Montaña y Arbol

Poesía, Cuentos, Arte y Literatura

viernes, septiembre 12, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Octava Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)





LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Octava Elegía


Dedicada a Rudolf Kassner
Con todos los ojos ve la criatura

lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara del animal,
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia afuera, quizás con gran mirada
animal. Los amantes —si no estuviera el otro,
que obstruye la vista— se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través de nosotros.
Esto se llama destino. Estar en frente y nada más que eso,
y siempre en frente.

Si existiera una conciencia como la nuestra en el seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a sí mismo
en el todo, y salvado para siempre.

Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también siempre lleva consigo lo que a nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como impelidos,
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él híbrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el vientre que la parió.
Oh, suerte del mosquito, que aun adentro retoza,
incluso en sus bodas: pues el vientre es todo.
Y mira, la media seguridad del pájaro que, desde
su origen, casi conoce ambas cosas, como si fuera un alma
de los etruscos, [17] salida de un muerto, a quien
un espacio acogió, pero con la figura yacente como tapa.
Y qué perplejo está quien debe volar, y proviene
de un vientre. Como espantado de sí mismo, zigzaguea
en el aire, como cuando una grieta se abre en una taza.
Así cruza el rastro del murciélago la porcelana del anochecer.

Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.

¿Quién nos ha volteado así, que hagamos lo que hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más todo
su valle, voltea, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos despidiendo.


      [17] El etrusco muerto tiene doble morada: el cadáver dentro, y su representación gráfica sobre la tapa del sarcófago (Leishmann).

Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco


miércoles, septiembre 10, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Séptima Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)





LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Séptima Elegía



Ya no cortejar, no hacer la corte; voz emancipada

sea la naturaleza de tu grito; aunque gritaste
con la pureza del ave, cuando la nueva estación lo alza,
casi olvidando que es un inquieto animal y no solamente
un corazón único lo que ella lanza a las alturas,
a los cielos íntimos. Como él, así, nada menos,
seguramente también cortejarías una amiga,
todavía invisible, la silenciosa, que supiera de ti;
en la que lentamente una respuesta despierta,
se calienta al ser escuchada: para tu osado
sentimiento, la que siente, encendida.
Oh y la primavera comprendería, no hay lugar donde
no se oyera la tonada de la anunciación. Primero
esa pequeña algarabía interrogativa,
a la que con creciente calma rodea, desde la lejanía,
con su silencio, un día afirmativo, puro.
Luego los escalones ascendentes, escalones sonoros,
hacia el soñado templo del futuro; luego el gorjeo,
el surtidor, que en su chorro impetuoso ya anticipa
la caída en juego promisorio... Y delante, el verano.
No solamente todas las mañanas del verano, no solamente
cómo ellas se transforman en día e irradian
comienzo. No solamente los días que son suaves, alrededor
de flores, y arriba, de árboles bien conformados,
fuertes y poderosos. No sólo el fervor de estas fuerzas
desplegadas, no sólo los caminos, no sólo los prados
en la tarde, no sólo, después de la tormenta tardía,
la claridad respirada. No sólo el sueño próximo y un
presentimiento, al atardecer... ¡Sino las noches!,
sino las noches altas, las noches de verano.
Sino las estrellas, las estrellas de la tierra.
¡Oh, ya estar muerto, y conocerlas interminablemente,
todas las estrellas: pues cómo, cómo, cómo olvidarlas!




Mira, he llamado a la amante. Pero no vendría sólo
ella... De tumbas endebles saldrían muchachas
y estarían aquí... ¿Pues cómo restringiría,
cómo, la llamada de mi llamado? Los hundidos siempre
buscan aún la tierra. Ustedes, niños: una cosa
aquí aprendida de una buena vez valdría por muchas.
No crean ustedes que el destino es más de lo que cupo
en la infancia; con qué frecuencia ustedes rebasarían
al amado, jadeando, jadeando por la carrera bendita,
en pos de nada, en campo abierto. Estar aquí
es magnífico. Ustedes lo sabían, chicas, también
ustedes, las al parecer incapaces de hundirse, ustedes,
en las callejuelas más odiosas de las ciudades,
supurantes, o abiertas a la inmundicia. Pues para cada
una de ustedes hubo una hora, quizás ni una hora
completa, apenas medible en medidas de tiempo, entre
dos momentos, donde tuvieran realmente existencia.
Toda. Las venas llenas de existencia.
Sólo que olvidamos tan fácilmente lo que el vecino,
riendo, ni nos confirma ni nos envidia. Visiblemente
queremos alzarlo, mientras que la dicha más visible,
en realidad, sólo se nos da a conocer cuando
la transformamos interiormente.

En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino adentro.
Nuestra vida avanza transformando. Y decrece cada vez
más lo de afuera, hasta la insignificancia. Donde hubo
una casa permanente, se nos propone ahora, de través,
una figura mental, completamente perteneciente
a la imaginación, como si estuviera del todo aún
en el cerebro. Amplios graneros de fuerza se crea
el espíritu del tiempo, amorfos como el tenso impulso
que obtiene de todo. Ya no conoce templos. Este derroche
del corazón lo ahorramos en secreto. Sí, donde sobrevive
todavía una cosa, una sola cosa a la que en otro tiempo
se rezaba, se veneraba, o frente a la cual arrodillarse,
ya se remonta, tal como es, a lo invisible. Muchos
ya no la advierten; carecen de la ventaja de construirla
ahora, internamente, con columnas y estatuas,
¡más grande!

Cada sorda vuelta del mundo tiene tales desheredados,
a quienes no pertenece ni lo anterior ni, todavía,
lo venidero. Pues aun lo venidero más cercano está lejos
de los hombres. Y esto no debe desconcertarnos, sino
fortalecernos en la conservación de la forma aun
reconocida. Esto estuvo en pie alguna vez entre
los hombres, estuvo en mitad del destino; estuvo
en el aniquilador desconocido, en mitad del hacia dónde,
como si existiera; y dobló hacia sí las estrellas
de los cielos garantizados. Angel, a ti también
te lo muestro, ¡ahí! Que en tu mirada se ponga en pie,
finalmente salvado, ahora finalmente erguido. Columnas,
pilonos, [16] la esfinge, la ambiciosa resistencia gris,
en la ciudad que se desvanece, o en la extranjera, de la catedral.

¿No fue esto un milagro? ¡Maravíllate, oh Angel, pues eso
somos nosotros, nosotros! ¡Oh tú, el grande, cuéntalo!:
que nosotros fuimos capaces de algo así, mi aliento
no alcanza para celebrarlo. De modo que, a pesar de todo,
no hemos desperdiciado los espacios, estos generosos
espacios nuestros. (Qué terriblemente grandes deben ser,
para que en milenios nuestro sentimiento no los colmara.)
Pero una torre fue grande, ¿no es cierto? Oh ángel,
lo fue. ¿Fue grande, aun junto a ti? Chartres fue
grande, y la música llegó más lejos aun y nos sobrepasó.
Sin embargo, incluso solamente una amante, oh, sola
en la ventana nocturna... ¿te llegaba siquiera
a la rodilla? No creas que estoy cortejando, ángel,
¡y aun si te cortejara! No vienes. De modo que mi
llamada es siempre totalmente de ida; contra corriente
tan vigorosa no puedes andar. Como un brazo extendido
es mi llamada. Y su mano, abierta hacia arriba
para alcanzar, permanece ante ti, abierta,
como defensa y como advertencia,
inasible, lejos allá arriba.



      [16] Las fachadas de los templos egipcios.

Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco

lunes, septiembre 08, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Sexta Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)



LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Sexta Elegía

Higuera: desde hace cuánto tiene sentido para mí
cómo omites las flores casi por completo,
y dentro del fruto tempranamente resuelto,
sin pompa alguna, encajas tu secreto puro.
Como el tubo de la fuente, tu curva rama impulsa
la savia hacia arriba y hacia abajo: y brota del sueño,
casi sin despertarse, a la dicha de su más dulce
resultado. Mira: como el dios en el cisne.
... Pero nosotros nos demoramos
ay, celebrándonos en el florecer, y ya delatados,
entramos en el meollo retrasado de nuestro fruto
perecedero. En algunos el impulso de la acción afluye
con tal fuerza, que ya se aprestan y arden
en la abundancia del corazón, cuando la seducción
de florecer, como suave viento nocturno, les roza
la juventud de la boca, los párpados:
son quizás los héroes y los destinados pronto para
el otro lado, aquéllos a quienes la muerte jardinera
les tuerce las venas de manera diferente.
Estos se arrojan hacia adelante: a su propia sonrisa
preceden, como el grupo de caballos en la imagen
suavemente moldeada en Karnak del rey victorioso.

Pues extrañamente cercano es el héroe a los jóvenes
muertos. La duración no lo estrecha. Su camino
ascendente es la existencia. Continuamente se remonta
y entra en la cambiada constelación de su constante
peligro. Ahí lo encontrarían unos cuantos. Pero
el destino, que nos oculta tenebrosamente, súbitamente
exaltado, lo canta, introduciéndolo en la tormenta
de su mundo rugiente. A nadie escucho como a él.
De un golpe me traspasa, con el aire en ráfagas, su tonada sombría.

Entonces, con qué gusto me escondería de la nostalgia:
Oh, si yo fuera, si fuera un muchacho, y pudiera
todavía llegar a serlo, y sentarme, apoyado
en brazos futuros, leyendo sobre Sansón,
cómo su madre parió primero nada, y luego todo.

¿No era ya héroe en ti, oh madre, no empezó
ya ahí, en ti, su elección soberana?
Miles fermentaban en el vientre y querían ser él,
pero mira: él cogió y escogió, eligió y pudo.
Y si derribó las columnas, ello ocurrió cuando irrumpió
fuera del mundo de tu cuerpo, en el mundo más estrecho,
donde siguió eligiendo y pudiendo. ¡Oh madres
de héroes! ¡Oh veneros de torrentes impetuosos!
Vuestros barrancos, en los que, desde lo alto del borde
del corazón, lamentándose, ya las muchachas
precipitadas, víctimas futuras para el hijo.
Pues cuando el héroe llegó atronando, a través
de las estaciones del amor, todo corazón que por él
latía lo alzó y lo alejó más de sí: ya apartado,
él permanecía de pie al final de las sonrisas, vuelto
otro.


Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco

viernes, septiembre 05, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Quinta Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)



LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Quinta Elegía


Dedicada a Frau Hertha Koening [9]


¿Pero quiénes son ellos, dime, los ambulantes, los que

son un poco más fugaces aún que nosotros mismos,
los urgentemente retorcidos, desde pequeños, por qué
—¿por amor de quién?— voluntad nunca satisfecha?
Pero ella los retuerce, los dobla, los entrelaza, los
hace girar, los arroja y los vuelve a atrapar;
como provenientes de un aire aceitado y más terso,
bajan a la alfombra desgastada, luida por su salto
perpetuo, a esta alfombra perdida en el universo.
Colocada como un parche, como si ahí el cielo
de los suburbios hubiese herido la tierra.
Y apenas ahí,
derecha, presente y revelada: la gran inicial
del Estar-Ahí [10]..., pues incluso a los hombres
más fuertes los aplasta nuevamente, por broma, la mano
crispada siempre próxima, como a un plato de estaño
Augusto el Fuerte en la mesa. [11]
Ay, y alrededor de este
centro, la rosa del espectáculo: [12]
florece y se deshoja. Alrededor de este pisón,
este pistilo, reencontrado por su propio polvo florido,
para volver a fecundar el fruto aparente del tedio,
su tedio nunca consciente —reluciendo con la más
delgada superficie de ligera, aparente sonrisa.

Ahí, el marchito, arrugado levantador de pesos, [13]
el viejo, el que ya nada más toca el tambor,
contraído dentro de su piel poderosa, como si antes
hubiera contenido dos hombres, y ya uno
yaciera ahora en el panteón, y él sobreviviera al otro,
sordo y a veces un poco
confundido en la piel viuda.

Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo
de un pescuezo y de una monja: tirante, relleno, tenso
de músculos y de simpleza.

Oh, ustedes,
a los que en otro tiempo, una pena, que era pequeña
todavía, los recibió, como juguete, en una
de sus largas convalecencias...

Tú, que caes con el golpe
que sólo las frutas conocen, verde todavía,
diariamente cientos de veces del árbol del movimiento
construido en común [14] que, más rápido que el agua,
en escasos minutos tiene primavera, verano y otoño),
cae y golpea sobre la tumba;
algunas veces, a media pausa, quiere asomar en ti
un amable rostro para tu madre, rara vez tierna,
pero se pierde sobre tu cuerpo, que lo consume
en su superficie, el tímido gesto apenas intentado...
Y nuevamente el hombre da una palmada anunciando
el salto a tierra, y antes de que, en las cercanías
del corazón siempre encarrerado, se distinga en ti
claramente un dolor, le llega el ardor
de las plantas de los pies a él, su salto originario:
primero en ti, en los ojos, con un par de lágrimas
fugitivas, físicas. Y sin embargo, a ciegas,
la sonrisa...

¡Angel! Oh, tómala, arráncala, la hierba curativa,
florida y pequeña. Haz una vasija, ¡guárdala! Colócala
entre esos goces que todavía no están abiertos
para nosotros; en una urna hermosa alábala
con una inscripción elocuente y florida:
“Subrisio Saltat” [15]
Entonces tú, preciosa,
tú, de los goces más excitantes
muda omisión. Quizás son
tus rizos dichosos para ti;
o sobre los jóvenes
pechos tensos, la seda verde, metálica,
se sienta interminablemente mimada y no le falta nada.
Tú,
colocada una y otra vez de modo diferente, sobre
todos los oscilantes platillos de la balanza,
fruta de la serenidad, llevada al mercado,
públicamente, entre los hombros.

¿Dónde, oh dónde está el lugar —lo llevo
en el corazón— donde ellos, ni de lejos, podían
desprenderse unos de otros, como encabalgándose,
no exactamente como animales apareados; donde los pesos
de la balanza todavía tienen gravidez, donde todavía,
de sus varas inútilmente oscilantes, los platillos
se tambalean...

Y de pronto, en este penoso ningún lado, de pronto,
el inefable sitio donde el puro demasiado-poco
incomprensiblemente se transforma, trocándose
en ese vacío demasiado-mucho.
Donde la cifra de muchos números
se queda sin ninguno.

Plazas, oh plaza en París, teatro interminable,
donde la modista, Madame Lamort,
enlaza, teje los incansables caminos del mundo, cintas
infinitas, y encuentra nuevas formas de enlazarlas:
volantes, flores, escarapelas, frutas artificiales,
todas falsamente coloreadas, para los baratos
sombreros de invierno del destino.

* * * *

Angel: si hubiera una plaza que no conociéramos, y ahí,
sobre una alfombra inefable, los amantes mostraran
aquéllas, las que aquí nunca lograron hacer posibles:
las audaces, altas figuras de los impulsos del corazón:
sus torres de placer, levantadas desde hace mucho,
donde nunca hubo suelo, solamente escalones
que se apoyan uno en otro, temblorosos —si pudieran
hacerlo, ante los espectadores en corro, entonces,
¿los innumerables muertos silenciosos, arrojarían
sus últimas, siempre ahorradas, siempre secretas,
desconocidas para nosotros, eternas monedas vigentes
de la felicidad, ante la pareja, por fin verdaderamente
sonriente, sobre la apaciguada
alfombra?




     [9] Propietaria (en 1915) del cuadro de Picasso Les Saltinbanques(pintado en 1905) al que Rilke alude varias veces en esta elegía. Ver notas 10, 12, 13 y 14.


      [10] La gran inicial es la letra D de “Dastehen” y de “Dasein”, existir (muchas metáforas e ideas poéticas de Rilke fueron retomadas por la filosofía de Heidegger); según Eudo C. Mason, las figuras de los saltimbanquis en el cuadro de Picasso conforman una especie de letra D, de la que el arlequín constituiría la línea vertical y el niño más chico el final de la curva. (La mujer del extremo está fuera del grupo de los saltimbanquis, y más bien representa al espectador).

      [11] Príncipe elector de Sajonia, se divertía deformando platos de estaño con la mano (Barjau).

      [12] Glosa de toda la estrofa —resumida del comentario de Leishmann: los saltimbanquis configuran la flor del espectáculo, su centro, su pistilo; con sus saltos sobre la tierra, como manos de mortero o triturador, o pisones (“Stampfer”), levantan polvo florido, que a manera de polen los refertiliza. Así surge la rosa del espectáculo, aparente o falsa flor del tedio, que provoca la sonrisa igualmente superficial, ligera y luminosa, del tedio de los propios saltimbanquis.

      [13] En el cuadro de Picasso, el ex-hombre fuerte, el saltimbanqui gordo, con gorro. Se describen luego otras figuras: el "Hijo de un pescuezo y de una monja" es el arlequín; quien cae "con el golpe que sólo las frutas conocen", el niño más pequeño; la mujer del extremo es acaso su madre "rara vez tierna"; del adolescente del tambor no se hace mayor mención; la muchacha es la “fruta de la serenidad, llevada al mercado”.

      [14] El árbol humano —en gimnasia, pirámide— que construyen, montados unos sobre otros, los saltimbanquis.

      [15] Abreviación de una frase latina: “Subrisio Saltatoris”, la sonrisa de los saltimbanquis. Inscripción a manera de los membretes de los herbolarios y las farmacopeas medievales para las sustancias curativas y mágicas.





Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco

miércoles, septiembre 03, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Cuarta Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)





LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Cuarta Elegía


Oh árboles de vida, ¿cuándo el invierno?

Nosotros no vamos al unísono. No somos sensatos
como las aves migratorias. Retrasados y tardíos,
nos imponemos repentina, forzadamente a los vientos,
y nos derrumbamos sobre un estanque indiferente.
Sabemos al mismo tiempo florecer y marchitarnos.
Y por algún lado andan todavía los leones y no saben,
mientras siguen siendo majestuosos, de impotencia alguna.
Pero nosotros, cuando queremos una cosa, siempre,
ya estamos acariciando la otra. La hostilidad
es en nosotros lo primero. ¿Acaso los amantes
no están siempre poniéndose límites, uno a el otro,
ellos, que se prometían espacios, presa, hogar?
Ahí, para un dibujo instantáneo, se elabora
penosamente un fondo de contradicciones, de modo
que lo veamos; pues somos demasiado claros,
no conocemos por dentro el contorno del sentimiento, sino
solamente lo que se forma por fuera. ¿Quién no se sentó
inquieto frente al telón de su corazón? El telón
se levantó: el escenario era de despedida. Fácil
de entender. El jardín conocido, y oscilaba un poco:
entonces apareció primero el bailarín. No éste. Basta.
Y aunque sea ligero al actuar, está disfrazado
y se convierte en un burgués, que cruza por su cocina,
entra a casa. No quiero estas máscaras a medio llenar,
prefiero la marioneta. Está llena. Quiero soportar
sobre mí su cáscara, el alambre, su rostro meramente
exterior. Aquí. Ya estoy adelante. Incluso si apagan
las luces, si me dicen: "Ya se acabó"; incluso si
del escenario llega el vacío con la gris ráfaga de aire;
incluso si ninguno de mis silenciosos ancestros continúa
sentado junto a mí, ninguna mujer, ni siquiera
el muchacho de los ojos bizcos, cafés [8] : me quedo,
a pesar de todo. Siempre hay algo qué ver.

¿No tengo razón? Tú, a quien en mí la vida
supo tan amarga, cuando probaste la mía, padre,
la primera infusión turbia de mi deber;
conforme yo crecí seguiste probándola, y todavía
ocupado en el regusto de un futuro tan extraño,
examinabas mi mirada empañada; tú, padre mío, desde
que estás muerto, dentro de mí, en mi esperanza,
con frecuencia tienes miedo, y me envías serenidad,
como la tienen los muertos, reinos de serenidad,
para mi pizca de destino, ¿no tengo razón? Y ustedes,
¿no tengo razón?, ustedes, las que me amaron
por el pequeño comienzo de amor hacia ustedes,
del que siempre me aparté, porque, para mí, el espacio
dentro de vuestros rostros, aunque lo amara,
se transformaba en un espacio cósmico
donde ustedes ya no estaban... ¿No tengo razón
en esperar, cuando me siento con ganas de esperar,
frente al teatro de títeres? ¿No la tengo, en mirarlo
tan intensamente, de modo que, para contrapesar
mi espectáculo, finalmente haya de venir un ángel,
a manera de actor, que ponga en pie los muñecos?
Angel y marioneta: por fin hay espectáculo. Entonces
se une lo que nosotros siempre desgarramos con solo
estar aquí. Sólo entonces surge de nuestros propios
cambios de estación el círculo de todo el cambio.
Encima de nosotros y más allá entonces actúa el ángel.
Mira, los moribundos, ¿no han de sospechar acaso cómo
todo lo que aquí realizamos es, completamente,
un pretexto? Ninguna cosa es ella misma. Ah, horas
de infancia, cuando detrás de las figuras había algo más
que el mero pasado, y delante de nosotros, ningún futuro.
Cierto, crecíamos, y a veces nos empeñábamos en hacernos
mayores demasiado rápido, en parte por amor a aquéllos,
que ya no tenían otra cosa que el ser mayores.
Y sin embargo, cuando estábamos en nuestra soledad
nos divertíamos con la permanencia y perdurábamos ahí,
en la brecha entre el mundo y el juguete, en un lugar
que desde el principio se había establecido para
un acontecimiento puro.

¿Quién mostrará un niño, tal como existe? ¿Quién
lo colocará en la constelación y le dará en la mano
la medida de la distancia? ¿Quién hará la muerte niña
con pan gris, que se endurece? ¿O se la dejará ahí,
en la boca redonda, como en el corazón de una hermosa
manzana?... Los asesinos son fáciles de entender. Pero
esto: la muerte, la muerte total, aun antes de contener
la vida tan dulcemente, y no ser malo, es
indescriptible.



      [8] Este chico tiene algún sentido autobiográfico, pero sobre todo refiere al personaje Erik Brahe, de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge






Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco

lunes, septiembre 01, 2014

LAS ELEGÍAS DEL DUINO - La Tercera Elegía - Rainer María Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)



LAS ELEGÍAS DE DUINO (1922)

La Tercera Elegía


Una cosa es cantar a la amada. Otra, ay, ese oculto,

culpable, río dios de la sangre. Aquél a quien ella
lejanamente conoce, su muchacho, ¿qué sabe él,
realmente, del señor del placer, quien con frecuencia,
desde su soledad, antes de que la muchacha lo sosegara,
incluso como si ella no existiera, oh, chorreando
de qué incognoscible, levantaba su cabeza de dios,
convocando a la noche a la revuelta interminable?
Oh, Neptuno de la sangre; oh, su terrible tridente.
Oh, el oscuro viento de su pecho desde la retorcida
caracola. Escucha cómo la noche se ahonda y ahueca.
Ustedes, estrellas, ¿acaso no viene de ustedes, el placer
del amante en el rostro de su amada? ¿No recibió
el amante su íntima visión del puro rostro de la amada,
del astro puro?

Ni tú, ay, ni su madre, al muchacho,
le tendieron tan expectante arco de las cejas.
No fue junto ti, muchacha que sientes al muchacho, no
fue junto ti, que sus labios se curvaron
en la expresión más fértil. ¿De veras crees que tu leve
aparición lo sacudió, tú, la que camina como brisa
matinal? Le aterraste el corazón, sí, pero terrores
más antiguos se arrojaron sobre él durante el choque
en que ustedes se unieron. Llámalo... tu llamado
no lo separará del todo del compañero oscuro. Cierto,
él quiere, se escapa; aliviado, se acostumbra
a tu corazón secreto, se toma a sí mismo y empieza.
¿Pero empezó él alguna vez? Madre, tú lo hiciste
pequeño, tu fuiste quien lo empezó; para ti fue nuevo,
tú doblaste sobre los ojos nuevos el mundo amistoso
y rechazaste el extraño. ¿Dónde, ay, quedaron los años
cuando tú apartabas de él, con sólo tu delgada figura,
al bullente caos? Así le escondiste muchas cosas;
el cuarto, sospechoso en las noches, se lo hiciste
inofensivo; con tu corazón lleno de refugio mezclaste
a su espacio nocturno un espacio más humano.
No en la oscuridad, no, sino dentro de tu ser
más cercano, pusiste la lámpara, que brillaba
como surgida de la amistad. En ningún lugar
ni un crujido que no explicaras sonriendo,
como si desde mucho tiempo atrás supieras, cuándo
las duelas se comportan así...Y él te escuchó
y se sosegó. De tanto era capaz, tiernamente,
cuando se alzaba, tu presencia; detrás del armario
se levantó, en abrigo, su destino, y su intranquilo
futuro fue semejante a los pliegues de la cortina,
que se remueven con facilidad.

Y El, el que ha recibido alivio, acostado, bajo
párpados adormecidos disolviendo tu ligera dulce
figura, mientras saborea su antesueño, parecía
protegido... Pero, dentro: ¿quién defendía,
quién dentro de él impedía las altas mareas del origen?
Ay, ninguna medida de precaución había ahí,
en el durmiente; durmiendo, pero soñando, pero
enfebrecido: ¡cómo se aventuraba! El, el nuevo,
el medroso, cómo se atascó entre las proliferantes
lianas del acontecimiento interior, enmarañado hasta
ser algo exótico, una maleza estrangulante, bestiales
formas que se daban caza. Cómo se entregaba. Amaba.
Amaba su interior, su selva interna, este bosque
originario en él, sobre cuyo mudo ser de derrumbes, [7]
de un verde luminoso, su corazón se levantaba. Amaba.
Lo abandonó, siguió adelante por las propias raíces
hacia el poderoso origen, donde su pequeño nacimiento
ya había sobrevivido. Amando, descendió a la sangre
más vieja, a los barrancos donde yace lo terrible,
todavía ahíto de los padres. Y todos los terrores
lo conocieron, le guiñaron, como si estuvieran
de acuerdo. Sí, lo horrible sonrió... Rara vez
has sonreído con tal ternura, madre. Cómo él no iba
a amar lo que le sonreía. Antes que a ti lo amó a él,
pues cuando lo concebías, ya estaba disuelto en el agua,
que aligera el germen.

Mira, nosotros no amamos, como las flores, gestados
durante un solo año; nos sube, cuando amamos,
por los brazos, una savia inmemorial. Oh, muchacha,
esto: que nosotros no amamos dentro en nuestro adentro,
lo único, ni lo venidero, sino a la fermentación
innumerable; no al niño individual, sino a los padres,
que como los escombros de la montaña fundamentan
nuestro suelo; sino como el seco lecho del río
de madres antiguas; sino todo el paisaje silencioso
bajo el destino nublado o claro: esto llegó antes
que tú, muchacha. Y tú misma, ¿qué sabes?; tú
conjuraste lo primigenio en el amante. Qué sentimientos
bulleron, emergiendo de los seres desaparecidos.
Cuántas mujeres te odiaron en él. ¿Qué hombres
tenebrosos excitaste en las venas del muchacho?
Niños muertos trataron de ir hacia ti... Oh, suave,
suavemente, muéstrale una jornada diaria, amorosa
y segura; llévalo al jardín, dale el contrapeso
de las noches,
conténlo...


      [7] Las innumerables capas de árboles caídos y desintegrados que cubren el suelo originario de la selva primitiva.




Rainer María Rilke 

Versión y notas de José Joaquín Blanco