Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

sábado, diciembre 21, 2013

"La Dama del Pie de Cabra" Trova Tercera - Alexandre Herculano




La  Dama del Pie de Cabra"
Trova Tercera


Mensajeros tras mensajeros, cartas sobre cartas, son ve­nidos de Toledo á Iñigo Guerra. El rey de León rescataba todos los días á sus caballeros por caballeros moros; mas no tenía walí ó cadí cautivo que pudiese dar en trueque por tan noble señor como el señor de Vizcaya.
Y     muchos de los redimidos eran de las sierras; y éstos, trayendo los mensajes, contaban aún más lástimas del vie­jo don Diego López, que las que referían las cartas.
—Junto á una puerta de Toledo—decían—tiene la mo­risma un gran campo muy bien cercado: aquí hacen fiestas, corren lanzas y toros en los días de sus perros santos, y los invocan y rezan con khatibs y ulemas.
Jaulas de fieras, muchas son las que hay allí; cosa de ver con asombro: los tigres y leones no las rompen; qui­mera sería imaginar que las manos de los hombres las rom­piesen.
En una de estas prisiones, casi desnudo, con grillos en pies y manos, está el ilustre ricohome, que fué capitán de grandes y lucidas mesnadas.
Corteses acostumbran á ser los moros con sus cautivos nobles. Hacen esta iniquidad con don Diego López, porque ya han pasado tres años y no reciben su rescate.
Y     los peregrinos que venían del cautiverio y contaban tales cosas, bien cenados y agasajados en el castillo, íbanse al otro día con Dios, llevando bien provista la escarcela, en buena y santa paz.
Quien no quedaba en paz era don Iñigo.
—¿Por qué no vas á la sierra?—le decía una voz al oí­do.—¿ Por qué no vais á buscar á vuestra madre ?—le repe­tía el paje Briarte.
¿Qué hacer? Una noche entera la pasó en claro pensan­do en esto. Por la mañana, encomendándose á Dios y á la suerte, he aquí que al fin se resuelve á intentar la aven­tura, aunque á pesar suyo.
Santiguóse veinte veces para no tener después que per­signarse. Rezó el Pater, el Ave y el Credo, porque no sa­bía si en breve esas oraciones no las recordaría.
Y     seguido de un mastín, su predilecto, á pie, con una azcona en la mano, y atravesando peñas, se fué por una vereda que conducía hacia los páramos tristes y desiertos, donde era tradición que la hermosa dama se había aparecido á su padre.
Trinan los ruiseñores en los espinos, murmuran á lo le­jos las aguas de los arroyos; susurra el follaje blandamente con la brisa de la mañana.
¡ Vaya una hermosa madru­gada !
E Iñigo Guerra sube poco á poco las ásperas vertientes, trepa de barranco en barranco, y á pesar de su mucho va­lor, siente latir el corazón con ansia desusada.
Donde los matorrales hacían alguna pradera, ó las peñas alguna llanura, don Iñigo se paraba un poco, tomando alien­to y poniéndose á escuchar.
Mucho hacía que andaba entre breñas; el sol estaba alto y el día caluroso: al canto del ruiseñor se siguiera el cantar de la cigarra.
Y     encontró una fuente que brotaba de una roca negra, y, saltando de piedra en piedra, iba á caer en un rústico fes- tanque, donde el sol parecía bailar, al bullir de las ondas que hacía la caída de la cascada.
Don Iñigo sentóse á la sombra de la roca, y, tomando su montera, aplacó la sed que traía, y se puso á lavar el rostro y la cabeza del sudor y polvo que no le faltaba.
El mastín, después de beber, se tendió á sus pies con la lengua afuera, jadeante de cansancio.
   De pronto el perro se puso de pie y dió un gran ladiido.
   Don Iñigo volvió los ojos: un jumento silvestre pacía en la predera junto á una frondosa encina.
—¡Tarik!—gritó el mancebo.—¡Tarik!
Mas Tarik seguía adelante y á nada atendía.
—¡Ay! déjale correr, hijo mío; no es para tu mastín vencer á ese onagro.
Esto decía una voz que allá en lo alto de las peñas co­menzó á oirse.
Miró: linda mujer estaba allí sentada y con semblante amoroso y sonrisa de ángel, hacia él se inclinaba.
—¡Madre mía, madre mía!—gritó Iñigo levantándose: y en sus adentros decía:—¡Vade retro! ¡San Hermenegildo me valga!
Y como se había mojado la cabeza, sintió que los cabe­llos se le iban levantando erizados.
—Hijo, en la boca palabras dulces, en el corazón pala­bras malditas. ¿Mas qué importa si eres mi hijo? Dime lo que quieres de mí, que todo lo haré á tu voluntad y antojo.
El joven caballero no acertaba á hablar de susto: al mis­mo tiempo Tarik gemía aullando debajo de los pies del ona­gro.
—Cautivo está de moros hace años mi padre don Diego López—dijo por fin titubeando.—Quisiera me dijeseis, se­ñora, el modo de salvarle.
—Sé su mal tan bien como tú: si pudiera ya le habría socorrido sin que vinieses á pedírmelo; mas el viejo tirano del cielo quiere que pene tantos años como vivió con la... con la que los necios llaman la Dama del Pie de Cabra.
—No blasfemes contra Dios, madre mía, que es enorme culpa—interrumpió el mancebo cada vez más horrorizado. .
—¡Culpa! No hay para mí inocencia ni culpa—dijo la dama riendo á carcajadas.
Era un reir de sonámbulo, triste y espantoso. Si el dia­blo ríe, como aquélla debe ser la risa del diablo.
El caballero no pudo pronunciar más palabras.
—¡Iñigo!—prosiguió ella;—falta un año para cumplirse el cautiverio del noble señor de Vizcaya. Un año pasa pron­to; más pronto te lo haré pasar yo. ¿ Ves aquel robusto ona­gro? Cuando al despertar una noche lo halles á tus pies, manso como un cordero, cabalga en él sin temor, que te lle­vará á Toledo, donde librarás á tu padre.
   Y Gritando añadió:
—¿Estás en ello, Pardillo?
   El onagro levantó las orejas, y en señal de aprobación comenzó á rebuznar: comenzó por donde á veces las aca­demias acaban.
   Después la dama se puso á cantar una canción de brujas, acompañándose de un salterio, del que arrancaba muy extra­ñas notas.

De la escoba por el palo
Por la cuerda de polea,
Por la víbora que ondea
Por la Toura, libro malo.
Por la vara del acierto.
Por el lienzo colador,
Por el viejo encantador
Y por la mano del muerto.
Por el cabrón rey de fiesta,
Por el sapo frío, helado,
Por el niño desangrado
Que la bruja chupó en siesta.
Por el cráneo hondo y lustroso
En que sangre se libó,
Y del que hermano mató
Por el gemir doloroso.
Por el nombre de misterio,
Que en palabras no está escrito,
Venid, genios del precito,
Venid á oir mi salterio.
Y bailad sobre la tierra
Una danza extravagante,
Que adormezca en un instante
A mi hijo Iñigo Guerra.
Y que duerma un año entero
Como en sueño de una hora
Junto á la fuente que llora
Sobre el césped de este otero.

    En cuanto la dama cantó estas coplas, el mancebo sin­tió un quebrantamiento en los miembros, que creció cada vez más, y que le obligó á sentarse.
   Y luego, luego, oyóse un ruido ahogado como de truenos y vientos atravesando cuevas: después el cielo comenzó á entoldarse, y cada vez estaba más obscuro, hasta que al fin apenas un fulgor de crepúsculo le alumbraba.
   Y el manso estanque hervía, y los peñascos se abrían, y los árboles se retorcían, y los aires silbaban.
   Y en las burbujas de agua de la fuente, y en las hendi­duras de las rocas, y entre las ramas de los árboles, y en la inmensidad del aire, se veían bajar, subir, atravesar, sal­tar... ¿qué? Cosa muy espantosa.
   Eran mil y mil brazos sin cuerpos, negros como el car­bón, teniendo cada uno en los extremos un ala, y en la mano una especie de antorcha.
   Como la parva que el viento levanta en la era, aquella mul­titud de luces se cruzaba, se revolvía, se unía, se separaba, se arremolinaba, mas siempre con cierta cadencia, como bai­lando á compás.
A don Iñigo le daba vueltas la cabeza: las luces le pare­cían azules, verdes y rojas; mas se extendía por sus miem­bros una languidez tan dulce, que no tuvo fuerzas para hacer la señal de la cruz y ahuyentar á aquella legión de Satanases.
   Y sentía desvanecerse, y poco á poco se durmió, y de allí á poco roncaba.
   Entre tanto, en el castillo le echaban de menos. Le es­peraron hasta la noche; esperáronle una semana, un mes, un año, y no le veían volver. El pobre Briarte recorrió por mucho tiempo la sierra, mas nunca llegó al sitio en que el caballero estaba.
   Iñigo despertó á media noche; había dormido algunas horas: al menos así lo creía; miró al cielo, vió estrellas; tocó alrededor, halló tierra; escuchó, oyó el susurro de los ár­boles.
   Poco á poco se fué acordando de lo que le pasara con su desventurada madre; porque al principio no se acordaba de nada.
   Parecióle entonces oír respirar allí cerca; volvió la vis­ta : era el onagro Pardillo.
   —Ya que estoy medio hechizado—pensó,—sigamos el res­to de la aventura por ver si salvo á mi padre.
   Y poniéndose en pie, dirigiose hacia el vigoroso animal, que estaba ya ensillado y enfrenado. ¿De quién eran los arreos? Eso lo sabía el diablo.
   Vaciló todavía un momento: tenía escrúpulos, á buena hora, de cabalgar en aquel corcel infernal.
   Entonces oyó en los aires una voz vibrante que cantaba con mucha cadencia. Era la terrible voz de la Dama del Pie de Cabra:

Cabalga mi caballero
En valiente corredor,
Ve á salvar al buen señor
Del moro su carcelero.
Pardillo, no comerás
Paja, cebada ni avena,
Ni tendrás yantar ni cena,
Así, pronto volverás.
Ni de látigo, ni espuela
Necesita, ¡ oh, caballero!
Corre, corre, anda ligero,
Noche y día, corre, vuela.
Freno ó silla no le quites,
No le hables, no le hierres,
De tanto andar no te aterres,
Y el mirar atrás evites.
Firme, adelante, adelante,
Pronto, pronto, á buen correr,
No hay minuto que perder
Antes de que el gallo cante.

   —¡Sea!—gritó Iñigo Guerra, con la especie de frenesí que le produjera aquel cántico extraño: y de un salto montó sobre el quieto onagro.
   Mas apenas se afirmó en la silla... pst, hele que parte.
   Aunque en paz con los cristianos, los moros de Tole­do tienen en las torres, troneras y adarves sus atayalas y vi­gías, y en los montes que dan á la frontera de León, antor­chas y fogatas.
   Mas si el rey leonés supiese cuán descuidado yace To- lado; cómo al anochecer se duermen los centinelas y se dejan de encender las antorchas, quebraría su juramento y haría contra aquellas partes una repentina acometida.
  Salvo tener que ir á su confesor á decir confíteor Deo y peccavi; porque el faltar á un juramento, aunque sea á pe­rros descreídos, dice ser feo pecado.
   Era la hora del crepúsculo: á la caída del sol, los de To­ledo vieron allá muy á lo lejos, venir corriendo una nube negra, ondeando y dando vueltas en el cielo, tantas como en la tierra daba el camino por entre los montes: diríase que venía embriagada.
   Era primero un punto: después creció y creció: cuando anocreció estaba ya cerca y cubría un gran espacio.
   El almoadén, subiendo á la torre de la mezquita, llama­ba á los creyentes de Mafanede á la oración de la tarde.
   Mas á su ronca voz se halló el estallar de los truenos: era como un tiple y un bajo.
   Y pasó una ráfaga de viento, que arremolinando las bar­bas largas y blancas del almoadén, le azotó con ellas la cara.
   Comenzó entonces á caer un golpe de lluvia, que ni mo­zos ni viejos se acordaban de haber visto cosa semejante en ninguna parte.
   Era de ver á los centinelas esconderse en las garitas de las torres, las rondas y contrarrondas huir por los adarves; los hacheros recogerse por debajo de las almenaras; los had- jís acogerse á las mezquitas, mojados hasta los ojos; las vie­jas que habían salido al vocear del almoadén, llevadas por los torrentes de las calles tortuosas y estrechas invocando á Mahoma y Aláh. Y el agua cayendo cada vez más.
   Dos únicos movimientos hacen entonces los moradores de Toledo: unos huyen, otros se resguardan, y el agua ca yendo cada vez más.
   El pavor penetra en todos los ánimos: los cacizes con­juran la tormenta; los faquires penitentes gritan que se acaba el mundo, y que les deje sus bienes aquel que quiera sal­varse. Y el agua cayendo cada vez más.
   La salvación de Toledo estuvo en no haber cerrado sus puertas; si así no fuese, dentro del recinto de los muros ha­bría muerto toda la morisma ahogada.
   En la prisión estaba don Diego apoyado en las barras de hierro. El pobre viejo entreteníase en oir aquel espanto­so llover, porque la noche había cerrado, y no tenía nada que hacer.
   Mas como la plaza de delante de su jaula de fiera estaba rodeada de muros, la lluvia no podía filtrarse toda, e iba creciendo, de modo que ya sentía los pies mojados.
   Y también comenzó á tener miedo de morir, á pesar de su miseria. Bien sabía don Diego que la muerte es la ma­yor desgracia de todas: que no era el señor de Vizcaya ateo, filósofo, ni tonto.
    Mas á lo lejos divisó un bulto blanquecino que saltó por cima de la empalizada, y sintió al mismo tiempo en mitad de la plaza: ¡ plash!
    Y yoyó una voz que decía:
   —Noble señor don Diego, ¿dónde es dónde os halláis?
   —¿Qué veo y oigo?—exclamó el anciano.—Un traje que no blanquea no es de ismaelita; una voz que no haDia alga­rabía no es infiel; un salto desde tanta altura no es de caballero de este mundo. Por vuestra fe decidme: ¿ sois ángel ó sois Santiago?
   —¡Padre mío! ¡padre mío!—respondió el caballero.— ¿Ya no conocéis la voz de Iñigo? Soy yo, que vengo á sal­varos.
   Y don Iñigo se apeó, y cogiendo las gruesas rejas inten­taba moverlas, y el agua le llegaba á los tobillos y no conse­guía nada.
   Lleno de aflicción el mancebo, quiso invocar el nombre de Jesús; mas acordóse de cómo hasta allí había venido, y el bendito nombre espiró en sus labios.
   Todavía Pardillo pareció adivinar su íntimo pensamien­to, porque lanzó un gemido agudo y rápido, como si le hu­biesen tocado con un hierro candente.
   Y, empujando con la cabeza á don Iñigo, volvió la es­palda á la jaula.
   ¡Pan! fué el sonido que se oyó: de una sola patada la reja estaba en el suelo y los cercos de piedra habían volado en mil pedazos. Que me lo crean que no, así lo dice la his­toria : yo en ello ni pierdo ni gano.
   Don Diego quedó creyéndolo, porque un pedazo de pie­dra le quitó los dos últimos dientes que tenía, metiéndoselos por la garganta abajo. Por eso con el dolor no podía hablar palabra.
   Su hijo le hizo montar delante de sí, y subiendo detrás de él, exclamó:
   —Padre mío, estáis en salvo.
   Y pardillo, de un salto, atravesó de nuevo la empaliza­da. ¡Aunque tenía cerca de quince palmos!
   Por la mañana no había señal de lluvia: el cielo estaba limpio y sereno, y cuando los moros fueron á ver qué le había sucedido á don Diego López, no le hallaron, ni seña­les siquiera.
   Don Iñigo y su padre, el viejo señor de Vizcaya, atra­viesan las puertas de Toledo con la rapidez de la flecha: en un abrir y cerrar de ojos dejan atrás muros, torres, bar­bacanas y atalayas. La lluvia va disminuyendo: rásganse las nubes y se ven relucir algunas estrellas, que parecen otros tantos ojos con que el cielo espía á través de la obscuridad lo que sucede aquí abajo.
   El camino, en las bajadas y subidas de las cuestas, se ha­bía convertido en lecho de torrente y en los llanos habíase convertido en lago.
   Pero así por los lagos como por los torrentes, el valien­te onagro seguía adelante bufando como un condenado.
   No bien subían un monte, ya bajaban por la otra cues­ta abajo; no bien llegaban á una pradera, cuando sentían, en espeso bosque, gotearles encima las ramas agitadas de los árboles.
   Es poco más de media noche y los picos nevados del Vindio recortan el fondo estrellado del cielo ya limpio, semejan­te á los dientes de una sierra gigante, capaz de dividir á cer­cén el hemisferio austral del hemisferio boreal.
   Y pardillo arremete siempre á galope deshecho con las montañas enormes, y baja á los valles temerosos, y cada vez más ligero, como su nombre lo indica, menos parece cua­drúpedo que pájaro.
   Mas ¿qué ruido es ese que sobrepuja al del viento? ¿Qué es eso que allá á lo lejos, ora blanquea, ora reluce en las tinieblas como una banda de lobos envueltos en sudarios blancos, con sólo los ojos descubiertos, y marchando en hi­lera por la hondonada del valle abajo?
   Es un río caudaloso y fiero, con su manto de espuma, y con las escamas angulosas de su dorso erizado, donde bri­llan y chispean los rayos de las estrellas en mil reflejos quebrados.
   Negrea sobre el río un puente, en medio de él una for­ma escueta. «¿Será un lindero, una estatua?» pensaron los caballeros. Pino no puede ser; no se sabe que nazca en los puentes.
   Pardillo se reía de los ríos: de puentes hacía tanto caso como de un pienso de paja. Sin embargo, aunque bien po­día de un salto salvar veinte riberas como aquélla, se fué derecho al puente, porque no era animal que diese vueltas en balde.
   Semejante al relámpago se arrojó el onagro por aquel paso estrecho... Mas ¡tate!... He aquí que de pronto se para.
   Y temblaba como el junco y jadeaba con violencia: los dos caballeros se miraron.
   El bulto escueto era una cruz de piedra levantada en medio del puente: por eso Pardillo titubeaba.
   Entonces, desde unos altos chopos que en la margen cercana se movían, un poco más abajo de aquel sitio, oyóse una voz fatigosa y trémula que cantaba:

Hacia atrás, hacia atrás, á tornar
¡ Ya!
¡ Da vuelta, da vuelta, á pasar
Por acá!
Por aqui no lo han de itapedir.
¡ Chut!
Vosotros, callad.
¡ Tú, procura huir
De la cruz!

   —¡ Santo nombre de Cristo!—exclamó don Diego san­tiguándose a escuchar aquella voz, que conocía bien, mas que después de tantos años no esperaba oir allí, porque su hijo no le dijera qué medio buscara para salvarle.
   Apenas el grito del viejo se oyó, él y don Iñigo fueron á caer al pedestal de la cruz, quedando de bruces envuel­tos en lodo. El onagro, al arrojarlos de sí, lanzó un gemi­do de fiera. Sintieron entonces un olor insoportable de azu­fre y de carbón de piedra inglés, que luego se conociera ser cosa de Satanás.
   Y oyeron como un trueno subterráneo; y el puente se balanceaba como si las entrañas de la tierra se despeda­zasen.
   A pesar de su gran terror, y de invocar á la Virgen San­tísima, don Iñigo entreabrió los ojos para ver lo que pa­saba.
   Nosotros los hombres, acostumbramos á decir que las mu­jeres son curiosas. Nosotros sí que lo somos. Mentimos como unos bellacos.
   ¿Qué vería el caballero? Un hoyo abierto cerca de él en el puente, y que después continuaba en el agua.
   Y después en el lecho del río; y después en la tierra aden­tro, adentro; y después por el fondo del infierno, que otra cosa no podía ser un fuego muy rojo que brillaba en aquella profundidad.
   Tanto era así, que hasta vió pasar á través un demonio con un descomunal asador en las manos, en el que llevaba un judío atravesado.
   El Pardillo bajaba caracoleando por aquel boquete co­mo una pluma cayendo en día sereno de lo alto de una torre abajo.
   Aquel espectáculo hizo perder los sentidos á don Iñigo, que yendo á llamar á Jesús, halló que no podía proferir este nombre sagrado.
   Del terror, tanto el viejo como el mozo, quedaron allí des­mayados.
   Cuando volvieron en sí, al salir del claro sol, conocieron el sitio en que se hallaban. Era el puente próximo á la aldea de Nusturio, en cuyo alto se veía el castillo construido por don From, el sajón antepasado de don Diego López y pri­mer señor de Vizcaya.
   Ningún vestigio quedaba de lo que allí había pasado: los dos, rendidos y llenos de lodo y pisadas, se fueron arras­trando como pudieron hasta encontrar á algunos villanos, á quienes se dieron á conocer, y que los llevaron á casa.
   No os referiré las fiestas que por su venida se hicieron en Nusturio, porque no está lejos la hora de cenar, rezar y acostarse.
   Don Diego vivió poco tiempo: todos los días oía misa; todas las semanas se confesaba. Sin embargo, don Iñigo nunca más entró en la iglesia, nunca más rezó, y no hacía más que ir á la sierra á cazar.
   Cuando tenía que ir á las guerras de León, le veían su­bir á la montaña armado de todas armas, y volver de allí mon­tado en un gigantesco onagro.
   Y su nombre resonó en toda España, porque no hubo batalla en que entrase y se perdiese, y nunca en ningún en­cuentro fué herido ni derribado.
   Decían por lo bajo en Nusturio, que el ilustre barón te­nía pacto con Belzebut. Al menos era cosa de milagro.
   Medio condenado estaba por su madre: no tenía que ven­der sino la otra mitad de alma.
   Por ochenta por ciento de ganancia en un recibo de pago, la da entera al demonio cualquier usurero, y cree haber hecho un buen negocio.
   Sea como fuese, Iñigo Guerra murió viejo: lo que entonces pasó en el castillo no lo cuenta la historia. Como no quiero inventar mentiras, no diré más.
   Pero la misericordia de Dios es grande. A prevención, recen por él un Pater y un Ave. Si no le pudiesen aprovechar, sea por mí. Amén.




FIN







jueves, diciembre 19, 2013

"La Dama del Pie de Cabra" Trova Segunda - Alexandre Herculano



La  Dama del Pie de Cabra"
Trova Segunda

I
Era un día al anochecer: Don Iñigo estaba en la mesa; pero no podía cenar, que grandes desmayos le oprimían el corazón. Un paje muy querido y privado, que en pie, delante de él, esperaba sus órdenes, dijo entonces á don Iñigo:
—Señor, ¿por qué no coméis?
—¿ Qué he de comer, Briarte, si mi señor don Diego está cautivo de moros, según dicen estas cartas que ahora de él han venido?
—Mas su rescate no es para vos difícil: diez mil peones y mil caballeros tenéis en la mesnada de Vizcaya; vamos á correr tierras de moros: serán los cautivos rescate de vues­tro padre.
—El perro rey de León hizo paz con los cadís de To­ledo, y ellos son los que tienen apresado á mi padre. Los alcaides y autoridades del rey traidor y vil no dejarán pa­sar á la buena hueste de Vizcaya.
—¿ Queréis, señor, un consejo que no os costará una mo­neda?
—Dile, dile, Briarte.
—¿ Por qué no vais á la sierra á buscar á vuestra madre ? Según oigo contar á los viejos, es hada.
—¿Qué dices tú, Briarte? ¿Sabes quién es mi madre y qué clase de hada es ?
—Grandes historias he oído de lo que pasó cierta no­che en este castillo: érais vos pequeño y yo aun no había nacido. La verdad de esas historias sólo Dios la sabe.'
—Pues yo te la diré ahora; acércate acá, Briarte.
El paje miró en torno suyo, casi sin querer, y acercóse á su amo, era la obediencia, y además cierto poco de mie­do lo que le hacía acercar.
—¿Ves tú, Briarte, aquella ventana tapiada? Por allí fué por donde mi madre huyó. ¿Cómo y por qué? Apuesto á que ya te lo han contado.
—Sí, señor. Llevó consigo á vuestra hermana...
—Responde sólo á lo que te pregunte. Ya sé eso. Ahora cállate.
El paje bajó los ojos al suelo de vergüenza, que era hu­milde y de buena raza.

II

Y el caballero comenzó su narración:
—Desde aquel día maldito, mi padre tornóse meditabun­do; cavilaba y se desvivía preguntando á todos los monteros viejos si por ventura recordaban haber en su tiempo encontrado en los bosques brujerías ó hechizos. Aquí fué el no acabar de historias de brujas y de almas en pena.
Hacía muchos años que mi señor padre no se confesa­ba : algunos hacía también que testaba viudo, sin haber en­viudado.
Cierto domingo por la mañana amaneció alegre el día como si fuera de Pascua, y mi señor don Diego se levantó sañudo y triste como de costumbre.
Las campanas del monasterio, allá abajo en el valle, re­picaban alegremente, que parecía se abría el cielo. Púsose á escucharlas y sintió una tristeza que le hizo llorar.
—Iré á testar conel abad—se dijo á sí mismo,—quiero confesarme; ¿ quién sabe si esta tristeza es también obra de Satanás ?
El abad era viejecito, santo, santo, como no había otro.
A él se confesó mi padre. Después de decir mea culpa, contóle punto por punto la historia de sus amores.
—¡ Ay, hijo!—exclamó el padre;—hiciste matrimonio con un alma en pena.
—Alma en pena no sé—añadió don Diego;—pero era cosa del diablo.
—Era alma en pena, yo te lo digo, hijo—replicó el abad. —Sé la historia de es„ mujer de las sierras. Está escrita hace más de cien años en la última hoja de un santoral godo de nuestro monasterio. Las melancolías que te atormentan el corazón no me extrañan, porque las angustias y melanco­lías suelen acometer á los pobres excomulgados.
—¿Entonces, estoy yo excomulgado?
—De pies á cabeza, por dentro y por fuera, que no hay más qué decir.
mi padre, la primera vez en su vida, lloraba y le corría las barbas abajo.
      El bueno del abad animole como a un niño, le consolo como a un desgraciado. Despues pusose a contra la historia de la Dama de las Peñas, que es mi madre.... ¡Dios me salve!
      Y pusole por penitencia ir a combatir esos perros sarracenos por tantos años cuantos viviera en pecado, matando tantos de ellos cuantos  dias hubiesen pasado en dichos años. En la cuenta no entraban la seis semanas de la pasión de Cristo, en las que sería irreverencia tratar con la vil raza de los agarenos.
La historia de la hermosa dama de las sierras, palabra por palabra como estaba en la hoja blanca del santoral, de­cía así, según recordó el abad.


III


En el tiempo de los reyes godos, buen tiempo era aquél, había en Vizcaya un conde, señor de un castillo situado en montañas fragosas, cercado por los barrancos y cañadas de extenso encinar. En el encinar había todo género de caza, y Argimiro el Negro (así se llamaba el ricohome) gustaba, como todos los nobles barones de España, de tres cosas bue­nas : de la guerra, del vino y de las damas; pero aun más que de todo eso gustaba de cazar.
Tenía dama hermosa que era bella y condesa; vino, no había mejor bodega que la suya; caza, era cosa que en la selva no faltaba.
Su padre, que había sido cazador, cuando estaba para morir le llamó y le dijo:
-—Júrame una cosa que no te costará nada.
Argimiro juró que haría lo que su padre y señor le or­denase.
—Es que nunca mates fiera en cama y con cría, sea oso ó jabalí, ó venado. Si así lo hicieres, Argimiro, nunca en tus selvas y dehesas faltará en qué ejercites el más noble oficio de un hidalgo. Además de eso, si tú supieras lo que un día me aconteció... Escúchame, que es un horrible caso.
El viejo no pudo acabar, porque la muerte le clavó en aquel momento sus garras. Murmuró algunas palabras inin­teligibles, volvió los ojos y falleciós ¡Dios sea con su alma!
Pasaron después años: cierto día llegó al castillo del joven conde un mensajero del rey Wamba. Llamábale el rey á Toledo para que le ayudase con su mesnada contra el rebelde Paulo. Los otros nobles de las cercanías eran llama­dos como él.
Antes de partir juntáronse todos en el castillo de Argi­miro para hacer una gran cacería con más de cien alanos, sabuesos y lebreles, cincuenta monteros, é innumerables mo­zos de ballesta. Era una vistosa cacería.
Salieron con el alba; corrieron valles y montes; batieron bosques y breñas. Era ya mediodía y aun no habían levantado, jabalí, oso, cebra ó venado. Blasfemaban de rabia los caballeros, quejábanse y se mesaban las barbas.
Argimiro, que por larga experiencia conocía los sitios más profundos de la espesura, sintió en sus adentros una tentación del diablo.
—Mis huéspedes—decía—no se irán sin beber algunos canjilones de vino sobre una ó dos piezas de caza. Lo juro por el alma de mi padre.
Y, seguido de algunos monteros, con sus traillas de pe­rros, apartóse de la compañía y comenzó á andar, á andar, hasta que se lanzó por un valle abajo.
El valle era obscuro y triste; corría por medio un ria­chuelo triste y sombrío. Las orillas eran pedregosas y daban muchas vueltas.
Argimiró llegó á la primera vuelta del río: se detuvo, pú­sose á mirar en torno y halló lo que buscaba. Abríase una caverna en la margen fragosa que bajaba hacia la estrecha senda por donde el caballero caminaba. Argimiro entró en la boca de la cueva, y á una señal entraron tras de él mon­teros, ballesteros, alanos, sabuesos y lebreles, haciendo gran alboroto.               
Era la guarida de un onagro: la bestia dió un gemido, y dejando sus crías, extendióse en el suelo y bajó la cabeza como si suplicara.
—¡A ella! — gritó Argimiro; mas gritó volviendo la cara.
La trailla saltó sobre el pobre animal, que lanzó otro ge­mido y cayó todo ensangrentado.
Una voz sonó entonces en los oídos del conde, que de­cía :
—Huérfanos quedarán los cachorros del onagro; pero por el onagro tú quedarás deshonrado.
—¿Ouién se atreve aquí á decir agüeros?—gritó el rico- home, mirando á sus monteros.
Todos guardaron silencio, mas todos estaban pálidos.
Argimiro meditó un momento; después, saliendo de la cueva, murmuró:
—¡Vaya con mil Satanases!
Y entre los alegres toques de bocina y los ladridos de la trailla, hizo conducir al castillo la presa que habían he­cho.
      Y, tomando á su gerifalte en el puño, ordenó á los mon­teros fuesen á decir á los nobles cazadores que dentro de dos horas volviesen, porque hallarían en su palacio comida bien aparejada.
Después, seguido de los halconeros, encaminóse á la mansión señorial lanzando los halcones, y juntando caza de volatería, que en aquellos montes era muy abundante.


IV

Doblaba la campana de la torre del homenaje en el cas­tillo del conde Argimiro: doblaba por la bella condesa que su noble marido había matado.
Andas cubiertas de luto la llevaban á enterrrar al monas­terio vecino; los frailes van tras de las andas cantando las oraciones de los difuntos; después de los frailes va el rico- home, vestido de grosera estameña, ceñido con una cuerda, y rasgándose por entre las zarzas y piedras los pies que lle­vaba descalzos.
¿Por qué mató á su mujer, y por qué iba descalzo?
He aquí lo que sobre el particular refiere la leyenda es­crita sobre la hoja blanca del santoral.



V

    Dos años duraron las guerras del rey Wamba: guerras fueron dignas de contar.
Y  allá estuvo el ricohome con sus vasallos, criados y hom­bres de armas. Hizo ruidosas hazañas caballerescas; pero volvió cubierto de cicatrices, dejando en los campos de ba­talla gastada y consumida su valiente mesnada.
Y  caminando de Toledo hacia Vizcaya, seguíale apenas un viejo escudero. Viejo y lleno de canas y arrugas también él estaba, no de años, sino de penas y trabajos.
    Caminaba con triste y sombrío semblante, porque de su castillo le habían venido noticias de entristecer y enojar.
    Y cabalgando noche y día por montes y llanuras, por bosques y jarales, pensaba cómo descubriria si eran falsas ó verdaderas aquellas noticias de mal pecado.

VI

    En casa del conde Argimiro, un año despues de su partida áun todo daba muestras de la melancolía y pesar de la condesa : las salas estaban forradas de negro; negros eran sus trajes: en los patios interiores del palacio crecía la hierba de manera que se podia segar: las rejas y las celosías de las ventanas no se habian vuelto á abrir : las canciones de los siervos y siervas, los ecos de salterios y arpas habian dejado de sonar.
     Mas al cabo de segundo año todo aparecía mudado: las colgaduras eran de plata y colores; blancos y encarnados los trajes de la bella condesa; por las ventanas del palacio traspasaba el ruido de la música y de los saraos, y la casa de Argimiro estaba por dentro y por fuera adornada.
   Un antiguo colono del noble conde fué quien de estas mudanzas le avisara. Dolíanle tantas fiestas y placeres; do­líale la honra de su señor por lo que él veía y por lo que se murmuraba.
He aquí cómo sucedió el caso:

VII


    Lejos del condado del ilustre barón Argimiro el Negro, hacia el lado de Galicia, vivía un hombre gardingo, como quien dice infanzón, joven y gallardo, llamado Astrigildo ó Alvo.
    Contaba veinticinco años: los sueños de sus noches eran hermosas damas; eran amores y deleites; mas, al romper el alba, todos se deshacían, porque al salir al campo no veía sino pastoras curtidas del sol y las nieves, y siervas grose­ras de su casa.
    De éstas estaba cansado. A más de cinco había seduci­do con palabras; á más de diez comprado con oro; á más de otras diez, como noble y señor que era, brutalmente vio­lado.
    A los veinticinco años, ya en el libro de la justicia divi­na se le habían escrito más de veinticinco grandes maldades.
    Una noche soñó Astrigildo que corría selvas y valles con la rapidez del viento, montado en un onagro silvestre, y que después de correr mucho, llegaba muy de noche á una casa donde pedía hospedaje.
    Y que hermosa dama le recibía, y que en pocos ins­tantes uno de otro se día por debajo: un onagro del bosque estaba allí acostado como si fuese un manso jumento; era enteramente semejan­te á aquél con quien había soñado.
Sueños de tres noches, de fijo no mienten; Astrigildo bajó al valle á prisa: sin mover pie ni mano, el onagro de­jóse enfrenar y ensillar; y á Dios y á la ventura, el caba­llero cabalgó en él y se lanzó por la cuesta abajo.
Cumplíase todo punto por punto: el onagro no corría, volaba.
Mas el cielo comenzó á entoldarse al anochecer; la obs­curidad creció y rompió en viento, truenos, lluvia y rayos. El mancebo perdía de vista los montes, y el onagro doblaba la carrera y bufaba violentamente. Paróse, en fin, á desho­ra. Sin saber cómo, Astrigildo hallóse junto á las barreras de un solar almenado.
Tocó su bocina, que dió un son prolongado y trémulo, porque temblaba de susto y de frío. Apenas cesó de tocar, el puente levadizo bajó; muchos escuderos salieron á recibir­le entre antorchas, y las salas del palacio se iluminaron.
¡Era que también la condesa había soñado tres noches!
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VIII


La clepsidra apunta la hora de sexta nocturna, y aun dura el sarao en el castillo del señor de Vizcaya, porque la noble condesa y el gentil Astrigildo asisten á las danzas y juegos de los libertos y siervos, que para su divertimiento ejecu­tan en la sala de armas. Mas en un aposento bajo del cas­tillo, un hombre está en pie, con un puñal en la mano, mi­rar furibundo y cabello erizado, pareciendo escuchar can­ción lejana.
Otro hombre está delante de él, diciéndole:
—Señor, aun no es tiempo de castigar el pran pecado. Cuando se recojan, aquella luz que veis allí ha de apagar­se, subid entonces y hallaréis expedito el camino secreto á la cámara, que es la misma de vuestras bodas.
Y el que hablaba salió; de allí á poco la luz se apagó, y el hombre de los cabellos erizados y el mirar extraviado su­bió por una estrecha y tenebrosa escalera.
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IX
Cuando por la mañana temprano, el conde Argimiro, desde su balcón principal mandaba que llevasen el cuerpo de la condesa á un monasterio de señoras nobles que fun­dara para tener allí su enterramiento él y los de su casa, y decía á los hombres de armas que arrastrasen el cadáver de Astrigildo y lo despeñasen de un gran barranco abajo, vió un onagro montés acostado en un rincón del patio.
—Un onagro así de manso es cosa que nunca vi—dijo él al colono, que estaba en pie.—¿ Cómo veo aquí á este ona­gro?
El colono iba á responder, cuando se oyó una voz; di­ríase que el aire hablaba.
—Fué en él en quien vino Astrigildo: él es quien lo llevará. Por ti quedaron huérfanos los pequeñuelos del ona­gro, mas por vía del onagro quedaste ¡oh, conde! deshon­rado. Fuiste cruel con las pobres bestias: Dios acaba de vengarlas.
—¡Misericordia!—exclamó Argimiro, porque en aquel momento se acordó de la maldita cacería.
En este momento los hombres del conde salían con el cadáver ensangrentado del mancebo: el onagro, apenas le vió, saltó como un león en medio de la turba, que hizo huir, y cogiendo al muerto con los dientes, le arrastró fuera del castillo, y como si tuviese en sí una legión de demonios, fué á precipitarse con él, el barronco abajo.
Por eso el conde, ceñido de cuerda, y descalzo, iba tras los frailes y el túmulo. Quería hacer penitencia en el mo­nasterio, por haber quebrantado el juramento que había he­cho á su padre.
Las almas de la condesa y del gardingo cayeron de gol­pe en el infierno por haber dejado la vida en adulterio, que es pecado mortal.
Desde aquel tiempo las dos míseras almas se han apa­recido á mucha gente en los despoblados de Vizcaya: ella, vestida de blanco y encarnado, sentada en las peñas cantando dulces tonadas, él,retozando por allí cerca en figura de onagro.
    Tal fué la historia que el viejo abad contó á mi padre, y que él me relató á mí ántes de ir á cumplir su penitencia en esa guerra de moros que le fué tan fatal.
    Así concluyó Iñigo Guerra, Briarte, el paje Briarte, sentia erizársele los cabellos. Por largo tiempo quedó inmóvil en frente de su señor: ambos en silencio. El joven rico- home no podía probar bocado.
Sacó por fin de la escarcela la carta de don Diego para volverla á leer. Las miserias y lástimas que el ricohome allí contaba eran tales, que don Iñigo sintió que el llanto le co­rría abundante por las mejillas.
Entonces levantóse de la mesa para irse á acostar. Ni el barón ni el paje pegaron ojo en toda la noche: éste de medroso, aquél de desconsolado.
Y   en los oídos de Iñigo Guerra sonaban de continuo las palabras de Briarte: «¿ Por qué no vais á la sierra á bus­car á vuestra madre? Sólo por encantamiento sería, de se­guro, posible sacar de entre las garras de los moros al noble señor de Vizcaya».

Al fin rompió la alborada.

Continuara

miércoles, diciembre 18, 2013

"La Dama del Pie de Cabra" Trova Primera - Alexandre Herculano



La  Dama del Pie de Cabra"
Trova Primera


   Vosotros los que no creéis en brujas, ni en almas en pena, ni en travesuras de Satanás, sentaos aquí al hogar, bien juntos, al pié de mí, y os contaré la historia de Diego López, Señor de Vizcaya.
    Y no me digáis al acabar: «no puede ser.» ¿Acaso sé yo inventar estas cosas? Si la cuento es porque la leí en un libro muy antiguo casi tan antiguo como nuestro Portugal. El autor del libro la leyó en alguna parte, ó lo oyó contar, que es lo mismo, á algún juglar en sus versos.
    Es una tradición respetable; y quien no cree en las tradiciones irá adonde lo pague. Os juro que si me negáis esta certísima historia, sois diez veces más descreídos que Santo Tomás antes de ser tan gran santo. Y no sé si yo querré perdonaros como Cristo le perdonó.

    Silencio profundísimo porque voy á empezar.


II

   Don Diego López era un infatigable montero; Nieves de la sierra en invierno, Ardores del sol en verano, noches y madrugadas, de todo esto se burlaba.
    Por la mañana temprano de un día sereno estaba Don Diego en monte áspero y agreste esperando un jabalí, que batido por los cazadores, debía salir por aquel paraje.
    He aquí que comienza á oír cantar á lo lejos, era un bello cantar, bello cantar.
    Levantó los ojos hacia una peña que tenía enfrente; sobre ella estaba sentada una hermosa dama; era la dama quien cantaba.
    El jabalí queda libre por esta vez, porque Don Diego López no corre, vuela hacia el peñasco
    « ¿Quién sois vos, señora, tan gentil? ¿ Quién sois que así me cautivasteis? »
    «Soy de tan alto linaje como tú, porque vengo de raza de reyes como tú, señor de Vizcaya. »
    Si ya sabéis quien soy, ofrézcoos mi mano y con ella mis tierras y vasallos.»
     «Guarda tus tierras, Don Diego López, que pocas son para correr tus monterías, para descanso y recreo de tan buen caballero. Guarda tus vasallos, señor de Vizcaya, que
pocos son para batirte la caza.»
     «¿Qué dote, pues, gentil dama , os puedo ofrecer digna de vos y de mí ? Que si vuestra belleza es divina yo soy en toda España el rico home más hacendado.»
      «Rico home, rico home, lo que te aceptaría en arras es cosa de poco valer; más á pesar de eso no creo que me lo concedas, porque es un legado de tu madre la ricahembra de
Vizcaya.»
    «Y si yo te amase más que á mi madre ¿por qué no te cedería cualquiera de sus muchos legados? »
      «Entonces si quieres verme siempre al lado tuyo, no jures que harás lo que dices; mas dame de ello tu palabra.»
    «A fe de caballero no daré una; daré mil palabras.»
      « Pues sabe que para ser tuya es preciso que te olvides de una cosa que la buena rica-hembra te enseñaba de pequeño, y que estando para morir aún te recordaba.»
      « ¿De qué, de qué, doncella? preguntó el caballero con los ojos extraviados. ¿De nunca dar tregua á la morisma? Soy buen cristiano guardémonos de esa raza condenada.»
    «No es eso, señor caballero, interrumpió la doncella riendo ; de lo que yo quiero que te olvides es de la señal de la cruz -, lo que yo quiero que me prometas es que nunca más has de persignarte.»
    «Eso ya es otra cosa», replicó Don Diego, que en las orgías y libertinaje perdiera el camino del cielo. Y púsose a reflexionar un poco.
    «Y reflexionando decíase así mismo: ¿De qué sirven beaterías? Mataré doscientos moros más y daré una heredad á Santiago. Lo uno por lo otro. Un regalo al apóstol de doscientas cabezas de agarenos vale bien un pecado gordo.»
     Y levantando los ojos hacia la dama, que sonreía con ternura, exclamó: «sea así; está dicho. ¡Vaya con seiscientos diablos!»
    Y llevando la bella dama en los brazos cabalgo en la mula en que venía montado. Sólo cuando de noche en su castillo pudo examinar minuciosamente las formas desnudas de la airosa dama, notó que tenía los píes torcidos como los de cabra.


III


    Dirá ahora alguno: ¿Era acaso el demonio el que entró en casa de Don Diego López? ¡Lo que allí sucedería! Pues sabed que no sucedió nada.
    Años vivieron la dama y el caballero en buena paz y unión. Dos argumentos había de esto: Don Iñigo Guerra y Doña Sol,
encantos ambos de su padre
     Un día por la tarde, Don Diego volvió de montería: traía un jabalí grande, muy grande. La mesa estaba puesta. Mando conducirlo a la sala donde comía para regalarse la vista con la excelente presa  que había cazado. Su hijo sentose a su lado: Al lado la Madre Doña Sol: y comenzaron alegremente su comida.
       «Buena montería, Don Diego, decía su mujer; fue una buena y valiente cacería.»
     « Por las tripas de Judas, respondió el varón; que hace ya cinco años no he cogido oso ni jabalí que valga lo que este.»
     Después, llenando de vino su copa de plata muy lujosa y labrada, la vació de un golpe  a la salud de todos los ricos homes, montañeses y cazadores.
     Y en comer y beber  duró hasta la noche el yantar.


IV

    Ahora debéis de saber que el señor de Vizcaya tenía un alano á quien quería mucho; rabioso en la lucha con las fieras, manso con su dueño y los servidores de casa.
    La noble mujer de Don Diego tenía una podenca negra como azabache, lista y ligera, que no había más que pedir, no menos querida de ella.
     El alano estaba gravemente sentado en el suelo, frente á Don Diego López, con las largas orejas caídas y los ojos medio cerrados como si durmiera.
    La podenca negra corría por el aposento viva é inquieta, escurriéndose como un diablillo el pelo liso y suave le relucía con un reflejo rojizo.
    El barón, después del brindis urbi et orbi hecho á los monteros, agotaba con una larga letanía de brindis particulares, á cada uno de ellos una copa.
     Estaba como cumplía á un rico home ilustre, que no tenía que hacer en este mundo más que dormir, beber y cazar.
    Y el alano cabeceaba como un viejo abad en su coro  y la podenca saltaba.
    El señor de Vizcaya tomó entonces un pedazo de oso con carne y medula y tirándoselo al alano le grito:  “Silvano, toma tú que eres cazador: lleve el diablo o la podenca que no sabe sino correr y retozar.
     El perrazo abrió los ojos, estiro después la pata sobre el hueso y abriendo la boca. Mostró los dientes afilados. Parecía reírse, aunque  sin expresión.
    Mas luego exhalo un alarido y cayó pateando medio muerto; la podenca de un salto se le tiro a la garganta y el alano agonizaba.
     «Por las barbas de Don From, mi bisabuelo, exclamo Don Diego, poniéndose de pie, trémulo de cólera y de vino. La maldita perra me mato al mejor alano de la  trahilla; mas juro que la he de desollar.»
     Y empujando con el pie al perro moribundo miraba las profundas heridas del pobre animal que espiraba
     «A fe que nunca vi tal. ¡Virgen Bendita! Aquí hay enredo de Belzebut.»  Y diciendo y haciendo se santiguaba y persignaba.
     «Uy!»  Grito su mujer como si la hubieran quemado. El Barón miro hacia ella; la vio con los ojos brillantes, el rostro negro, la boca torcida y los cabellos erizados.
     E ibase levantado, levantando en el aire, con la pobre Doña Sol abrazada debajo del brazo izquierdo: el derecho lo extendía por cima de la mesa hacia su hijo Don Iñigo de Vizcaya.
    Y aquel brazo crecía, alargándose, hacia el infeliz, que de miedo no se atrevía ni á menearse ni á hablar.
   Y la mano de la dama era negra y reluciente como el pelo de la podenca, y las uñas habíanle crecido medio palmo y encorvado en forma de garras.
     «Jesús, santo nombre de Jesús o gritó don Diego, á quien el terror disipara los vapores Y cogiendo á su hijo con la izquierda hizo en el aire con la derecha una y otra vez la señal de la cruz.»

    Y su mujer dio un gran gemido y dejó el brazo de Iñigo Guerra, que ya tenía cogido, y continuando subiendo hacia el techo, salió por una gran ventana llevando á la hija que lloraba mucho.
    Desde aquel día no se supo más ni de la madre ni de la hija. La podenca negra desapareció por tal arte, que nadie en el castillo volvió á echarla la vista encima.
    Don Diego López vivió mucho tiempo triste fastidiado, porque ya no se atrevió á ir de montería. Determinó un día consolar su tristeza, y en vez de ir á caza de jabalíes, osos
ó cebras, salir á caza de moros.
    Mandó, pues, levantar el pendón, desenmohecer y pulir la caldera y probarla sus arneses. Entregó á Iñigo Guerra, que ya era mancebo y caballero, el mando de sus castillos, y partió con lucida mesnada de hombres de armas á la hueste del rey Ramiro que iba en són de guerra contra la morisma de España.


Por mucho tiempo no hubo de él en Vizcaya, ni nuevas ni mensajeros. 


Continuara