre.
el paisaje de aire se llena de hombres y de mujeres
       que se arrancan las hojas se hunden los sombre-
       ros y arrojan todos los caracteres contra el huevo
       volante.
el tallo del fuego. el tallo del aire.
las hojas del hombre. las hojas de la mujer.





Hans Arp
(1887-1966)